La meteorología en la literatura

 Antonio Masero Jareño (“clarillo”)[email protected] literatura española está plagada de ejemplos donde observamos que a nuestros autores más prestigiosos también les importa la meteorología, y que...

Colaboraciones de la RAM Colaboraciones de la RAM 24 Oct 2003 - 09:36 UTC

 

Antonio Masero Jareño (“clarillo”)

[email protected]

La literatura española está plagada de ejemplos donde observamos que a nuestros autores más prestigiosos también les importa la meteorología, y que se sirven de ella para enriquecer sus obras. Podemos encontrar señales de esto en todos los géneros. Por ahora nos vamos a centrar en la narrativa, más concretamente la novela, y aún más: en la novela española de los últimos ciento cincuenta años.

Intentaré tratar el artículo desde una visión de contrastes que relacionan los textos elegidos.

1. Contraste Antigüedad/Modernidad.-

Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo que se llama el veranillo de San Martín. Los vetustenses no se fían de aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta fines de Abril aproximadamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo de agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: “¡Pero ve usted qué tiempo!”. Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. “O el cielo o el suelo, todo no puede ser”.

Principio del capítulo XVI de La Regenta (1884-85). Leopoldo Alas “Clarín”

El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa rara!

Las nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus humores en Marzo y en Abril. Los vetustenses salían a la calle como el cuervo de Noé pudo salir del arca y todos se explicaban que no hubiera vuelto. Después de dos meses pasados debajo del agua, ¡era tan dulce ver el cielo azul, respirar aire y pasearse por prados verdes cubiertos de velloritas que parecen chispas de sol!

Mitad del capítulo XXX de La Regenta (1884-85). Leopoldo Alas “Clarín”

Mientras el autor de los fragmentos anteriores habla muy someramente del clima que afecta a la ciudad, ya que lo considera una característica más de esa “persona” que llega a ser Oviedo (Vetusta en la ficción), podemos observar como en el siguiente texto se detallan, incluso mencionando algunos de los instrumentos propios de la meteorología, las condiciones climatológicas en que se ven envueltos el barco y su entorno.

Al amanecer del cuarto día, el viento que había estado soplando suave del oeste empezó a rolar al sur. Inquieto, Coy miró la oscilación del anemómetro y luego el cielo y el mar. Era un día anticiclónico convencional, de principios de verano. Todo estaba en apariencia tranquilo, el agua rizada y el cielo azul, con algunos cúmulos; pero podían distinguirse cirros medios y altos moviéndose en la distancia. También el barómetro mostraba tendencia a bajar: Tres milibares en dos horas. Al despertar, después de darse un chapuzón en el agua azul y fría, y oír el parte meteorológico, había anotado en el cuaderno de la mesa de cartas la formación de un centro de bajas presiones que se desplazaba en cuña por el norte de África, vecino a una alta de 1.012 inmóvil sobre Baleares. Si las isobaras de una y otra se aproximaban demasiado, los vientos soplarían duros desde mar adentro, y el Carpanta tendría que refugiarse en un puerto e interrumpir la búsqueda.

Principio del capítulo XII de La carta esférica (2000). Arturo Pérez-Reverte

2. Contraste Actor/Espectador

Las nubes, amontonadas y de un gris amoratado, como de tinta desleída, fueron juntándose, juntándose, sin duda a cónclave, en las alturas del cielo, deliberando si se desharían o no se desharían en chubasco. Resueltas finalmente a lo primero, empezaron por soltar goterones anchos, gruesos, legítima lluvia de estío, que doblaba las puntas de las hierbas y resonaba estrepitosamente en los zarzales; luego se apresuraron a porfía, multiplicaron sus esfuerzos, se derritieron en rápidos y oblicuos hilos de agua, empapando la tierra, inundando los matorrales, sumergiendo la vegetación menuda, colándose como podían al través de la copa de los árboles para escurrir después tronco abajo, a manera de raudales lágrimas por un semblante rugoso y moreno.

