Datos climatológicos contenidos en relatos históricos. Parte II y final

Alberto Linés Escardo, In memoriamPalabras clave: Historia, meteorología, climatología, batallas, sequía, hambruna, exploraciones, conquista, Lepanto.Nota de la RAM. Este artículo apareció en una revista de la AME de las VII Jornadas de la AME  celebradas en Tarragona, 29-31 de mayo de 1975, bajo el título genérico de “La Meteorología en la Historia”. En ella el autor hace un ejercicio académico de cómo podemos ver detalles de la Meteorología y Climatología en relatos y acontecimientos históricos. La ponencia hay que enmarcarla dentro de las Jornadas.

La primera parte del artículo apareció en la RAM de enero de 2011:

http://www.tiempo.com/ram/12231/datos-climatologicos-relatos-historicos-parte1/

Una situación meteorológica decisiva: La del día de Lepanto

Cuando el Nuncio Castagna, que más tarde sería Urbano VII, llegó a San Lorenzo aquel día del Corpus de 1571, se encontró con que el Rey Felipe que asistía a una solemnísima procesión en honor del Santísimo Sacramento. No sólo se festejaba la conmemoración litúrgica; aquel día se entregaba a los frailes jerónimos una parte del monasterio ya terminada. Hacía tan sólo ocho años desde que un 18 de abril el propio Monarca, con un pico en la mano había iniciado las obras de lo que se llamaría la Octava Maravilla del Mundo en una ladera de lugar denominado San Lorenzo el Real de la Victoria.

Pero lo que a Castagna llevaba a San Lorenzo no era algo relativo a las inauguraciones. Traía una noticia excepcionalmente importante: el día 20 de mayo se había firmado el Tratado de la Liga, para oponerse a la alarmante amenaza turca. Las negociaciones habían sido lentísimas y más de una vez a punto de naufragar. Ya no había tiempo que perder.

Los días soleados y cálidos se sucedían en las playas mediterráneas, invitando al baño y al descanso. Pero nada había más lejos de la realidad que el pensar en una oleada de millones de turistas que bajaran a las costas del mar Latino. Terribles problemas quitaban el sueño a los monarcas cristianos: la inseguridad en el Mediterráneo y el creciente poderío turco. Por si fuera poco, se habían levantado tres años antes los moriscos en Granada y en Murcia, e incluso habían aparecido en esas tierras bandas de turcos y de musulmanes procedentes de Argel.

De todos los puntos llegaban noticias estremecedoras. Chipre había sido invadido y cercada Famagusta, que se defendía heroicamente al mando del veneciano Bragadino. En Nicosia se habían matado a más de 20.000 cristianos. La piratería estaba a la orden del día y un viaje de Cádiz a Nápoles era una aventura que no todos llegaban a contar. El poder de Saladino se extendía hasta Albania. El Mediterráneo estaba a punto de ser un lago turco. Cuando sucumbió Famagusta, Bragadino fue desollado y su piel colgada del palo de una nave de Mustafá.

La firma del Tratado de la Santa Liga aceleró los preparativos para la gran expedición naval. Hubo acuerdo en designar un Generalísimo, Jefe Superior de la expedición, y recayó en don Juan de Austria. Era la persona ideal para tal misión, respetado por todos y que además ejercía un mágico atractivo entre la juventud. Era un verdadero ídolo que despertaba por todas partes inenarrable entusiasmo.

El prudente Felipe, sin embargo, conocía las limitaciones y defectos de su hermano. Encargó a don Luis de Requesens que vigilara discretamente a don Juan y ordenó por escrito que no tomara decisiones trascendentales sin contar con Doria, Requesens y Bazán.

Salió don Juan de Austria de Madrid el seis de junio y aquella misma noche durmió en Guadalajara. Nueve días después se encontraba en Barcelona, que ardía en preparativos para la gran empresa naval. Aún tardaría cinco semanas en zarpar para Italia. El 20 de julio abandonaría Barcelona, probablemente tocó Palma de Mallorca y, en rapidísima travesía, el 26 día de Santa Ana llegaba a Génova que lo aclamó frenéticamente. En Nápoles recibiría del Cardenal Granvela el bastón de mando, el histórico estandarte azul, en que a los pies del Crucificado se veían los escudos con las armas del Papa de Venecia, de don Juan y del Rey de España.

