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El año del frío: 1956

Este mes de febrero (ya pasado) hace cincuenta años que una ola de frío siberiano dejó el país bajo cero durante más de veinte días. Fue el año que el frío mató los olivos.

Este mes de febrero (ya pasado) hace cincuenta años que una ola de frío siberiano dejó el país bajo cero durante más de veinte días. Fue el año que el frío mató los olivos.

Hay coincidencias bien surrealistas. Como la que se dió el 10 de febrero del año 1956 en la portada del diario “Los Sitios”, de Girona. Aquel día, cerca de una noticia en qué se anunciaba un fortalecimiento de la ola de frío que afectaba al país y a Europa desde el día 2, se publicaba otra, sobre unas pruebas de lluvia artificial en los Estados Unidos, con un curioso subtítulo: «Parece que s’aconseguirà dominar la meteorología».

Cincuenta años después de aquella flagrante banalidad, es evidente que la meteorología no se ha podido controlar de ninguna manera, más bien la hemos descontrolado. En todo caso, en aquel lejano febrero de 1956, lo que pasaba era que la meteorología ofrecía al país uno de sus episodios extremos, de hecho, con respecto a frío, el de más intensidad y de más larga duración de todo el siglo XX.

Antes de la fiesta de la Candelera, sin embargo, el invierno había sido más bien suave, con temperaturas casi primaverales durante algunos días de enero. En algunos lugares habían florecido ya los almendros y en muchos otros la cosecha de la aceituna ya estaba bien adelantada o casi acabada, un hecho que a la larga sería muy perjudicial para muchos olivos centenarios.

El frío que «mató los olivos» empezó a entrar en el país la noche del 1 de febrero y durante el 2 se extendió rápidamente por toda la Península. La bolsa de aire glacial provenía directamente de Siberia con temperaturas de hasta –15ºC a 1.500 metros d’alçada. Los termómetros se desplomaron por todas partes con mínimas de –4,6ºC en Barcelona, por ejemplo. El frío heló cañerías de agua, muchas de las cuales se rompieron, y dejaron sin suministro a los afectados, -tanto particulares, como fábricas-, y, también, se helaron naturalmente fuentes, depósitos, estanques, riachuelos, mientras que en los ríos, el hielo apareció en las orillas. En el Pirineo, las mínimas batían todos los récords, a menudo por debajo de los –20 ºC y con la mínima histórica de –32ºC en el observatorio de Estany Gento, en la comarca del Pallars Subirà.

Hacia el día 6, las temperaturas volvieron a subir. En el observatorio de Girona, situado en l’institut de bachillerato, en la calle de la Força, aquel día se registró una mínima de –1º C cuando os días anteriores habían bajado hasta los –9ºC o incluso el -10,5ºC rècord histórico, el día 3. Pero todo era un espejismo de lo que había de llegar a partir del día 11, con mínimas de nuevo alrededor de los –10ºC. Justamente, el día 11 se registró la mínima histórica de Barcelona con –6,7ºC. El frío intenso duraría todavía hasta el día 22, cuando una demasiado más cálida hizo atrás a l’aire siberiano.

Habían sido casi veinte días bajo cero y las consecuencias para el país, sobre todo para la agricultura, habían sido nefastas. La nieve, excepte en las Baleares, donde la nevada fue muy intensa en algunos puntos, casi no hizo acto de presencia, a pesar de que en Barcelona y Figueres, así como otros lugares del país, nevó durant la última semana del episodio de frío.

«Hacía mucho viento, un viento helado, y también sol, pero el sol no calentaba», han coincidido en explicar algunos de los testigos consultados, la mayoría de los cuales recuerdan también que en el mar el agua que las olas dejaban en las rocas se congelaba y que los albañiles tuvieron que dejar de trabajar unos días porque el auga con que mojaban los ladrillos se helaba en un momento.

