Entrevista del mes: Juan María Cisneros

Juan María Cisneros. Meteorólogo jubilado y experto en temas antárticos

¿Cómo fueron tus inicios en Meteorología?

Observando el inicio de la brisa marina. Cuando tenía unos 15 años me inicié en la navegación con vela ligera. Con la ayuda del hermano de un amigo del colegio, que estudiaba náutica, conseguimos reparar unos viejos patines “catalanes” (embarcaciones de dos barquillas, al estilo de catamaranes, de alrededor de 5 metros de eslora, con una sola vela triangular y sin timón, que se gobiernan con el cuerpo). Durante unos tres años, siempre que pude, navegué en este tipo de embarcación. En solitario casi siempre y sin ningún tipo de protección, con sólo un escueto bañador, sometido a todos los soles y todas las aguas, recibí mi bautismo de mares. En estas circunstancias, me resultaba imprescindible conocer bien el tiempo atmosférico y el estado de la mar de las primeras 6 horas, sobre todo, el viento y el oleaje.

¿De qué meteorólogo o meteorólogos has aprendido más a lo largo de tu dilatada vida profesional?

Mi primer contacto con los meteorólogos fue en la Facultad de Físicas, cuando opté por seguir la especialidad de Meteorología. El catedrático era Francisco Morán y su ayudante Manuel Palomares. Ellos me enseñaron a disfrutar del aprendizaje de la Meteorología. El primero me enseñó a gozar del estudio teórico y el segundo de la práctica.

Recuerdo una anécdota relacionada con la locuacidad de Manuel Palomares, padre de mi buen amigo y compañero, Manolo Palomares.

Reunidos a su alrededor, unos 25 alumnos de Meteorología esperábamos la llegada de la “camioneta” que nos tenía que trasladar al pueblo de Barajas, en la explanada situada frente a la Plaza de Toros. Se trataba de realizar la práctica de un sondeo termodinámico con la correspondiente visita a la estación de radiosondeos allí situada. Palomares nos anticipaba todos los pormenores del sondeo mientras esperábamos a la camioneta. Algunas personas que transitaban por allí se acercaban a satisfacer su normal curiosidad sobre lo que peroraba Palomares. Una viejecita, cuyo oído no debía ser muy fino, se puso a mi lado y me tiró de la manga preguntándome: “¿qué vende?”. Por supuesto, trasladé la pregunta a Palomares.

¿Qué nos puedes contar de tu etapa en el INTA?, ¿qué tipo de labor desarrollaste en dicha institución?

Cuando pedí la asistencia a un cursillo de formación en Estados Unidos, para aprender a calcular las trayectorias reales de los cohetes de sondeo de la atmósfera, yo era Ayudante de Meteorología destinado en la Estación de Radiosondeos de Galicia, en el Centro meteorológico de A Coruña. No tuve contestación hasta transcurridos casi dos años, y ya me había cambiado de destino y estaba en la Oficina Meteorológica del Departamento Marítimo de Cartagena. Cuando ya se me había olvidado, el meteorólogo Barasoain (del que tengo un excelente recuerdo) me dijo si seguía con interés de incorporarme al equipo que se había formado para realizar sondeos atmosféricos con cohetes. Me dio un número de la calle Serrano de Madrid. Allí debía preguntar por el Sr. Pueyo. Él me facilitaría la incorporación al equipo que lanzaba los cohetes de sondeo desde el Campo de Lanzamiento de El Arenosillo (Huelva). Cuando entré por la puerta del nº 120 de la calle de Serrano, empezó para mí una actividad que se extendería durante 19 años y que marcaría para siempre el rumbo de mi profesión.

Después de algunos viajes a El Arenosillo, formando parte del equipo de lanzamiento de cohetes, en octubre de 1968, fui contratado por el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA), con cargo al presupuesto anual que éste recibía de la Comisión Nacional de Investigación del Espacio (CONIE), para mantener las actividades “espaciales” en El Arenosillo. De esta forma se cerraba el primer período de mi actividad profesional en el Servicio Meteorológico Nacional. Había estado, desde que ingresé por oposición en el mismo en marzo de 1964, cuatro años y medio que, sin duda, me sirvieron para adquirir alguna experiencia, pero que no pueden compararse con la fertilidad de los años siguientes.

