Las tormentas de verano son cada vez más potentes e imprevisibles

En las últimas semanas dos estudios, procedentes de Suecia y Estados Unidos, han avisado del riesgo que suponen las tormentas de verano, cada vez mayor por el calentamiento global. Conócelos en este Día Mundial del Clima.

Juan José Villena Juan José Villena 26 Mar 2019 - 06:58 UTC
Supercélula
Imagen de una supercélula, una de las tormentas que conllevan mayores riesgos.

El clima está cambiando, pero continuamente, desde los albores de la Tierra. Sin embargo, en las últimas décadas esas modificaciones están siendo vertiginosas y plantean nuevos riesgos y, por tanto, retos a las administraciones. Las tormentas severas son un fenómeno que preocupa mucho. Cada vez son más virulentas y difíciles de predecir, según un par de estudios publicados en el último mes. El calentamiento global se está convirtiendo en un caldo de cultivo genial para los cumulonimbos y fatal para las inundaciones, aunque en esto último no media solo la meteorología, o el clima, también nuestras malas prácticas.

La semana pasada la Universidad de Estocolmo publicó una investigación muy interesante al respecto, en la reputada Geophysical Research Letters. La conclusión: las predicciones que se extienden de 3 a 10 días se están convirtiendo en un auténtico quebradero de cabeza. Ya lo eran antes, pero ahora con el calentamiento global más, sobre todo en verano. En la época estival las borrascas cada vez son más escurridizas y esto tiene una “importancia crítica” en la predicción de inundaciones, aseguran Sebastian Scher y Gabriel Messori, autores del estudio.

¿Por qué cada vez son más potentes?

En este aumento de incertidumbre está colaborando la disminución en la diferencia de temperatura entre el Polo Norte y el ecuador. Las masas de aire están ralentizando su movimiento, dejando olas de calor más duraderas y, también, episodios de tormentas más persistentes y enérgicos. “Las inundaciones de verano en el hemisferio norte son uno de los grandes desafíos a medida que el clima se está calentando”, aduce Sebastian Scher. “Es muy importante que los institutos meteorológicos de todo el mundo tengan la oportunidad de desarrollar sus herramientas y métodos de medida que cambian las condiciones”.

A finales de febrero el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) también concluyó que la energía en la atmósfera que supura el verano está aumentando, y las tormentas eléctricas se están alimentando de ella, ganando potencial. El MIT observa condiciones “más estancadas” en América del Norte, Europa y Asia, al igual que los investigadores suecos. Y esto favorece a los procesos convectivos locales, en detrimento de los ciclones extratropicales, que están reduciendo su presencia en la temporada estival. Esto último también provoca un incremento de la contaminación en las grandes ciudades. Ya no ‘ventilan’ como antes.

Con todo esto, los núcleos urbanos tienen peores condiciones en el aire y, además, un riesgo cada vez mayor de inundaciones. Aunque como antes citábamos, en las avalanchas de agua y lodo muchas veces entra en escena una deficiente urbanización. La semana pasada salió al paso Deke Arndt, científico de la NOAA, para recordar que “las inundaciones son complejas”. Obviamente tienen que ver con la precipitación que cae al suelo pero, también, con la hidrología de la superficie. Ahí influye el mantenimiento de diques o aliviaderos, y el desarrollo de viviendas, centros comerciales u otras áreas pavimentadas que reducen la cantidad de tierra capaz de absorber la escorrentía. La torrencialidad aumenta y estamos haciendo poco por adaptarnos.

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