Comienzo del capítulo I de La madre Naturaleza (1887). Emilia Pardo Bazán

Pardo Bazán nos sumerge, como si de una película se tratase, debajo mismo de los goterones protagonistas de su descripción. Estos son sólo los primeros de una lluvia de verano. Reyes Huertas nos presenta, foto a foto, el principio de una tormenta, una fuerte tormenta. En esta ocasión somos simples espectadores que, desde el mirador de su texto, observamos lo que va sucediendo.

Allá, por la parte de Torrealta, venía una oscuridad misteriosa, pero sin una nube, como si el cielo se hubiera teñido de un tono añil transparente... Un aire fuerte comenzó a moverse de súbito y revolvió las copas de los olivos, levantando entre las encinas un polvo blancuzco y denso. Era un aire cálido, sofocante, como el aliento de una hoguera.

La cumbre de la sierra se tiñó luego de un color cárdeno. En la misma sombra se fueron envolviendo los valles, y al nublarse el sol, cesaron los rumores, el canto de los pájaros y reinó una calma sorda y aterradora. Luego, todo el cielo fue una mancha violácea, negruzca, levemente diáfana...

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Era esto un silencio de muerte, un sosiego total, una suspensión de la vida. Sólo el aire, levantando remolinos de vez en cuando y haciendo cimbrear las ramas de los árboles, daba la sensación de una vida misteriosa alentando invisible en aquella calma.

No llovía tampoco. Sólo unos goterones gruesos y fuertes golpearon la tierra un momento y dejaron un olor acre de polvo mojado; pero de pronto súbito, instantáneo, rasgó el cielo un relámpago, y un trueno seco, rápido, restalló encima como el trallazo de un látigo gigante.

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Se sucedían los relámpagos, bengalas intensas que cegaban un instante los ojos y parecían chasquear con un olor metálico. A continuación truenos fragorosos parecían socavar los cimientos de la casa y rajar las corpulentas encinas.

Capítulo XXXI de La sangre de la raza (1919). Antonio Reyes Huertas

3. Doble contraste: Norte/Sur Lluvia/Sequía

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento...

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... Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas de la rifa. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la hierba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frío, quiero decir mucho frío...

Comienzo de Mazurca para dos muertos (1983). Camilo José Cela

En el fragmento de Cela, la monotonía de la lluvia no importa a quien afecte ni el tiempo que dure, porque es algo que siempre ha estado y estará allí, no dando la sensación de que esto vaya a parar nunca. En cambio, en el texto de Barrios conocemos a qué afecta la agobiante sequía y en qué modo lo hace. Sin embargo, sí aparece un punto de esperanza en la última frase.

Macizos de junqueras a un lado y de chumbos al otro, la tierra roja, sangre de toro cuando terminaba la albariza, aire duro y el vaho denso de la marisma, en oleajes calientes. Por agosto, la lámina rubia de las eras, el grano en pilas, revoleo de parvas a compás de un cante de trillo y el sol firme, resecando el bayunco de los chozos. Porque lo que tiene vivo, presente, de “El Yuntero” no es la tarde bajo la lluvia o el soplo del invierno desnudando la cepa, sino la alegría de los pámpanos, el cortador doblado sobre el sarmiento y, luego, la reata, con los serones colmados, hacia la bodega.

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Las dos de la tarde sobre la ciudad, rejoneándola ese sol que deja en las manos y en la espalda un calor húmedo, viscoso. Verano del membrillo que empieza a madurar en el sequío pedroseño, barrunto de lluvias y por la feria ganadera de San Miguel. No son ya la calina y la ardentía de agosto, sino el resistero a plomo, caldeado. Las calles solas y el silencio que asusta señalando la hora de una ciudad que parece muerta.

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La tarde se ensombrece bajo el nublado y la lluvia pone en el cristal un rosario con cuentas de agua.

Epitafio para un señorito (1972). Manuel Barrios

Hasta aquí este artículo que tan sólo pretende aproximar dos campos aparentemente tan dispares como son literatura y meteorología.

Autor: Antonio Masero Jareño (clarillo) en el foro de Meteored.com

Fregenal de la Sierra, a 17 de agosto de 2003

Esta entrada se publicó en Reportajes en 24 Oct 2003 por Francisco Martín León
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