Mi trabajo en El Arenosillo, durante estos primeros años, consistió en el cálculo de las trayectorias reales de los cohetes de sondeo, estudio de los vientos y temperaturas estrato-mesosféricas y, a través de un proyecto de investigación científica que solicité a la recién constituida Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica (CAICYT), y que me concedieron con una asignación de algo más de 11 millones de pesetas, el estudio de la capa de ozono mediante medios de observación a distancia desde tierra y con globos y cohetes. A partir de este momento, fui dejando mi trabajo de lanzamiento de cohetes en El Arenosillo y me centré más en el trabajo de investigación atmosférica (capa de ozono y circulación estrato-mesosférica) pasando a dirigir un Grupo Científico de la CONIE (Grupo de Meteorología) ubicado en la sede del INTA, en Torrejón de Ardoz.

Mi trabajo profesional en el INTA fue para mí muy satisfactorio, pero es de mi trabajo como representante de los trabajadores del que me siento aún más satisfecho. Durante dos años, tuve la suerte y el honor de representar a los 1200 trabajadores contratados en este Instituto de la Administración Militar, de los que yo era uno de ellos. Al acabar, casi me costó una enfermedad, pero es el trabajo del que me siento más orgulloso.

¿Cuándo te empezaste a interesar por la Antártida?

A los nueve años, cuando leí “La esfinge de los hielos” de Jules Verne. Fue mi primera lectura “seria”. La leí apasionadamente y la recuerdo con todo detalle. Durante muchos años tuve sueños “antárticos” y, con el tiempo pude ver que la llamada “motoricidad de las imágenes” es una realidad. Mucho tiempo después, cuando ya estaba trabajando en el INTA-Torrejón, y la Asociación “España en la Antártida” organizó la expedición de la “Idus de Marzo”, aunque no pude participar en ella, renació mi infantil interés por la Antártida. La idea de la expedición de la goleta “Idus de Marzo” fue la de acumular méritos científicos para el ingreso de España como miembro consultivo del Tratado Antártico. Diversas circunstancias retrasaron la salida de esta expedición y condujeron a que la actividad científica de la misma fuese prácticamente nula. Por aquellas fechas, cuando me asocié a “España en la Antártida”, nuestro país se había “adherido” al Tratado y había surgido el interés por convertirse en miembro de pleno derecho (con voz y voto), esto es, en miembro “consultivo”, para lo cual debería manifestar “con obras” un interés científico permanente sobre este continente.

Por entonces, yo ejercía de secretario de la Sección de Meteorología y Física Atmosférica de la Comisión Nacional de Geodesia y Geofísica. El presidente de esta Sección era Luis de Azcárraga, que había sido director del Servicio Meteorológico, y que era también presidente del INTA. En la Junta de Gobierno del 22 de febrero de 1984 de la citada Comisión, de la que formábamos parte Azcárraga y yo, se resolvió la creación de un Grupo de Trabajo que preparase un informe sobre el interés de España en la Antártida. Este Grupo se formó con un representante de cada una de las siguientes instituciones: Instituto Geológico y Minero de España, Instituto Hidrográfico de la Marina, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Estado Mayor de la Armada, Instituto de Astronomía y Geodesia (UCM-CSIC), Cátedra de Geofísica (UCM), Cátedra de Geodinámica Externa (UCM), las Secciones de Geodesia, Geomagnetismo y Aeronomía, Volcanología, Sismología, Ciencias Físicas de los Océanos y Meteorología, así como un representante de la Asociación España en la Antártida. Una vez elaborado este informe se presentó a la consideración del Gobierno del Estado.