Pero los peores daños los sufrió la agricultura: aparte de los olivos muertos, también se helaron los algarrobos, muchos fruteros y, naturalmente, la poca huerta que había plantada aquel mes. Con respecto a los cereales –según explica el historiador Pere Gifre en l’article El frío de 1956. Una visión histórica, publicado en el catálogo de la muestra 1956, L’any de la fred, no todos sufrieron los efectos del frío de la misma manera, sino que dependió del periodo de crecimiento en qué se encontraran los cultivos. «En cambio, los efectos sobre los olivos fueron más generales», comenta Gifre, que destaca que los olivos más afectados fueron aquéllas que ya habían sido podadas en enero después de que s’hi habían recogido las aceitunas. «Las bajas temperaturas, con heladas intensas y los fuertes vientos de tramontana provocaron que se rompieran ramas y, incluso, que estallaran cepas enteras», dice Gifre, que ha estudiado los efectos de la ola de frío en la comarca de l’Alt Ampurdán.

Pasado el frío, se empezaron a evaluar los daños con el fin de solicitar ayudas oficiales. Muchos campesinos querían arrancar los olivos muertos para utilizar los campos para otros cultivos más rentables, pero estos árboles estaban protegidos por el decreto autárquico de 1946, que las consideró «especias arbóreas muy importantes para la economia nacional». Vistos, sin embargo, los daños considerables a los olivares y a petición de muchos ayuntamientos, el estado permitió arrancarlos. En el Ampurdán, recuerda Gifre, la arrencada de los olivos «se tiene que enmarcar en el proceso más amplio de crisis de la gricultura tradicional, en la cual el frío de febrero de 1956 supone el punto irreversible de inflexión y la motorización de los trabajos agrarios». Ya lo dice el refrán, no hay mal que por bien no venga

«¡Hola a la ola!»

Los diarios de la época informaron evidentemente de la ola de frío con grandes titulares que destacaban el alcance y la persistencia de las bajas temperaturas, pero a simple vista ya se ve que se hablaba mucho más de lo que pasaba a París, Londres o Berlín que de lo que sucedía al país, con constantes cortes de luz, falta de suministro de agua por las cañerías heladas, fábricas paradas y problemas con las comunicaciones. Se impuso, en cambio, un estilo más costumbrista, con titulares como Hola a la ola!, que encabeza una crónica publicada en el semanario “Ampurdán”, de Figueres. o “Las nuves mandan, de La Vanguardia, con comentarios irónicos sobre los abrigos que se han tenido que recuperar de los armarios y el calor que debe hacer en las islas Canarias.

Una siberiana de manual

La situación meteorológica que se vivió durante el mes de febrero del 1956 es una entrada de aire muy frío procedente directamente de Siberia. Pero qué pasó para que éstas masas de aire tan frío, que habitualmente no es mueven del norte de Europa y Asia, vinieran hacia Francia y la península Ibérica? Pues que un potente anticiclón se situó entre el Atlántico norte y Escandinavia durante unos cuántos días, mientras que una borrasca se instalaba en el Mediterráneo. Entre estas dos configuraciones de presión, bajó el aire frío siberiano con bolsas de hasta quince grados bajo cero a mil quinientos metros d’levantada. Esto quiere decir temperaturas bajo cero o muy por debajo de cero durante buena parte del día. Aunque hiciera sol, pues, de poca cosa servía. Como se puede ver en los mapas que acompañan este texto, el aire frío abrazaba perfectamente todo el centro y este de Europa, con especial incidencia en países como por ejemplo Alemania, Francia, Suiza e Italia. El frío intenso llegó también hasta el norte de África. La ola de frío no provocó nevadas importantes en Catalunya porque el viento --que fue fuerte y persistente durante todos los días– era muy seco. En cambio, en las Islas Baleares, al tener más recorrido marítimo, el viento era mucho más húmedo y provocó nevadas muy destacables en diferentes puntos de las islas. La llegada de olas de frío siberiano al país no es un hecho excepcional, pero suelen tener una duración muy corta, cosa que no pasó en febrero del 1956. Así, mucha gente recuerda seguramente la olas de frío de enero del 1985, pero también las del año 1962 –con nevadas importantes en cotas bajas– y las de 1970, o las más recientes del ’año 2001 o del 2005, todas con temperaturas bajo cero en muchas zonas.

