Extremos y extremismos climáticos

En el marco del cambio climático actual, el clima de la Tierra se está volviendo más extremo. Los extremos climáticos son, con frecuencia, abordados desde el extremismo, lo que introduce mucho ruido mediático y confusión sobre el citado cambio climático.

Jose Miguel Viñas Jose Miguel Viñas 18 Ago 2019 - 09:18 UTC
Última sesión de la cumbre del IPCC celebrada en Corea del Sur, en octubre de 2018, donde se aprobó el Informe Especial del 1,5 ºC, donde se enumeran los previsibles impactos que tendría en el clima terrestre la superación de ese umbral de temperatura. Crédito: IPCC.

No hace falta ser un experto en climatología, haberse leído los informes del IPCC o escuchar a un científico que estudia el cambio climático para ser conscientes de que el clima se está volviendo más extremo. Es algo que cada vez percibimos de forma más clara, con independencia del lugar de la Tierra donde vivamos. Se nota cada vez más. Este año es una buena muestra de ello; los extremos climáticos están a la orden del día, algo que certifican las observaciones meteorológicas efectuadas por todo el mundo. 2019 va camino de convertirse en el año más cálido, a escala global, de toda la serie histórica, lo que supone un nuevo extremo en la larga lista de ellos.

Los bandazos en el comportamiento atmosférico y las anomalías resultantes son la respuesta del sistema climático a los forzamientos provocados tanto por causas naturales como por las actividades humanas, siendo estas últimas las que en estos momentos modulan en mayor medida el clima terrestre. La concentración de CO2 en la atmósfera no había alcanzado valores tan altos desde épocas pretéritas, que se remontan centenares de miles de años hacia atrás en el tiempo, teniendo en gran parte un origen antrópico. A ello se suma el creciente deterioro ambiental, lo que exige acciones colectivas, de gran calado y magnitud, para intentar, al menos, revertir parcialmente la situación; solo así podremos evitar serios problemas de adaptación para centenares de millones de personas o, en el peor de los escenarios, un prematuro colapso de nuestra civilización.

Evolución de la superficie de Groenlandia que ha sufrido fusión de hielo desde el 1 de enero al 13 de agosto de 2019. Destaca la magnitud extraordinaria del deshielo ocurrido durante los meses de verano. Crédito: NSIDC (National Snow and Ice Data Center).

El cambio climático está tomando carrerilla y eso no es una buena noticia para los seres vivos que habitamos la Tierra, ya que exige por nuestra parte de una rápida adaptación si no queremos vivir situaciones excesivamente traumáticas. Lo cierto es que los impactos que provoca el citado cambio son cada vez más importantes y con un mayor coste tanto en términos económicos como sociales. Basta con ver lo que está ocurriendo este verano para darnos cuenta de la nueva realidad climática: olas de calor extraordinarias encadenadas, fusión de hielo estival nunca vista en Groenlandia, temperaturas subtropicales en las regiones polares, actividad tormentosa cerca del polo norte, incendios devastadores en Siberia que calcinan millones de hectáreas… la lista es larga.

Ante todo este conjunto de hechos que parecen apuntar en la misma dirección –la de un cambio climático desatado y acelerado–, surgen dos discursos extremistas, contrapuestos y con frecuencia incendiarios. Uno de ellos, alimentado por muchos medios de comunicación, es el del catastrofismo irreflexivo e irracional, que plantea siempre los peores escenarios posibles de cara al futuro: vamos a la mayor de las catástrofes jamás vivida por el hombre; debemos de cambiar rápidamente nuestro actual modo de vida si no queremos cavar nuestra propia tumba. Si bien las proyecciones climáticas ponen ese escenario apocalíptico encima de la mesa, es solo uno de los posibles, no el único.

Estudiantes portando una pancarta que reza (en inglés): “Cambien el sistema, no el clima”, durante una manifestación en Alemania en el marco del movimiento estudiantil “Fridays for Future” (Viernes por el futuro), promovido por la activista sueca Greta Thunberg. Crédito: Reuters.

El otro discurso, de marcados tintes ideológicos, que niega, por principios, cualquier responsabilidad de los seres humanos en el devenir climático, es el de los negacionistas y los autollamados escépticos (de la ciencia del clima que expone el IPCC), que han encontrado en las redes sociales su principal altavoz, lo que a muchos de ellos les permite publicar sus soflamas desde el anonimato. Se trata de un grupo de personas bastante heterogéneo, muchas de las cuáles defienden a ultranza el neoliberalismo y se sienten amenazadas por el resto del mundo, donde aparte de gente con ideas extremistas y de signo contrario, los hay que simplemente ven bien actuar según los dictados del sentido común, que es lo que proclama desde hace más de tres décadas la ciencia del cambio climático.

Por ninguna de las dos vías llegaremos a buen puerto. Si actuamos a lo loco, de forma precipitada, guiados más por el corazón que por la cabeza, iremos aparcando cada vez más la racionalidad, que es (o debería de ser) nuestra principal seña de identidad. Este modus operandi es arriesgado, pues aunque seguramente alguna de las acciones que pudieran acometerse podría funcionar, otras serían poco eficaces e inútiles, anulando los efectos beneficiosos de las primeras. Mucho más arriesgado (temerario, suicida…) es seguir explotando sin control los recursos naturales de la Tierra a costa de nuestro desarrollo tecnológico y continuar con un consumismo de elevado impacto ambiental. Pan para unos pocos hoy y mucha hambre para la mayoría mañana. Hay muchas líneas intermedias de actuación entre los dos extremos que debemos de explorar, guiados en todo momento por la ciencia del cambio climático.

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