Recuerdo especiales circunstancias de la elaboración de este informe. La mayoría de los encargados de su elaboración eran partidarios de orientarlo en el sentido de sugerir que el Tratado Antártico se iba a revisar con el fin de empezar la explotación de los enormes recursos naturales, sobre todo pesqueros y minerales, disponibles en este continente y mares adyacentes, cuyo reparto se haría entre los países que fuesen miembros consultivos del Tratado. Pocos, muy pocos, de los miembros de este grupo de trabajo estábamos convencidos de que esto no iba a ser así. Sabíamos que cierto número de países miembros consultivos (Australia, Italia, Bélgica, Holanda y Francia) tenían una postura claramente conservacionista. Concretamente, el representante del CSIC, Javier López Facal y yo optamos por presentar el informe al Gobierno en el sentido de hacerle creer que iba a empezar la explotación de los recursos antárticos, con el fin de despertar su interés por ellos, aunque esperábamos que esto nunca sucediera. Y esto a pesar de que la llamada Convención de Minerales de Wellington estaba ya preparada y lista para su firma por los estados miembros consultivos del Tratado.

¿Cómo surgió la oportunidad de viajar al continente blanco?

Cuando se descubrió el “agujero del ozono”. A primeros de septiembre de 1984, todos los componentes del Grupo de Meteorología de la CONIE asistimos al Simposio del Ozono de Halkidiki (Grecia). En él, Sigeru Chubachi presentó su trabajo titulado “A special ozone observation at Syowa Station, Antarctica, from February 1982 to January 1983”. Fue el descubrimiento de lo que más tarde fue llamado “agujero de ozono”. En un primer momento no lo pensé. Pero pronto me di cuenta de que había surgido mi oportunidad. Sólo tenía que dedicarme un poco más al asunto antártico.

Por aquellas fechas, mi trabajo como director del Grupo de Meteorología de la CONIE iba languideciendo por la falta de presupuesto de la CONIE, ya que en la nueva Ley de la Ciencia, que se estaba preparando para su aprobación en el Congreso de los Diputados, estaba prevista la extinción de todas las Comisiones Nacionales. Por esta falta de actividad científica me dediqué, durante los dos últimos años, a la actividad sindical que os he dicho antes y me puse en disposición de regresar al Instituto Nacional de Meteorología cuando surgiese la oportunidad de una plaza que me resultase atractiva. La oportunidad surgió cuando salió a concurso la jefatura de la Sección de Investigación, que había dejado vacante Luis Sánchez Muniosguren.

De vuelta al INM, continué con la planificación de las actividades antárticas. El director del INM era, por aquellas fechas, Contreras. Él me propuso como representante del Grupo Asesor del Comité Ejecutivo de la OMM sobre Meteorología Antártica, en sustitución del meteorólogo Rafael Cubero.

La oportunidad de una primera participación del INM en una campaña antártica surgió cuando el Instituto Español de Oceanografía (IEO) organizó una expedición, con la colaboración de la Asociación de Armadores de Vigo, científico-pesquera por los mares antárticos. Dos grandes buques pesqueros, le “Nuevo Alcocero” y el “Pescapuerta IV” saldrían del puerto de Vigo en noviembre de 1986. El IEO participaría con personal científico para estudiar las especies marinas de la zona y su posibilidad de aprovechamiento comercial. El INTA participaría con una persona que se dedicaría a medir espesor total de la columna atmosférica del ozono con el espectrofotómetro Dobson de El Arenosillo, esta persona sería Javier Cacho, del Grupo de Meteorología de la CONIE. El INM participaría realizando sondeos de ozono con globo, de los que me encargaría yo. Se eligió el “Pescapuerta IV” para instalar los equipos de ozono, para lo cual hubo que hacer ciertas transformaciones en este barco. Como pasos previos, una vez puestas de acuerdo los directores de las instituciones participantes, se decidió trasladar los equipos a Vigo para su embarque. Por parte del INM, un antiguo equipo de radiosondeos de la estación de Barajas fue desmontado y embalado junto con los globos y radiosondas. Se cargó todo en dos furgonetas y se dispuso de las correspondientes órdenes de marcha y comisiones de servicio para los conductores y para mí.

Mientras tanto, cinco días antes de la salida de los barcos de Vigo, el director del INM, Contreras, fue cesado. En su lugar fue nombrado Manuel Bautista, hijo del, entonces, presidente del INTA. Quizás por una falta de entendimiento con el director del IEO o por enemistad con el mismo, Bautista dio la orden de suspender la participación del INM. Las furgonetas se quedaron cargadas con los equipos en el garaje del INM y las transformaciones del “Pescapuerta IV” hechas, así como estibadas en este barco las veinte botellas de helio para el inflado de los globos. Todo el material del INM hubo de descargarse de furgonetas y barco.

