El temporal de Santa Catalina en La Palma - II. En el mar

Texto enviado por Gloria Jiménez Alonso  Palabras clave: meteorología histórica, temporal, viento, oleaje, La Palma, 1879.  Acabamos de enterarnos por la lectura del artículo publicado en el periódico , que dejamos transcrito, de lo que fué en Santa Cruz de La Palma el tan renombrado temporal de Santa Catalina, del que se siguió hablando, todavía con horror, durante muchísimos años, lo que por sí sólo sería bastante para hacernos pensar en la intensidad del mismo, ya que de otra manera no hubiera podido persistir en la memoria de todo un pueblo tanto tiempo. Su recuerdo ha durado tanto como que casi podemos decir que ha llegado a nuestros días, pues todavía, cuando aparece algún temporal de cierta intensidad por esta ciudad, se suele oír decir algunas veces:

Afortunadamente hace ya más de sesenta años que ocurrió aquél y no ha vuelto ningún otro a dejar sentir sus efectos como el memorable mentado. Pero ya he­mos visto que todo esto ocurría en tierra y que lo su­frían y sufrieron vecinos de esta ciudad, a los que en cualquier momento les fué posible ir de un lado para otro, acogiéndose inclusive en las casas de los barrios altos de la población, en donde ya no había peligro; y si les parecía poco seguro este refugio, echar a correr y llegar hasta la cumbre, si aun les hubiera sido necesario.
 
La mar amenazaba con un grave peligro a los veci­nos que vivían en la parte baja de nuestro pueblo. Lle­garon a pensar inclusive que les arrasaría la población; pero ninguno de ellos estaba sobre la mar, Todos po­dían huir de sus catastróficos efectos.
 
Como en aquella época sobre esa mar vivía una respetable cantidad de personas, también vecinos de Santa Cruz de La Palma, que tripulaban un buen núme­ro de buques de esta misma ciudad, vamos igualmente a ver qué ocurría al mismo tiempo a bordo de uno de éstos en viaje de retorno desde La Habana a este puer­to, al que alcanzaron también muy cerca de aquí los efectos de esta célebre y memorable tempestad, quienes por cierto se encontraban en muy distintas condiciones que aquéllos, ya que no les era posible huir para nin­guna parte, ni tenían en donde acogerse o refugiarse, sino que había que aguantarla firmes y defenderse de todos sus catastróficos efectos a fuerza de inteligencia, buenos brazos y puños; y de paso a conocer también, para darle más veracidad a este relato, cómo pude yo enterarme de éste, o mejor dicho de estos sucesos.
 
Dice un antiguo aforismo familiar que todos hemos oído: Quien no conoció a la abuela no gozó de cosa buena, que puede ampliarse, y ya generalizando, en el sentido de que el que de muchacho no disfrutó del cariño de sus abuelos, no gozó de los afectos y los mimos que sólo ellos supieron darnos. Yo conocí a mis abuelas y puedo decir que gocé de sus muchos cariños, que para toda mi vida han quedado grabados en mi al­ma; pero no puedo decir lo mismo en cuanto a mis abuelos, ya que ambos murieron antes de yo nacer; y sin embargo tuve la suerte de haberme encontrado con un más que verdadero abuelo, sin que legalmente lo fuera.
 
Don Eduardo Morales Camacho casé con la herma­na mayor de mi padre; y este matrimonio, tíos míos, fueron mis padrinos de bautismo, y aunque tuvieron cuatro hijos, cuando yo era un niño y aún un adoles­cente, estos hijos eran ya grandotes y habían pasado por lo tanto de la edad de los mimos que todos los pa­dres hemos prodigado a nuestros hijos pequeños. Nin­guno de aquellos hijos se había casado todavía y por lo tanto no le habían dado nietos; y en este tránsito de su vida en que todavía no tenía éstos y en que habían ya pasado sus hijos de niños a hombres, aparecí yo con mi niñez a alegrar un poco los últimos años de aquel po­bre viejo, pues siendo su sobrino y además su ahijado, creo se llegó a hacer la ilusión de que yo era su primer nieto, a juzgar por el afecto y cariño que puso en mi persona, al que yo correspondía intensamente con el mío, hasta el punto de que me gustaba más estar en su casa con él que en la mía con mis padres, sin que hoy me dé sonrojo alguno confesarlo. Estos afectos y mutua simpatía son muy frecuentes hasta entre los niños, sin que nadie pueda explicarse su razón de ser. Se siente afecto y simpatía por una persona porque sí, sin que ni siquiera nos detengamos a indagar las causas, y con los niños, de mejores veras, pasa igual. Hemos conocido y tratado a muchísimas mujeres en nuestra vida y cuando menos lo pensamos nos tropezamos con una, a lo mejor mucho más fea que cualquiera de las otras, y porque sí nos encontramos casados con ella y a ella enyugados para toda la vida.
 