Flota cristiana en Mesina

El 23 de agosto llegaba el Generalísimo a Mesina y al octavo siguiente pasó revista a toda la escuadra ya congregada. Debió ser un maravilloso espectáculo aquella flota engalanada y tripulada por aguerridos hombres. Allí se encontraban por parte de España 90 galeras, 24 naos y 50 fragatas y bergantines. El Papa había enviado 12 galeras y 6 fragatas al mando de Colonna. Y Venecia estaba representada con 106 galeras, 6 galeras pesadas, 2 grandes naos y 201 fragatas, todo ello al mando del veterano Veniero de más de 70 años y cuyo segundo era Agostino Barbarigo. Los gastos corrían a cargo de España la mitad, un tercio para Venecia, un sexto para el Papa.

A la búsqueda de la flota turca

La escuadra cristiana salió de Mesina el 15 de septiembre. Para entonces ya se habían producido algunos temporales típicos del Mediterráneo levantados siempre por la presencia prematura de oleadas de aire polar que en aquel año  posiblemente llegaron con adelanto. La inmensa flota iba a la caza y captura de Alí Pachá sin saber exactamente dónde se encontraba. Si se hubiera obrado con prudencia, y sin audacia, no se hubiera aventurado una escuadra tan grande y dispar limitada por las reducidas velocidades de peores naves las venecianas a buscar en su madriguera a la fantástica escuadra turca sin conocer su paradero y sobre todo expuesta a que un temporal del norte dispersara las naves y hundiera unas cuantas. Otra cosa hubiera sido en primavera o en los comienzos del verano en que cosa hubiera sido en abril el Mediterráneo se encrespa a menos que en otoño o comienzos del invierno en que las llamadas «gotas de aire frío» originan violentísimas tormentas.

¿Qué hubiera sucedido si una fuerte entrada del norte hubiera zarandeado una escuadra tan difícil de manejar? ¿Cómo salió de Mesina con tan dudosa información? ¿Conocía don Juan de Austria la dureza del otoño en el Mediterráneo o era la primera vez que navegaba por este mar? Sin duda que lo conocía. En julio de 1570, antes de ser Generalísimo de la Liga un año antes de Lepanto se encuentra en Palma donde realiza gestiones varias y despacha asuntos militares; no hay duda pues  acerca de que conocía los peligros meteorológicos del Mediterráneo.

En Corfú la escuadra descansó como una semana. Allí se vieron los efectos de los ataques de los turcos y él conoció la noticia de que Alí Pachá se encontraba cerca de Lepanto. Se levó anclas el día 2 de octubre. El día 4, tras penosa navegación por vientos contrarios del Sur y Sureste, se anclaba en Cefalonia y se recibía la noticia de la caída y aniquilamiento de la población de   Famagusta, ocurrida el 18 de agosto que llenó de indignación a los ejércitos de la Liga. El viernes día  5 salió la escuadra con viento flojo del Este pero una densa niebla inmovilizó las naves. Sin duda reinaban altas presiones sobre Grecia y Turquía y los vientos húmedos y templados del Sur y Sureste, en contacto con el agua algo más fresca, originaron los densos bancos de niebla. Al amanecer el domingo 7, se disiparon las nieblas; sin duda las presiones bajaban lentamente y de haberse dispuesto de un barómetro se hubiera podido anunciar un cambio de tiempo.

Aún se celebraría un histórico Consejo en «La ReaI», Doria no era partidario de entablar combate dada la inferioridad. Don Juan apoyado por Bazán y Farnesio decidió combatir. En aquella reunión dijo su famosa frase: «Es hora de luchar y no de hablar».

Un sol maravilloso se levantaba en el horizonte cuando frente a frente se hallaban seiscientas naves dispuestas a destruirse. La escuadra argelina de Aluch Alí se había unido a Alí Pachá  y Hascen Bely con otra acabada de llegar de Trípoli.