A Javier Cacho le dije que el asunto no iba con él y que si se lo permitían en el INTA, el podía participar realizando sus medidas de ozono total en columna con el Dobson de El Arenosillo. Así lo hizo.

El nuevo director del INM me llamó para comunicarme su decisión. La situación se me presentaba complicada. Por un lado no me convenía enemistarme con él. Por otro sabía que tenía yo tenía todas las de ganar porque conocía en interés del gobierno del Estado por hacer méritos para entrar como miembro consultivo (de pleno derecho) del Tratado Antártico. Decidí jugar fuerte y le dije a Bautista que no podía aceptar su decisión, que el asunto tenía un interés de estado y que le proponía que reconsiderase su negativa. Me contestó que la participación del INM en la Antártida no le interesaba a esta institución. Le advertí que iba a emplear todos los medios a mi alcance para conseguir lo contrario. Era un jueves por la tarde.

El viernes por la mañana llamé por teléfono a un amigo y compañero del INTA, Juan Pérez Mollá, a su vez amigo de Julio Feo, el secretario de Felipe González. Se ofreció a escribir una carta a su amigo contándole lo ocurrido. Esa misma mañana, fui al INTA a recoger la carta, que escribimos entre los dos, y la eché en el buzón del palacio de La Moncloa.

El lunes, por la mañana, recibí una llamada de La Moncloa citándome a una entrevista.

La persona que me recibió, que se presentó como del equipo de asesores de Felipe González, fue Teresa Mendizábal, compañera mía de curso de Físicas. En cuanto la vi ya no dudé de que la partida la tenía ganada. Me dijo que les había convencido y me preguntó si podía alcanzar los barcos en algún sitio de camino a la Antártida. Habían hablado con el Ministerio de Defensa y que disponían un avión “Hércules” para trasladarme con los equipos a cualquier punto para alcanzar el barco. Ahora bien, previamente tenía que convencer a Bautista para que revocase su negativa. Nosotros somos los “fontaneros”…, dijo.

Con estas noticias, me fui a hablar con Manuel Bautista.

Erre que erre, Bautista se mantuvo en su negativa. Creo que, al principio, no se dio cuenta de la situación. Cuando recibió la comunicación de la Presidencia del Gobierno ordenándole la participación del INM en las actividades antárticas, me llamó recriminándome por el lío en el que le había metido ya que, recién nombrado director, tenía que rendir un informe a la Presidencia del Gobierno explicando los motivos por los que el INM no había participado en esta primera expedición. Le dije que ya le había advertido y que, por tanto, en el lío se había metido él solito. Me dijo que, como prueba de que no me guardaba rencor, me nombraba coordinador de la participación del INM en las actividades antárticas.

A partir de entonces, aunque Bautista me ponía toda serie de dificultades, yo me fui metiendo en todas las actividades relacionadas con la Antártida que fui considerando interesantes. Entre éstas, fui miembro de la delegación española en el Tratado Antártico desde el año 1988 al 1993, participando en las decisivas reuniones de París, Viña del Mar, Venecia, Bonn  y Madrid. En esta última se firmó el Protocolo para la Protección del Medioambiente Antártico que prevé una moratoria de 50 para la posible explotación de los recursos minerales.

¿En cuántas campañas antárticas has participado?

En siete. Mi primera campaña antártica fue en la base argentina Vicecomodoro Marambio, situada en la isla del mismo nombre (Seymour, según la denominación británica). Fue en la primavera de 1987 y Jesús de Dios y yo estuvimos haciendo sondeos de ozono con globo en colaboración con el Servicio Meteorológico Argentino. Recuerdo con especial emoción la llegada al anochecer en un “Hércules” de la Fuerza Aérea Argentina, tomando tierra en una pista señalizada mediante bidones ardiendo. Tengo un inmejorable recuerdo de aquella campaña, en especial del personal de la base y de mi compañero Jesús, juntos aprendimos a hacer sondeos de ozono en las campañas de El Arenosillo (1975-76). Llenaría muchas páginas con los recuerdos de mi primera campaña antártica.