Ocurría, sí, en este caso, que este verdadero caballero y excelente y buena persona, más bueno que el pan, al decir de sus pobres predilectos, era muy amable y cariñoso, gustándole mucho los niños, lo que pude comprobar cuando bastantes años después ya tuvo nietos, al ver como los trataba y el gran amor que puso en ellos.
 
Dice un antiguo refrán que quien guste de las flores, los pájaros y los niños, no puede ser mala persona, y aquí en este caso nunca mejor aplicación puede tener este aforismo, ya que era un enamorado de estas tres cosas, a las que yo añadiría: y a la mar y los barcos.
 
Fué marino de profesión y por vocación y, habiendo navegado cuarenta y dos años, tenía conservado en el archivo de su prodigiosa memoria una muy abundante e interesante colección de sucesos ocurridos, históricos unos y otros acaecidos en su época, que nos maravillaba oírselos, y por eso no es de extrañar que a un chico le gustara estar en donde se le entretuviera con lo que yo llamaba sus cuentos, máxime si éstos eran de hechos heroicos y en la mar y además referidos con el entusiasmo y viveza que él sabía poner en todos sus bellos relatos, los que yo oía siempre con gran atención, abobado, con la boca abierta.
 
No es de extrañar, pues, que quien como yo se criara en este ambiente y en la feliz época en que aquí todavía existían varios barcos y en que solamente la casa comercial de mi padre y tíos tenía dos bricbarcas de los llamados entonces grandes, destinados a dar viajes a la isla de Cuba y Norteamérica, que frecuentemente iban y regresaban con carga y pasaje, en cuyas cubiertas correteé muchas veces, y además en contacto con este antiguo y querido capitán, que tanto había navegado y que encima llenaba mi viva inteligencia y aun mi fantasía con sus narraciones de hechos y sucesos acaecidos precisamente en viajes de esos barcos, que a mi me parecían vivos como personas y que yo palpaba, construidos en nuestra tierra, no es de extrañar, vuelvo a repetir,que se le inyectara en sus venas esa hermosa, sana y bellísima afición a las cosas de nuestra mar bravía y que nos hayamos sentido también atraídos por la blanca pureza de las velas de nuestros bellos barcos y vivido con el regusto que nos dejó el recuerdo de aquella época feliz. Y si a esto añadimos lo que a mí me gustaba mezclarme con toda aquella gente de mar de dicha época, oyéndoles los relatos de su azarosa vida en la mar, que inflaban y desbordaban mi fantasía, nos quedará así completo nuestro cuadro.
 
Mientras vivió, no recuerdo por mi voluntad haber dejado de ir a acompañarle ni un solo día, no habiendo estado enfermo, pues últimamente ya viejecito no salía de su casa; y allí, una tarde, fué donde me enteré de lo ocurrido en este viaje que llamaremos del temporal de Santa Catalina, ya que con él está relacionado en una buena parte.
 
Tenía yo entonces mis buenos diez o doce años, y aunque durante todos los de mi vida había venido almacenando muchísimas de sus bellas narraciones, como cosa rara, jamás le había oído hablar de estos dos sucesos que brotaron a su memoria y luego a sus labios casualmente por la coincidencia de una fecha y una, procesión.
 
Era la tarde de un domingo del mes de octubre, cuyo año no recuerdo, día en que ha sido costumbre en Santa Cruz de La Palma celebrar la fiesta de San Francisco, y por la calle abajo debía venir la procesión de este Santo, a juzgar por el bullicio de la gente que precedía a esta imagen, lo que hizo que nos asomásemos al balcón de su habitación para verla pasar. Yo había presenciado, varias veces muchas procesiones a su lado en este mismo balcón y siempre lo había visto en pie sobre el suelo, nada más que apoyados los codos de sus brazos en la barandilla del antepecho del dicho balcón; pero nunca de otra manera o posición, por lo que aquella tarde me llamó mucho la atención el notar que disimuladamente se ponía de rodillas sobre una especie de poyo de unos cincuenta centímetros de altura que esta casa tiene delante del antepecho de los balcones, y que religiosamente, al parecer, bajaba su cabeza en actitud de completar aquella respetuosa genuflexión.
 
