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Convivir con el fuego

Expertos en prevención y gestión de incendios forestales explican en esta tribuna las claves para anticiparse a los efectos devastadores del fuego y aplicar las medidas de restauración de los ecosistemas quemados

Arrastre del suelo en las primeras lluvias tras un incendio, una erosión de la que es complejo recuperarse. / Manuel Esteban Lucas Borja


Noches asfixiantes en zonas donde nunca lo habían sido, vientos extremadamente cálidos, intenso olor a humo, tensión en el ambiente mientras los vecinos tratan de organizarse para evitar que el fuego devore sus hogares. En el mejor de los casos, los bomberos ya están por la zona y se oyen aviones anfibios y helicópteros sobrevolando; en otros, hasta las medidas para apagar el fuego llegan más tarde de lo que sería deseable.

Esta escena se está repitiendo en multitud de municipios este verano. Los datos de la superficie quemada ya otorgan a 2022 el triste récord de ser el año en el que más hectáreas de bosque se han quemado en los últimos 30 años. A 31 de julio superamos las 200.000 hectáreas, una extensión mayor que la provincia de Guipúzcoa. Esta pérdida de masa forestal supone un aumento directo de las emisiones de CO2, ya que el fuego libera el carbono almacenado en plantas y suelos, perder biodiversidad y los servicios ecosistémicos de los que nos provee el bosque, que van desde la obtención de madera o setas hasta la recuperación del agua y el suelo o la obtención de aire para respirar. Eso sin contar lo más importante: los dramas personales, que incluyen la muerte de personas y los daños materiales, además de la pérdida de esperanza de quienes viven en las zonas rurales y llevan décadas advirtiendo de lo que iba a pasar, la población de la España que han vaciado muchos años de políticas enfocadas en lo urbano.

No es momento ahora de decir “esto se venía venir” y exponer lo que se debería haber hecho, sino de remangarse y ponerse a trabajar en la gestión de los hábitats primando el conocimiento. Basar las decisiones de gestión en evidencias científicas, hacer un enfoque integrado, que atienda a la multifuncionalidad de los ecosistemas y a todos los factores de los que depende.

Hay que priorizar las medidas poniendo el foco en lo más básico: prevención, prevención y prevención.

Un mantra que, por más que lo repiten las personas que viven en entornos rurales y las que se dedican a la ingeniería forestal, la biología de la conservación o el estudio de los ecosistemas, es olvidado en un cajón por los gestores del espectro político cuando llegan las primeras lluvias. En cambio, para ahorrar, deciden que la inversión para evitar incendios se pondrá en marcha en mayo, cuando se acerque el calor. Error. Quienes viven pegados al monte saben que la labor de un operativo antiincendios va mucho más allá de apagar las llamas.

Las soluciones sostenibles a la mayoría de los problemas ambientales giran en torno a la coexistencia con el fuego, es decir, adaptarnos a su presencia anticipándonos a sus efectos más devastadores minimizando el riesgo y vulnerabilidad de los sistemas forestales. Para lograrlo, hay dos líneas que se deberían trabajar paralelamente: la recuperación de la población y los trabajos del campo en las zonas donde la demografía se ha desplomado, así como la gestión forestal de las áreas naturales.

Tierra sin gente

Los ecosistemas europeos son fruto de la interacción humana desde hace miles de años. No existen bosques que mantengan las estructuras anteriores a la aparición del ser humano. Nuestra presencia ha generado los actuales paisajes culturales, donde las especies que los habitan han evolucionado y a los que se han adaptado. No se puede abordar la restauración de ecosistemas como si el ser humano no existiera u obviando que debemos convivir con el resto de especies. De hecho, uno de los mayores problemas a los que se enfrenta el medioambiente en Europa es el abandono de las zonas rurales y la sustitución de las explotaciones familiares, pymes que son las que realmente crean empleo y tejido social en España, en favor de las de producción agroalimentaria intensiva, que daña los hábitats que nos rodean y dan empleo a menos personas.

Existe un consenso claro en la comunidad científica sobre cómo el abandono agrario y la expansión y densificación del bosque en esos espacios que antes se aprovechaban a través de la actividad forestal, la agricultura y la ganadería, crean paisajes cada vez más homogéneos y vulnerables al avance del fuego. Para revertir esta situación, hay que tomar iniciativas que permitan la recuperación de paisajes donde haya un mosaico de usos: bosques, cultivos herbáceos y leñosos, pastos, matorrales… Esta estructura actúa como un cortafuegos natural mientras se genera una renta que permita a la población que los mantiene vivir dignamente de esas actividades. Se trata de tejer alianzas entre la gestión del bosque y el resto de usos rurales y que quienes viven de la agricultura y la ganadería trabajen codo con codo con los propietarios y gestores forestales para crear territorios resilientes al fuego.