La segunda campaña fue también con los argentinos. Fue a bordo del buque rompehielos “Almirante Irízar” durante el verano austral de 1988. Participamos en esta campaña cuatro personas del INM, Pilar Sanjurjo, Manuel Bañón, Félix Gutiérrez y yo.

¿Qué recuerdas con mayor nostalgia de tus viajes a la Antártida y de tus estancias en la isla Livingston?

Las primeras impresiones, las que tuve en los dos primeros viajes fueron las más intensas. Con los argentinos tuve la oportunidad de recorrer grandes extensiones. En la primera campaña volando en avioneta sobre las superficies heladas y aterrizando sobre los inmensos témpanos tabulares… Durante la campaña del rompehielos, recorrimos los mares de Weddell y Wellingshausen, visitando todas las bases argentinas por ellos desplegadas. Son recuerdos inolvidables, tanto de los lugares como de las personas que tuve oportunidad de conocer y tratar.

La isla Livingston es preciosa y muy rica en fauna, con rincones de enorme belleza. La base española la considero como una de las muchas viviendas en las que ha transcurrido mi vida.

¿Con quién coincidiste allí y guardas buenos recuerdos?

Guardo buenos recuerdos de casi todo el mundo. De la tripulación del buque y, en especial, de los compañeros del INM con los que compartí viaje en el rompehielos argentino “Almirante Irízar”: Pilar, Manolo y Félix que, a partir de entonces, se convirtieron en amigos para siempre. También guardo muy buenos recuerdos de mi primera estancia en la Antártida, en la base argentina “Marambio”, en la primavera de 1987, con mi amigo y compañero de El Arenosillo Jesús de Dios, con el que ya me unía una profunda amistad. Inolvidables son los recuerdos de mis cinco campañas en la Base Antártica Española de la isla Livingston, con mis colegas Miguel Gayá, Juan Manzano, Clemente Gallardo, Alberto Castejón y Juan Carlos Peláez (meteorólogo cubano) Con todos ellos empecé desde entonces una amistad perdurable. Tampoco podré olvidar nunca a “mi más cordial enemiga”, en tantos momentos y acciones antárticas, Pepita Castellví.

¿Cómo era un día típico de trabajo en la BAE (Base Antártida Española)?

De no parar. Hay que tener en cuenta que a la Antártida nunca he ido a hacer turismo. El tiempo de estancia allí siempre fue un período corto para la adquisición de los datos necesarios para desarrollar un proyecto predeterminado. Es normal que cada persona haga en la Antártida un trabajo equivalente al que hacen cinco o seis trabajadores en las condiciones normales del trabajo en los Centros de donde proceden. Para mi caso en particular, recuerdo una campaña en la que con mi compañero hacíamos las siguientes labores: observaciones de la estación cada 3 horas, observaciones de radiación solar, un sondeo diario con globo (de ozono en días alternos), transmisión por radio cada tres horas del SYNOP, mantenimiento de los equipos, servicio de limpieza de la base y camarero un día a la semana…

¿Cuáles han sido las condiciones meteorológicas más extremas que has vivido? (en la Antártida o en cualquier otro lugar)

De calor: al atravesar en autobús La Unión en un día del mes de julio. Una mujer que iba sentada en un asiento delante de mí empezó a dar alaridos presa de un ataque de nervios. Me di cuenta de la altísima temperatura del aire cuando rocé la barra metálica (que estaba en la sombra) del respaldo del asiento de delante con el antebrazo y me hice una quemadura. Posteriormente comprobé que el observatorio meteorológico de La Unión había registrado una temperatura de casi 49 grados.

De contaminación atmosférica: en Cartagena. Vivía con mi mujer y mi hija en un chalecito de la “Ciudad Jardín” y salí a dar una vuelta a primera hora de la mañana por las calles de alrededor. Me encontré de repente metido en una nube tóxica y creí que no podría llegar a casa.

