Caudales románicos

Los caudales de los ríos son unos buenos indicadores del comportamiento pluviométrico de una determinada región. Durante las épocas en las que llovía más que en la actualidad, los cauces de los ríos se ensancharon y los puentes que se construyeron para atravesarlos eran más largos que los que ahora serían necesarios para cruzar de una orilla a la otra. 

Llamó mi atención sobre este tema la lectura del último libro publicado por Roberto Brasero, titulado “La influencia silenciosa” (Espasa, 2017). El capítulo 10 lleva por título “Los puentes románicos”, y en él Roberto incide en el hecho que se ha apuntado en la entradilla. Nos sorprende encontrarnos en muchos lugares con unos puentes largos y robustos bajo los cuáles fluye un pequeño curso de agua. Bien es verdad que a veces el caudal de los ríos crece enormemente e incluso se producen desbordamientos, pero su estado natural hoy en día pasa por ocupar un cauce de bastante menor anchura que el que dictamina la longitud de los citados puentes.




La portada del nuevo libro de Roberto Brasero "La Influencia Silenciosa".






El amigo Brasero, al que aprovecho para felicitar por el libro, hace referencia a varios puentes románicos de nuestro país, alguno de los cuáles se reconstruyó tomando como base el puente romano que ocupaba ese mismo lugar en origen. Cito textualmente lo que comenta del famoso puente de la localidad navarra de Puente la Reina, a la que da nombre, y por donde discurre el Camino de Santiago: “Tiene el puente –como la mayoría de los puentes medievales– un número de arcos impar, siete. Pero allá donde te pongas para mirarlo solo verás seis; el séptimo se encuentra oculto bajo tierra al principio de la calle Mayor, bajo un torreón, Cuando el río Arga baja crecido, pasa por debajo de los seis arcos, pero habitualmente se conforma con cuatro. Hace 1.000 años, sin embargo, sí eran necesarios los seis y hasta los siete para cruzarlo.”

Fotografía panorámica del puente románico de Puente la Reina (Navarra), sobre el río Arga.

Entre los siglos X y XIII (coincidiendo con el final de la Alta Edad Media y la primera mitad de la Baja) tuvo lugar el llamado Óptimo Climático Medieval (OCM). En palabras del meteorólogo Inocencio Font Tullot: “En la Europa meridional el episodio cálido bajomedieval se manifiesta principalmente en las precipitaciones que parece ser fueron, en general, más altas que en nuestro tiempo, por lo que a estas latitudes el adjetivo de húmedo parecería más adecuado que el de cálido para calificar el episodio (…)” (Historia del clima de España, INM. Año 1988).

Miniatura medieval con la representación del mes de junio, perteneciente al libro “Las muy ricas horas del Duque de Berry”, publicado hacia 1410. Crédito: Museo Condé, Chantilly, Francia. Obsérvese que la tarea agrícola asociada al citado mes es la recolección de la paja tras la siega, algo que hoy en día suele hacerse más metidos en el verano.

El OCM aparte de provocar que los ríos europeos aumentaran de caudal y ensancharan sus cauces, trajo un tiempo de bonanza generalizada. Las buenas cosechas garantizaron el sustento y con ello llegó la prosperidad. En ese período la población europea se triplicó, aumentando mucho la actividad comercial. El trasiego de mercancías propició la puesta en marcha de nuevas vías de comunicación entre ciudades, en cuyos trazados no faltaban los bellos puentes románicos, muchos de los cuáles han resistido el paso del tiempo y ahí siguen en pie.

Puente románico de Frías (Burgos), sobre el río Ebro, con una torre defensiva en su parte central.

Aunque hoy en día el aspecto habitual que presentan los ríos no sea el que tenían durante el OCM, no hay que bajar la guardia. Los puentes románicos nos sirven de guía, ya que marcan los límites donde puede llegar el agua, tanto a lo ancho como a lo alto. Incluso en épocas menos lluviosas o en mitad de una sequía, el caudal de un río puede crecer súbitamente, como consecuencia de un episodio extremo de lluvias torrenciales o como resultado de varios temporales atlánticos encadenados. Aprendamos del pasado y sirvámonos de los bellos puentes románicos para prevenir de la mejor forma posible las crecidas de nuestros ríos.

El bello puente románico de Besalú (Girona), sobre el río Fluviá. Al igual que el de Frías (Burgos), tiene un torreón defensivo en su parte central. Este puente fue declarado Bien de Interés Cultural.