«Es l’episodio de frío más fuerte de todo el siglo XX»

Francesc Mauri. / Meteorólogo

—Por qué es tan relevante la ola de frío de febrero del 1956? Qué tiene de diferente de las otras que hemos vivido?—«Claramente es l’episodio de frío más fuerte de todo el siglo XX. Son veinte días, y veinte días durísimos, del 2 al 22 de febrero, con temperaturas muy bajas. Si a cualquier persona grande le preguntas por el recuerdo del siglo con respecto a frío, te dicen el del febrero del 1956. Curiosamente el resto del invierno fue muy cálido. Durante el diciembre hubo días en que la gente iba en mangas de camisa. Todo el mundo se preguntaba dónde estaba el invierno. Y en febrero llegó de golpe el frío. De hecho, es la vez que se ha registrado la temperatura mínima histórica absoluta en Catalunya y en España: -32ºC en el observatori d’Estany Gento. Una anécdota de aquel invierno demuestra claramente el frío que hizo. En el puerto de Envalira, en Andorra, había un termómetro de mercurio que reventó: el mercurio se solidifica a partir de -34ºC, por esto los termómetros de mínima son de alcohol, aun cuando en Catalunya, de hecho, no los necesitamos.»—Los que lo vivieron dicen que a pesaar del frío que hacia en Catalunya no se vio nieve y que el sol lucía pero que no calentaba. Cómo es esto?—«La borrasca estaba situada al este de Mallorca, por este motivo en Catalunya la ola de frío fue bien seca y prácticamente no nevó. En cambio, en las Baleares, hubo una nevada histórica, porque allá el aire llegaba frío y húmedo, con registros de más de veinte centímetros en Palma, y de un metro a Lluc, al norte de la isla. También nevó en Eivissa y Formentera.»—Podría volver a pasar un episodio d’estas características?—«Que el planeta se caliente no quiere decir que no tengamos periódicamente episodios extremos. Este diciembre pasado ha sido el más frío de los últimos veinticinco años. En el futuro podemos volver a tener nevadas y fredorades tanto o más fuertes que hasta ahora.»—Actualmente, como serian las consecuencias de una ola de frío como la del 56?—«Seguro que saldríamos mucho mejor parados. Observemos qué pasó durante las olas de frío en 1985 o en el 2005 con el suministro eléctrico, por ejemplo. El año pasado prácticamente no hubo cortes de luz. Ahora bien, que con una ola de frío como la de 1956 habría consecuencias económicas malas, seguro.»

Una exposición conmemorativa

Los cincuenta años de la de frío del febrero del 1956 se recuerdan estos días a tierras gerundenses con una exposición itinerante y la publicación de un catálogo con un interesante colección de fotos y diferentes artículo de especialistas sobre el tema. La exposición, coordinada por el Archiu Comarcal de l’Alt Empordà y el Arxiu Històric de Girona se ha podido ver hasta el 29 de enero en la sede del Consell Comarcal de l’Alt Empordà y, des del miércoles día 1 en el Arxiu Històric de Girona, donde se podrá visitar hasta el día 15 de abril próximo. Después de esta fecha está previsto que se exhiba también en otras poblaciones gerundenses. En la exposición se puede ver una selección de fotografías de aquel episodio de frío, con imágenes de hielo y nieve en diferentes lugares, sobre todo de l’Alt Empordà. Algunas de las imágenes son de los mismos archivos, mientras que otras han sido cedidas por particulares. En el catálogo destacan los artículos de Josep Calbó Angrill, del departamento de física y l’Instituto de Medio ambiente de la UDG, sobre la ola de frío propiamente dicha, y del historiador Pere Gifre i Ribas, que aporta una visión histórica de las consecuencias del episodio. El catálogo de la exposición se completa con un artículo de Josep Batlló i Ortiz, del Observatorio del Ebro (CSIC-URL), sobre el Observatorio Meteorológico de Girona, que funcionó en el instituto de bachillerato de la ciudad a partir de mediados del siglo XIX.

Miquel Riera Presènciam

Artículo de abril de 2006. Recuperado en enero de 2012.

Nota de la RAM. Este artículo fue publicado en la revista Presència número 1770. Para más información sobre la revista ir a: www.presencia.info

Esta entrada se publicó en Reportajes en 31 Ene 2012 por Francisco Martín León