En la mar: en el estrecho de Drake. Fue durante el regreso en el buque polaco “Evelius”, al finalizar la campaña 1989-90 de la Base Antártica Española de la isla Livingston,. Durante varios días, la mar estuvo muy brava, tanto que no pudimos salir a cubierta. Hubo que cambiar el rumbo y nos retrasamos dos días en llegar a Ushuaia. La verdad es que llegamos a pensar que no saldríamos de aquel “mare magnum”.

De viento: en la isla Seymur (Marambio para los argentinos) durante mi primera estancia en territorio antártico, cuando volvía (en solitario) de visitar por primera vez una “pingüinera”. Fueron vientos muy fuertes. Tan fuertes que me tuve que tumbar en el suelo porque me arrastraban. Persistieron durante varias horas.

Tú siempre has sido muy crítico con la manera de dirigir y gestionar el Servicio Meteorológico donde trabajaste, ¿cómo valoras el cambio de INM a AEMET que se produjo a principios de 2008?

Al estar jubilado no tengo los elementos de juicio que tenía estando en activo. Si juzgo por lo que veo y oigo, se ha perdido bastante al pasar de INM a AEMET. La triste frase que casi todos repiten es: “Pensábamos que habíamos llegado al nivel más bajo posible, pues ahora aún estamos peor”.

Ahora que estás jubilado, ¿sigues vinculado de alguna manera a la Meteorología?, ¿desarrollas alguna actividad en ese sentido?

Soy usuario de las predicciones sobre la mar y, de cuando en cuando, la familia y algunos amigos me preguntan el tiempo que va a hacer. También he participado en algunas reuniones de la AME, presentando algún trabajillo. Por otro lado internet me facilita el seguimiento de algunos de los temas que me han interesado durante mi actividad profesional: capa de ozono, radiación solar, circulación de la alta atmósfera, etc.

¿Tienes una opinión formada sobre el cambio climático?, ¿qué incidencia piensas que tendrá en el clima de las próximas décadas la fase cálida actual que atraviesa el planeta?

Como sabéis, mi especialidad no es la climatología de la superficie terrestre. Si vuestra pregunta fuese sobre el clima estratosférico…De todas maneras tengo mi propia opinión sobre lo que cabe esperar de la evolución climática de nuestro planeta. Creo que la modelización que puede hacerse es aún muy limitada. No se puede olvidar que el clima actual es el resultado, en gran medida, de la evolución de los seres vivos (sin olvidar que los humanos también somos seres vivos). ¿Qué fiabilidad pueden tener los modelos climáticos que no tienen en cuenta los procesos de realimentación biológica (marinos, terrestres y aéreos)? Quizás el período de unos pocos decenios sea demasiado corto para poder apreciar la evolución climática. En todo caso, creo que hay que profundizar más en el estudio de los equilibrios lábiles del clima.

¿Cuál es el estado de salud del ozono estratosférico?

Regular, tirando a malo. La recuperación de la capa de ozono, en especial del “agujero” en la Antártida apenas se aprecia, después de 25 años transcurridos desde su detección. Además, han aparecido los llamados “mini agujeros” en el hemisferio norte. Por otra parte sigue el aumento del contaminante ozono superficial, con los consiguientes daños para la salud.

¿Qué parte de responsabilidad tenemos los seres humanos en el comportamiento observado en las últimas décadas en lo que se ha dado en llamar el “agujero de ozono”?

Toda la responsabilidad. Los galardonados con el premio Nobel de Química de 1991 (¿?), Rowland, Molina y Crutzen (este último meteorólogo: ¡los meteorólogos deberían estudiar mucha química!) explicaron qué agentes químicos eran los responsables de la destrucción del ozono y cuáles eran los procesos químicos y físicos que provocan la aparición del “agujero” de ozono sobre la Antártida. La responsabilidad humana de todo esto quedó bien patente.

Te has preocupado también sobre el tema del aumento de las estelas de condensación de los aviones  en la estratosfera y de los llamados  “contrails” ¿Qué nos puedes contar de ello?