Don Juan en una embarcación ligera, recorrió la flota arengando y  despertando  enorme entusiasmo.  Llegado el momento del combate Don Juan se arrodilló y oró. Entonces cambió el viento que pasó de Levante a Poniente retrasando la maniobra a los turcos y dando tiempo a desplegarse en orden de combate a la escuadra de la Liga, que peleó con  viento a favor, lo que suponía una decisiva ventaja.  Entonces Alí Pacha lanzó un cañonazo y desplegó su estandarte verde.

Hoy disponemos de un extraordinario documento para reconstruir el orden de combate y la disposición de las flotas en el momento de entrar en combate. Los cientos de miles de turistas que cada año visitan el Monasterio de El Escorial al salir de la Basílica buscan a su izquierda las salas capitulares; curiosean unos momentos las bóvedas de la llamada «sala de los secretos» y atraviesan casi sin mirar una sala que da al claustro. En ella está el reportaje gráfico de Lepanto; los cuadros que mandó pintar Felipe II a Lucas Cambiaso y que describen el orden  de combate: «in dextro conu  Io. Andreas de Auria... in siniestro.. Augustinus Barbadicus... mediu autem Sthephanus Venierus ... Io. Austriacus Alvaro Bassiano in postero agmine reservato». «La ReaI» con don Juan se encontraba en el centro con Colonna y Viniero a derecha e izquierda. En las alas, Barbarigo a la siniestra y en el otro extremo Doria.

Así estaba la flota cuando al disparo de Alí Pachá contestó «La Real» y las  seis galeras empezaron a vomitar fuego por sus 264 cañones. Pero fueron sólo relativamente eficaces, porque los turcos pasaron entre ellas. El ala izquierda, tras un durísimo combate fue la primera en resolver la papeleta. Una flecha dio en un ojo a Barbarigo.

La Batalla de Lepanto en una pintura.

Pero el combate se decidió en el centro. Jamás hubo una lucha de galeras tan encarnizada como en Lepanto. La «Sultana» de Alí Pachá arremetía contra «La Real» y quedaron trabadas ambas naves. Soldados de refresco llegaban a una y otra. Tres veces entraron los españoles hasta el palo mayor de la nave turca; fueron rechazados y los jenízaros de Alí Pachá entraron en «La Real». En un momento decisivo, don Juan, con un grupo de capitanes, salió a proa espada en mano. Bazán que ya había ayudado al ala izquierda, envió un grupo de 200 soldados a «La Real». De pronto el grito de victoria cundió entre la Liga; Alí Pachá acababa de morir. Aún estuvo la suerte de la batalla oscilando, porque Uluch Alí estuvo a punto de envolver a Doria y destruyó seis galeras de Malta. Una hábil maniobra de don Juan y el oportuno refuerzo de Bazán decidieron finalmente la victoria de la Liga.

Detalles de la distribución de las flotas cristiana y turca en la batalla de Lepanto.

Al hacer balance de la batalla se encontró que la victoria había sido total y completa. La Liga perdió 15 galeras y tuvo 15.000 bajas, casi a partes iguales muertos y heridos. Los turcos tuvieron 15 galeras perdidas, 190 resultaron capturadas y los muertos se acercaron a 30.000. Fueron liberados 12.000 cristianos que remaban en las galeras.

¿Por qué cambió el viento?

Sin duda fue un hecho providencial el salto del viento de Levante a Poniente. Pudo haber sido por un debilitamiento de las altas presiones que dominaban en los Balcanes o por la proximidad de un frente. Los combates cesaron a las 3 de la tarde. Por la noche empeoró y hubo aguaceros, tal vez la naturaleza frontal. En uno de los lienzos de Cambiasso aparecen nubes tormentosas en una escena posterior al combate.