Aunque he dicho que recuerdo haber estado a su lado en otras varias procesiones, no puedo afirmar si alguna vez estuve al paso del Santo que por allí cruzaba en este momento, o si se me había escapado ver estedetalle en otras ocasiones; lo que sí puedo asegurar es que yo no lo había visto así hasta aquel instante, y más me sorprendió pensando en que tampoco lo veía ir a la iglesia a ninguna ceremonia religiosa, quizá por su avanzada edad, repito, pues en la época a que me refiero no salía de su casa casi nunca. Duró esto sólo un breve minuto, pues tan pronto hubo pasado .el Santo adquirió seguidamente su primera posición en pie; pero desde que desapareció de nuestra vista la referida procesión nos entramos y cerró el balcón, porque soplaba un poco de viento y estaba la tarde achubascada y algo desagradable; y como seguramente en su perspicacia había notado que de rabillo de ojo me había fijado y lo había sorprendido haciendo aquello que a mí me pareció raro en él, y conociendo mi incorregible curiosidad por todas sus cosas, prontamente me dijo:
 
El día que la Iglesia celebra la festividad de este Santo, así como la imagen que lo representa, hace algunos años que ni fecha ni imagen se borran de mi imaginación, y siempre que pasa por aquí esta procesión, y la vengo viendo todos los años desde que dejé de navegar, no puedo menos que postrarme de rodillas, como ahorame viste hacerlo, por el recuerdo que para mí tiene su presencia; y ya que tú tienes afición a observarlo todo, y me has sorprendido haciendo una cosa que nadie antes que tú me había visto hacer, voy a explicarte el porqué hago lo que hice.
 
Y está por demás decir, que mi cuerpo se llenó rápidamente de cientos de oídos para que no se me escaparaningún detalle, como así fue.
 
El viaje a que voy a referirme fué sin duda el más triste y accidentado de toda mi vida, en el que por dos ocasiones durante él adquirí la completa seguridad que nos tragaría la mar irremisiblemente, y para colmo de desdichas fué también el de más larga duración de todos los que hice, viaje insólito, ya que es inconcebible haber tardado de La Habana a este puerto en «La Verdad> ?con lo que ella conmigo caminaba, sesenta interminables días; pero parece que todo debía de juntarse para que esto pudiera ocurrirme.
 
Salimos de la bahía de La Habana mediado el mes de septiembre de] año 1879, y ya parece que allí afuera nos habían de estar esperando las contrariedades, puesto que a las pocas horas de estar en la mar y toda­ vía en aquellas costas se nos presenta una de aquellas nortadas, con tal intensidad, que me dejó sin el velacho bajo, que en la capa que tuvimos que hacer fué arrancado de cuajo, quedando sólo las relingas. Aquello pasó, y como queriendo recompensarnos dió un salto al tercer cuadrante, que en pocos días nos ayudó a remontar el canal y nos enmaramos rumbo al norte; pero a los pocos días más ya a mí no me estaba gustando el aspecto de aquel tiempo, que de sucio y achubascado por el norte repentinamente había dado aquel salto brusco a otro cuadrante y precisamente a la mala vuelta, y ahora se nos presentaba casi espléndido, pues a mí en estos meses, en aquella zona, me gustaba más encontrarme con mar gruesa y viento, por muy duro que fuera, que con un buen día resplandeciente, ya que me hacían estar orejeando constantemente, presintiendo y viendo por todas partes las características de¡ traicionero anticiclón; y, efectivamente, ya a la mañana siguiente empezaron sus típicas coloraciones fantásticas, con su luminosidad rojo cobriza que le parece a uno que se acerca a las puertas M paraíso, aunque en realidad en donde se está es a las puertas de la muerte.
 
Continuará
Esta entrada se publicó en Reportajes en 22 Dic 2007 por Francisco Martín León

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