Historias, leyendas y cuentos de meteorología

Verano tórrido y manicomio de cuerdos (I)AnónimoMe gusta escribir. Lo reconozco. Pero más me gusta coleccionar objetos de escritura, cachivaches y papeles antiguos. Mi colección de hojas, lápices, bol...

Verano tórrido y manicomio de cuerdos (I)

Anónimo

Me gusta escribir. Lo reconozco. Pero más me gusta coleccionar objetos de escritura, cachivaches y papeles antiguos. Mi colección de hojas, lápices, bolígrafos, plumas o cualquier otro artilugio de escritura es enorme. Escribir y con qué hacerlo son mis pasiones preferidas. Mi última adquisición fue en un lugar de la India, Kipkupaya o Kipkulajar. No sé dónde exactamente, pero es igual. Un vendedor ambulante me vendió una pluma, tinta y papel que en su inglés-hindú quería decir algo así como que era mágico, que todo lo que me vendía tenía poderes extraños. Lo compré y lo traje a España. Lo he puesto en una estantería de objetos curiosos. Me pregunté a mí mismo cuándo sería la última vez que se escribió con estos objetos y qué quería decir que tenían “poderes”.

Un día caluroso decidí sentarme y probar mis últimas adquisiciones. Cogí la pluma, la tinta y el papel de la India y me puse a escribir. Tenía una extraña sensación de que lo que escribía salía solo de la pluma, no era mi mano la que escribía. Pronto tome las riendas y las letras y párrafos que quedaban impresos en el papel eran parte de mi personalidad y de lo que yo estaba pensando en esos momentos. Cansado por el bochorno de la tarde, me marche a la piscina, dejando todo desordenado. El calor de ese verano era anormal, pegajoso y pesado.

Al volver a casa y revisar lo escrito me encontré que todo se había borrado. No había nada sobre el papel “mágico”, donde dos horas antes las letras se alineaban de izquierda a derecha. ¿Se había evaporado la tinta? ¿Realmente escribí o lo qué escribí fue un sueño en una siesta de verano?.

Al día siguiente repetí el proceso y al cabo de dos horas las frases que con tanto esfuerzo pensé y desarrollé sobre el material hindú habían desaparecido. Alguna explicación debería tener aquello ¿era la baja humedad del ambiente que evaporaba la tinta?¿Las altas temperaturas?¿ Ambas cosas a la vez?¿Era la tinta realmente mágica?.

Repetí el proceso varios días por las tardes y siempre ocurría lo mismo: las letras, palabras y frases iban desapareciendo, dejando el papel como estaba inicialmente. Realice el proceso por la noche y mañana y no ocurrió nada hasta que las altas temperaturas de la canícula llegaban y borraban lo escrito. Las letras permanecían mientras las temperaturas no superaban los 25 º a la sombra. Sobre esta temperatura se volatilizaban.

La tinta, la temperatura, el papel, las palabras del hindú que me vendió todos estos artilugios ... ¿qué estaba pasando?. Quise revisar lo que escribía, cómo se transformaba y qué quedaba. Para ello vertí una sustancia no volátil sobre la tinta. Cuando ésta se evaporara podría ver el resto y con ello analizar lo que ocurría. Así lo hice.

En una tarde calurosa, la tinta comenzó a evaporarse pero no la sustancia que vertí. Escribí algo así como: la vida hay que vivirla. Y aconteció lo inesperado, lo fantástico y electrizante. Las letras, por mí escritas, cobraron vida a la sombra del calor de la tarde, se transformaron en otras, se movían, .... : la v se transformó en m, la d en u,... y así todas las letras para aparecer una frase que yo no había escrito: la muerte está a la espera.

El salto que di hacia atrás fue mayor que el asombró que me produjo. La pluma, el papel, la tinta o yo que sé, cobraban vida y me respondían. Lo mágico de aquellas cosas estaba en que la tinta y el papel modificaban lo que yo escribía. Cobraban vida cuando la temperatura superaba un valor determinado. Los 25 ºC a la sombra. Tenía todo el verano por delante para escribir y ver como “aquello mágico me respondía”. Al principio fue como un juego: yo cogía la pluma y ponía frases sobre el papel, ella me respondía de forma enigmática pero certera. Pronto pensé en sacarle partido y comencé a escribir y preguntar dudas trascendentales de la vida. Después pase a inquirir cosas de mi futuro trabajo y mi vida. A todo ello me respondía con certera celeridad. Había una pregunta que no quería hacer, me resistía a ello ¿cuándo y cómo iba a morir?.

Deje pasar el tiempo y el tiempo atmosférico me acompaño ya que la entrada de aire frío hizo bajar las temperaturas y deje de escribir. Intente llevar todo el “equipo mágico” a un ambiente artificial más cálido creado por mí mismo (calentadores focos luminosos, etc.) pero no dio resultado. Por más que escribía no se alteraba la tienta y lo escrito.

Un día el informativo meteorológico presagio una subida de temperaturas. Lo preparé todo para ese día. Y ese día llegó.

Me puse a escribir con claridad preguntando cuándo y dónde moriría. La temperatura iba subiendo, 22, 23 ... 25 .... y 26 º C. Un sudor frío o mortecino se apoderó de mí. La carta me respondería. Y así lo hizo.

Fue espantoso ver y sentir la respuesta fría que encontré en el papel, después de que las letras se reordenan para mostrar lo escrito: dentro de 10 años y en un manicomio.

Me entró tanta rabia e impotencia que arroje la tinta, la pluma y el papel a un contenedor que tenía cerca.

Cinco años después os escribo desde un manicomio rodeado por gente que tiene alterada sus funciones mentales. Las letras mágicas tenían razón. En la próxima carta que os escriba os diré cómo y porque estoy aquí. Lo peor de todo es que sólo me quedan otros cinco años de vida en este penitenciario mental.

Esta entrada se publicó en Fotos y animaciones en 07 May 2003 por Francisco Martín León

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