Es muy probable que la batalla se produjera en un collado barométrico o más bien en una zona intermedia entre circulación anticiclónica y ciclónica. El viento Sur de los días anteriores y la niebla denotan advección de aire cálido y húmedo; debían reinar altas presiones centradas en la Península Balcánica y bajas presiones en Italia. Si en la zona intermedia el viento pasó del Este al Oeste habría que pensar que a continuación rolaría al Noroeste, con advección fría sobre el mar caliente, lo que crearía una situación de inestabilidad con tormentas. Y esto es lo que muestra el último cuadro de Lucas Cambiasso.

Recordemos cómo llegó la noticia a España. El último día de octubre, un corpulento gentilhombre, don Pedro Manuel, cruzaba a grandes zancadas la inacabada lonja del Monasterio y se precipitaba en el templo, y sin protocolo alguno, a grandes voces, anunció al Rey la nueva de la victoria.

El menor músculo se contrajo en el rostro de Felipe II que una vez más le cortó con su expresión favorita:

«Sosegaos».

Caía la tarde y continuó el rezo de las vísperas, como si nada hubiera sucedido. Un gran candelabro de nueve brazos firmado por Juan Simonis, de Amberes, iluminaba a los monjes. Pero al otro día, cuando en Madrid toda la corte celebraba el triunfo en el que jugaron un papel tantas cosas providenciales, y entre ellas el cambio de viento por un momento la emoción se apoderó del Rey Felipe y unas lágrimas temblaron en sus pupilas y resbalaron por sus palidísimas mejillas.

Otros protagonismos de la Meteorología en la Historia

Interminable sería el relato de los hechos históricos en que ha jugado mas que a citar un papel decisivo la Meteorología, por lo que no vamos a citar a algunos de ellos.

En sus cuatro viajes de ida al Nuevo Continente, Cristóbal Colón tuvo tiempo bastante favorable. ¿Qué hubiera sucedido si un ciclón tropical se hubiera tragado las embarcaciones «Santa María» «La Niña» y «La Pinta»? La época y la ruta no podían ser más desfavorables por la actividad ciclónica, ya que de agosto a octubre raramente faltan los huracanes. De haber sido víctimas de tales perturbaciones, es posible que el descubrimiento se hubiera aplazado medio o un siglo y no hubiera tenido signo español. Añadamos, como simple dato, que al desviarse hacia el Sur en el camino de ida  y hacia el Norte en el de regreso, buscando los vientos favorables, Colón descubrió también la circulación del anticiclón de Las Azores.

En otro lugar hemos comentado las posibles causas por las cuales afectaron sólo parcialmente los ciclones tropicales los descubrimientos de las tierras americanas. Es posible que el Caribe no estuviera tan caldeado como ahora y los huracanes tuvieran trayectorias algo más hacia el Sur, lo cual está de acuerdo con la versión de que Cabral descubrió Brasil acosado por un ciclón. Hay, de todas formas, constancia de un huracán que destruyó numerosas embarcaciones de Ovando cuando estaba ya claramente enfrentado con Colón.

La circulación del anticiclón del Pacífico fue descubierto por el extraordinario Andrés de Urdaneta, al encontrar que podría hacerse la travesía de Filipinas a Méjico desviándose al Norte, hasta llegar al  mar de Japón. Todos los anteriores habían fracasado y el viaje de Mindanao a Nueva España duraba de dos a tres años pues, se hacía a través del Cabo de Buena Esperanza.

 Andrés de Urdaneta, arriba. Cuadro de Víctor Villán de Aza

Óleo sobre lienzo. 2190 x 1480 mm. 1890. El Escorial. Colegio Alfonso XII.

Objeto de profundos estudios ha sido el desastre de la Armada Invencible, más propiamente la «Felicísima», porque lo de «Invencible» fue un mote posterior. Parece que la causa de la destrucción fue una violenta advección polar que cerró una serie de borrascas, situación que hoy día no es nada excepcional. Tal vez si en tiempos de Felipe II se hubiera conocido mejor lo que es el frente polar, hoy se hablara castellano en Estados Unidos.

«Grande y Felicísima Armada» con el fin de invadir Inglaterra. Su fracaso, debido más a las malas condiciones meteorológicas que a los méritos militares ingleses, fue utilizado por éstos para ridiculizar tanto a la que denominaron irónicamente la «Armada Invencible» como a la monarquía española.