Los aviones a reacción emiten por las toberas de sus turbinas ingentes cantidades de vapor de agua. Como casi un 50 % de los trayectos de los vuelos se realizan en la estratósfera, los aviones inyectan a estos niveles atmosféricos cantidades de agua que son una fracción importante del agua que alcanza la estratósfera de forma natural. La emisión de los motores de los aviones incluye abundantes núcleos de condensación. Por esto, el vapor de agua emitido por los aviones en la estratósfera se condensa en su mayor parte, dando lugar a la aparición de estelas de condensación y nubes del tipo cirrus. El proceso de formación de los cirrus con este origen no se conoce bien. Hace unos años, analizando unas largas series de sondeos aerológicos realizados en A Coruña, Madrid y Santa Cruz de Tenerife, Ricardo Hoevel, un becario argentino, detectamos una disminución progresiva de la humedad en los niveles estratosféricos. El comienzo de este descenso de la humedad empezó con los años 70, junto con el incremento masivo del transporte aéreo mundial. Fue una sorpresa ver que, en vez de un incremento, se producía un descenso de la humedad relativa estratosférica, a pesar del creciente aporte de agua a esos niveles de las emisiones de los aviones. Considerando el aumento de la cobertura de los cirrus, tal como mostraban las observaciones, la paradoja se deshacía: la abundante emisión de núcleos de condensación y la correspondiente formación de partículas de hielo producía una desecación de la estratosfera. Es mi explicación.

¿El aumento aparente de las nubes noctilucentes es para preocuparnos, como afirman algunos?

Creo que, teniendo en cuenta lo dependientes que somos los seres humanos de la atmósfera, cualquier transformación que observemos en ella debe preocuparnos. La preocupación suele ser el paso previo para estudiar qué consecuencias puede tener el cambio observado. La primera fase de este estudio ha de tener una fuerte componente imaginativa, esto es, aplicando imaginación a los conocimientos que se tengan sobre el tema. En el caso concreto del aumento de la frecuencia de las nubes noctilucientes debemos repasar nuestros conocimientos sobre su composición, sus lugares de formación y las causas que las originan. Repasar los datos recientes de composición de la atmósfera en el entorno de estas nubes, detectando posibles cambios de los datos históricos. Luego, viene la búsqueda de las posibles causas. Esta fase del estudio suele ser la que necesita mayores dosis de imaginación. Si existiesen modelos plenamente desarrollados del comportamiento físico y químico de la atmósfera, podría reducirse bastante la imaginación a aplicar.

Las nubes estratosféricas polares (nubes nacaradas o noctilucientes) son las responsables de la aparición de los agujeros de ozono sobre la Antártida (según explicó Crutzen) y de los “miniagujeros” sobre las latitudes altas del hemisferio norte. Ambos pueden tener repercusiones importantes sobre la radiación ultravioleta solar incidente en la superficie de estas regiones. Por esto, debemos preocuparnos lo suficiente como para obligarnos a estudiar las causas del aumento de la frecuencia de la aparición de estas nubes.

BREVE BIOGRAFÍA

Juan María Cisneros Sanchiz nació en Valencia el 1º de octubre de 1935. Estudió el bachillerato en el colegio de los Jesuitas de esta ciudad. Cursó los estudios de Ciencias Físicas en la Universidad Complutense de Madrid, saliendo licenciado en 1964 e ingresando como Ayudante de Meteorología del Servicio Meteorológico Nacional ese mismo año.

Como tal estuvo destinado en A Coruña y Cartagena. Posteriormente, pasó a trabajar en el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) formando parte del equipo de lanzamiento de cohetes de sondeo de El Arenosillo (Huelva). Volvió al Instituto Nacional de Meteorología en 1985, haciéndose cargo de la Jefatura de la Sección de Investigación del mismo. Posteriormente, fue nombrado Director del Programa de Meteorología Antártica y, más tarde, Director del Programa de Física y Química Atmosférica. Ha participado en siete expediciones a la Antártida, realizando proyectos científicos de los temas de sus especialidades: capa de ozono, radiación solar, circulación de la alta atmósfera, etc. Está jubilado desde el año 2000.

Desde la redacción de la RAM queremos dar las gracias a Juan María Cisneros por responder a nuestras preguntas con el mismo entusiasmo y erudición que le acompañaron durante su intensa y apasionante vida profesional.

Esta entrada se publicó en Entrevistas en 02 Nov 2009 por Francisco Martín León

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