Los montes que son rentables no arden, o lo hacen con menor intensidad, y rentabilidad es sinónimo de gestión activa del territorio y de personas viviendo en él. Más allá de contar con subvenciones públicas que pueden estar justificadas por el carácter también público de muchos de los servicios que esos montes nos proporcionan, hay que crear modelos de negocio sostenibles que permitan a sus poblaciones vivir dignamente de los bienes y servicios que producen.

El papel de las administraciones pasa por poner en marcha medidas de estímulo y apoyo a la economía en zonas rurales que no se queden en las simples subvenciones, sino que busquen un efecto transformador: mejorar la fiscalidad y agilizar la burocracia a la que se enfrentan quienes emprenden en zonas rurales; proveer de servicios sanitarios, educativos y de transporte; promover la compra pública de productos sostenibles y cuya producción se integra en el territorio (como construir con madera de nuestros bosques los edificios públicos) o dar valor a los productos que favorecen la sostenibilidad del monte e identificarlos para que los consumidores sepan que su compra apoya a economías locales que ayudan a prevenir incendios y conservar la biodiversidad. Pueden ser ejemplos que trascienden las subvenciones, que, en muchos casos, ahogan la iniciativa de las personas. Así, promover un reparto más equilibrado de la población, además de ser más sostenible, se convierte en una medida de prevención de incendios.

Estas iniciativas deben adaptarse a las particularidades de cada territorio, a su paisaje y su paisanaje. Los actores locales y su territorio no son meros receptores de las ideas científicas o de las administraciones. Implicar a quienes viven y conocen el territorio es imprescindible para mejorar nuestra protección frente al fuego, porque, aunque sobre un mapa se sostiene cualquier plan de actuación, son las personas que viven en el territorio las que lo conocen y su participación es vital si se quiere ir más allá de un proyecto escrito. En este sentido, la Comisión Europea lleva tiempo financiando procesos de cocreación que persiguen dinámicas cruzadas entre el personal de las administraciones, científicos y la población.

Ejemplos como la red de áreas pasto-cortafuegos de Andalucía (RAPCA) o la iniciativa Ramats de Foc (rebaños de fuego), que promueven el pastoreo en zonas arboladas donde los animales actúan controlando el exceso de vegetación, muestran que ya existen iniciativas que intentan ejemplificar una gestión activa del territorio donde se implican todas las partes.

Ayudar a extinguir, antes de que la llama prenda

La selvicultura, ciencia que estudia la gestión de los bosques y montes forestales, debe centrar sus objetivos en dirigir el ecosistema hacia la formación de bosques sostenibles cuyo valor paisajístico, económico y natural aumenta. Es una práctica cuyos resultados son visibles a largo plazo que necesita políticas estructurales enfocadas en la realidad de las zonas rurales y ecosistemas forestales; planificación y anticipación dotada con presupuesto y personal suficientes. Esta prevención se sustenta en el trabajo estable basado en la realidad de los montes en cada época del año. Hay que afanarse en la prevención con equipos formados por quienes viven y conocen la zona, técnicos, ingenieros y ecólogos que se encarguen de evaluar qué medidas hay que aplicar en cada lugar para que, al llegar el verano, estemos preparados.

Existen medidas centradas, principalmente, en la disminución del combustible (cantidad de biomasa) o cambios en su estructura (tamaño y disposición de la biomasa). La disminución de biomasa se logra eliminando parte de la vegetación arbustiva, sobre todo la más seca, mediante el desbroce, la retirada de las ramas y troncos muertos y las quemas prescritas. Los cambios en la estructura pasan por la elaboración de áreas cortafuegos en las que se disminuye gradualmente el combustible disponible partiendo de caminos y carreteras. Estas áreas, además de cortar el avance del fuego, permiten que los medios de extinción puedan actuar en caso de incendio. Asimismo, la regulación de la densidad de árboles en edades tempranas y en alta densidad mediante claras o clareos son también medidas protectoras. Ante un futuro que se prevé más seco y con regímenes de precipitación irregular, conviene pensar también en áreas de monte bajo con especies herbáceas o arbustivas que necesitan menos agua para mantenerse hidratadas, una buena vacuna para evitar grandes incendios.

En las zonas con mayor riesgo es necesario fomentar la regeneración natural de especies con estructuras físicas defensivas (corcho o corteza gruesa) o estrategias de regeneración adaptadas al fuego. La mezcla de especies autóctonas es también excelente para aumentar la biodiversidad estableciendo masas forestales multifuncionales y de mayor resiliencia frente a nuevos incendios. En el caso de que prenda un fuego, un bosque mixto tiene más opciones de recuperación que uno donde solo crece una especie (monoespecífico) porque presenta mayor variedad de estrategias para adaptarse y regenerarse. La restauración con múltiples especies es sin duda un valor seguro para evitar la propagación del fuego, pero servirá de poco sin una correcta aplicación de clareos y claras.

