“No estamos preparados para morir” por el cambio climático

Así de escueto y directo se ha mostrado Mohamed Nasheed, delegado de las Maldivas en la cumbre por el clima de Katewice en Polonia. No son las únicas islas amenazadas por el calentamiento global.

Juan José Villena Juan José Villena 14 Dic 2018 - 10:55 UTC
Maldivas
Las Maldivas apenas sobresalen 1,5 metros respecto al nivel del mar, justo lo que algunos estudios proyectan que podría aumentar.

Está previsto que pasen cerca de veinte mil personas de 190 países por la cumbre climática de Katowice, en Polonia, hasta que concluya el 23 de diciembre. Allí se han dado cita líderes mundiales y científicos de relumbrón, pero difícilmente sus declaraciones alcanzarán el impacto de la efectuada por Mohamed Nasheed, delegado de las Islas Maldivas: “no estamos preparados para morir”. Mientras las naciones superan las discrepancias para alcanzar un pacto por el clima, los maldivos están viendo como su territorio insular desaparece debido al incremento del nivel del mar. “Nos vamos a convertir en las primeras víctimas de la crisis climática”, advirtió ayer Nasheed en un “llamamiento apasionado”, según la agencia Reuters.

Las Maldivas tienen una altitud de 1,5 metros en promedio y máxima de 2,4 metros. Algunas proyecciones climáticas para finales de siglo auguran un aumento del nivel del mar de metro y medio, lo suficiente para sumergir parte de estas islas del Índico. También están en peligro zonas de la República de Fiyi, Palaos, Seychelles y Cabo Verde. Entre estos enclaves insulares de riesgo podemos encontrar Rapa Nui, la isla habitada más remota del planeta. Huelga decir que allí los impactos del cambio climático están pasando desapercibidos. Los petroglifos no hablan; los rapanuis sí que empiezan a alzar la voz.

Moai
La Isla de Pascua está perdiendo esculturas 'moai' debido al aumento del nivel del mar.

Los moai también ‘mueren’

Rapa Nui, más conocida como la Isla de Pascua, está en el medio del Pacífico a cerca de 4.000 kilómetros de la costa de Chile, país al que pertenece. En sus costas, de forma anular, se disponen petroglifos y moai, unos enormes bustos de piedra que representan los antepasados de los rapanuis. La isla tiene alrededor de 900 moai que, junto a las 300 plataformas ahu donde descansan, están catalogadas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

“Aquí ya hemos perdido piezas invaluables talladas en rocas. Simplemente se derrumbaron a causa del poder de las olas”, ha declarado recientemente Camilo Rapu, director del Parque Nacional, a la ONU. Cada año el mar rompe con más fuerza contra los acantilados donde se disponen muchas de las esculturas del siglo XI, y está previsto que su nivel y virulencia aumente con el paso de las décadas. Los residentes temen perder parte de su costa, de las esculturas y los ingresos que les reporta el turismo.

Además, la comunidad isleña se está enfrentando a la contaminación por plásticos y la merma de precipitaciones. Los primeros llegan desde ultramar, barcos y la pesca; la falta de lluvias por otra parte está mermando la agricultura tradicional. La vida en la isla a finales de siglo podría ser insostenible.

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