La gestión del paisaje basada en la creación de mosaicos que combinen rodales con distinta densidad vegetal con áreas de pasto y campos de cultivo dan menos oportunidad al fuego para su propagación. En este sentido, combinar áreas boscosas en las que la intervención es mínima, con masas agroforestales y campos de labor es una buena estrategia que, de nuevo, necesita personas que vivan y convivan con la naturaleza que les rodea. El ejemplo del proyecto Mosaico, en Sierra de Gata y Las Hurdes (Extremadura), en el que se trabaja en terrenos públicos y privados con numerosas propuestas y donde más de la mitad de los emprendedores es menor de cuarenta años, demuestra que un cambio en la gestión del territorio es posible.

Todas estas medidas basadas en la gestión integral y multidisciplinar de los bosques son el principio para evitar que la llama prenda, sí, pero si aun así el fuego se produce, es vital analizar la situación para establecer una restauración adecuada una vez extinguido.

Y después del fuego ¿qué?

Nos gustaría decir que después de un fuego la solución es sencilla: se han quemado árboles así que plantamos más y listo, pero no lo es. No hay soluciones únicas para minimizar el impacto de los incendios forestales que son procesos complejos tanto ecológica como socialmente que requieren un análisis e interpretación de la información antes y después de cada caso. No es lo mismo un incendio sobre un suelo silíceo que sobre uno calizo y lo que sirve a los vecinos de El Courel no tiene por qué servir a los de Monfragüe.

El fuego forma parte de la dinámica natural del bosque mediterráneo, y como tal sus especies están adaptadas a esta perturbación. De hecho, los incendios forestales llegan a ser necesarios para garantizar su regeneración. Muchas especies vegetales lo necesitan para que sus semillas germinen, un proceso ecológico llamado serotinia, o aumente la brotación. Dadas estas características particulares, los ecosistemas mediterráneos suelen regenerarse bien tras los incendios, de ahí que en muchos casos la mejor medida sea no hacer nada (restauración pasiva). Sin embargo, las características históricas de los incendios están cambiando, y los nuevos regímenes de incendios, mucho más virulentos, sobrepasan la capacidad de adaptación, llegando a reducir de forma permanente la biodiversidad y la funcionalidad del ecosistema.

Una correcta gestión pasa por desarrollar estrategias que busquen promover la capacidad para recuperarse o resiliencia del ecosistema y por asumir que la mejor solución posible en cada caso particular puede implicar un cambio de nuestra percepción sobre el papel que juega el fuego en la estructuración del bosque. El proceso persigue acelerar la reparación de las funciones del sistema dañado y generalmente se extiende entre uno y tres (clima atlántico) o cinco años (clima mediterráneo), dependiendo de la intensidad del fuego y las características de la zona afectada.

La estabilización de emergencia tras el incendio comprende un conjunto de acciones a corto plazo (entre unos meses hasta un año después del incendio) dirigidas a identificar amenazas inminentes para la vida humana. Se trata de garantizar los servicios básicos para la población. Esta primera estabilización presta especial atención a reducir el riesgo asociado al deterioro del suelo y de las condiciones hidrológicas de las cuencas forestales afectadas. De hecho, toma a estas últimas como unidades de planificación e implementación de las tareas para paliar el impacto sufrido.

El suelo, la base sobre la que reconstruir todo

Los efectos más obvios y llamativos de los incendios son los que afectan a los valores culturales y estéticos de los bosques y la desaparición de la vegetación y de la diversidad florística, que es también hábitat y fuente de recursos para la fauna. Algo que pasa más desapercibido son sus efectos sobre el suelo.

Los suelos son un gran reservorio de biodiversidad y el elemento esencial para la recuperación integral del ecosistema. Los habitantes de los suelos incluyen, entre otros, lombrices, ácaros, nematodos, bacterias y hongos. Estos organismos, esenciales para la recuperación de la funcionalidad y fertilidad de los suelos, son los responsables del secuestro de gran cantidad de carbono. Transforman la hojarasca en materia orgánica y nutrientes y modifican la estructura del suelo favoreciendo la infiltración de agua, factores esenciales para la supervivencia y recuperación de las plantas.

Entre estos microorganismos destacan los hongos micorrícicos, que forman simbiosis con las raíces de las plantas a las que facilitan la adquisición de agua y nutrientes a cambio de azúcares procedentes de la fotosíntesis. Los hongos micorrícicos pueden conectarse con múltiples plantas a la vez, generando unas redes miceliares a través de las que las plantas huésped intercambian recursos entre ellas. La recuperación del ecosistema edáfico procede de zonas forestales adyacentes no quemadas y de aquellos organismos resistentes que perduran a mayor profundidad en las capas minerales del suelo.

Si una vez apagado el fuego, se toman algunas medidas sencillas encaminadas a proteger el suelo de los procesos erosivos que causa la lluvia, las evidencias científicas apuntan a que, con el tiempo, el equilibrio de la comunidad original termina instaurándose. La gestión del combustible quemado para la construcción de estructuras que protejan el suelo (albarradas y fajinas) y sobre todo la adición de acolchado o mulching superficial con paja o astilla se han mostrado como las medidas más eficaces para reducir la pérdida de suelo por erosión tras incendios de alta severidad. También acotar la presencia de ganado para evitar su compactación y que se coman las plantas que van regenerando ayudan a activar la restauración.

Las actividades a medio plazo, tales como fomentar zonas con menor densidad de vegetación -donde la intensidad del fuego y las temperaturas que se alcanzan son menores permitiendo la supervivencia de algunas comunidades edáficas- o asegurar la progresión de la regeneración tras un incendio, pueden ser esenciales en la recolonización. Por su parte, los hongos micorrícicos del suelo y las raíces pueden permanecer activos durante varios meses tras la corta de los árboles, pero también disminuyen rápidamente si no hay nuevas raíces que colonizar. Para asegurar la correcta recuperación de estos hongos, esenciales para especies como los pinos, las encinas o los robles, hay que vigilar el rebrote natural tras el incendio y, si es insuficiente, considerar replantar en los dos años siguientes a la saca de madera para evitar dificultades en la regeneración de la parcela.

Hacia un ecosistema funcional y resiliente

Tras abordar la situación del suelo, la eliminación de los árboles quemados es una medida controvertida, pero necesaria en algunos casos para inducir que las especies broten con más vigor o para evitar infestaciones de insectos perforadores de los árboles supervivientes, que, además, podrían extenderse a zonas no quemadas. Desde un punto de vista económico, la extracción de los pies antes de que se pudran por completo puede generar ingresos que reviertan en la recuperación del bosque. No obstante, la extracción completa de todos los árboles podría aumentar la escorrentía o disminuir el hábitat para otras especies. Es importante estudiar cada situación para planificar las medidas más adecuadas en el espacio y en el tiempo; de hecho, la restauración de ecosistemas quemados no debe hacerse teniendo en cuenta solo a las especies que hubo en el pasado, sino también a las que mejor resistirán en el futuro. De nuevo el análisis de cada caso es esencial.

La rehabilitación ofrece una interesante oportunidad para abordar un cambio de especie si se estima pertinente. Muchos incendios han permitido iniciar una nueva etapa en la trayectoria de la vegetación dominante en el ecosistema incendiado transformándolo en un bosque mixto. Si las condiciones fisiográficas del suelo, de erosión o de degradación previa así lo recomiendan.

De cara a disponer de información para efectuar un diagnóstico sobre el grado de recuperación de la vegetación, tanto en cobertura como en composición, se han puesto a punto nuevas tecnologías basadas en sensores remotos alojados en diferentes sistemas, que van desde satélites hasta drones. Dicha metodología permite evaluar la capacidad de resiliencia y la calidad forestal del monte durante los primeros años de regeneración para valorar si es necesario continuar con la repoblación o si la propia dinámica de la masa boscosa bastará para recuperar el ecosistema con la activación del banco de semillas o rebrotes. A partir de este punto, la selvicultura puede ayudar a preparar el futuro bosque, zona de matorral o área agroganadera frente a un nuevo incendio mediante los clareos y la selección de arbolado y matorral adecuados, iniciando un nuevo ciclo de selvicultura preventiva.

Más peligroso que un incendio sobre un bosque es que vuelva a suceder. El bosque, como sistema abierto que se autoorganiza, se puede recuperar de un incendio. No esperemos tener el mismo hábitat, pero el ecosistema forestal seguirá existiendo. Sin embargo, dos incendios en el mismo lugar en un tiempo menor del necesario para su recuperación conllevarían, inevitablemente, la pérdida definitiva del ecosistema arbolado. La selvicultura y la gestión forestal son nuestras respuestas para ayudar al bosque y, no nos engañemos, mientras vivamos en este planeta, somos los primeros interesados en mantener bosques y ecosistemas sanos.

Cristina Aponte/ Andrés Bravo Oviedo/ Xiomara Cantera/ Manuel Esteban Lucas Borja/ Javier Madrigal/ Leticia Pérez-Izquierdo/ Ana Rincón/ Elsa Varela

10 agosto 2022

CSIC

Esta entrada se publicó en Reportajes en 11 Ago 2022 por Francisco Martín León