En los Atlas Universales publicados a finales del siglo XVI, por Mercator y Hortelius principalmente, encontramos, como ya hemos dicho anteriormente, infinidad de testimonios que nos pueden servir para reconstruir el clima pretérito, o bien para apuntar datos para la interpretación de los hechos históricos. Uno de estos testimonios es el calendario de los mercantes que desde Lisboa viajaban a Mozambique, Malaca e islas de las Especias; el régimen de vientos era el determinante y refleja en el hemisferio austral un esquema de circulación general atmosférico no esencialmente diferente del actual. El tema merecería un profundo análisis.

Otros testimonios que deben también ser considerados para la evaluación de las fluctuaciones climáticas es el precio de los alimentos, tema estudiado por Fontana. No hay duda que del siglo XVI al XVII se produjo un deterioro en el clima y que repercutió en Ios precios, sobre todo del trigo. En los documentos sobre la construcción de El Escorial podemos ver los salarlos que iban desde 3 reales diarios a  los peones, 5 a los canteros y hasta los 6.000 mensuales para los grandes maestros de la pintura que fueron llamados. Existía una especie de  economato que facilitaba alimentos a precios muy asequibles, donde una libra de pan costaba 4 maravedises (un real tenía entonces 34 maravedises). Unos 70 años después, en un figón callejero de Madrid, por el mismo plan pedían más de 20 maravedises. Y no puede hablarse de depreciación de la moneda, porque circulaba el patrón oro.

De todos Ios problemas climatológicos sin duda el capital es si la falta de lluvias. La sequía incide más que cualquier otra alteración o anormalidad atmosférica, y de ello tenemos sobrada experiencia. De ahí la repetición del concepto agua, río, fuente en la literatura, tanto profana como religiosa en el arte y en cualquier actividad cultural. Como botón de muestra traemos aquí una referencia de un biógrafo de Santa Teresa: «El agua le pareció siempre a Teresa un algo deleitoso y de maravilla, un algo tan natural e inexplicable, tan definitivo y tan proteico en sus cambios, una tan clara evidencia del poder y de la bondad de Dios, que constantemente la admiraba y pensaba en la manera de describir sus propiedades. Diáfana, cristalina, muchas otras bellas palabras pueden aplicársela, mas ninguna tan espléndida ni tan refrescante y consoladora como la de simplemente agua».

En la Biblia, en los primeros versículos, como hemos comentado ya, se habla del agua; más bien de «las aguas», puesto que en hebreo la palabra es siempre plural «mayin», lo que enriquece el concepto. Es sorprendente que casi en la última página de la Biblia, al final del Apocalipsis, al describir la ciudad celeste se dice: «Y me mostró un río de agua de vida luciente como cristal que salía del Trono de Dios y del Cordero.». Al simbolizar la gracia, la vida del alma, el escritor sagrado utiliza como figura lo que en realidad es más esencial para la vida humana: el agua tan abundantísima en la naturaleza, sólo es accesible y queda a nuestro alcance la que pasa por el filtro de la atmósfera. La Historia está condicionada por la Meteorología es verdad¬. Pero en razón de que, por la atmósfera nos llega el agua: que hace fecunda la tierra.

Vamos a poner punto final; porque no es lo mismo agotar el tema cosa dificilísima, que agotar vuestra paciencia.

Los meteorólogos precisamos prolongar nuestras series climatológicas hacia atrás, y casi me atrevería a decir que junto a cualquier dato histórico hay un dato climatológico por descubrir, y viceversa.

¿Qué hacer entonces? ¿Habría que establecer una cátedra de Climatología en la Facultad de Historia? ¿Habrá que incluir el estudio algo profundo de la Historia entre las enseñanzas de los meteorólogos? No lo sé.

Será mejor no plantearse cuál de las dos cosas es mejor. Lo único positivo es trabajar; a veces desde un mismo punto de partida y con un mismo rumbo se llega a variados resultados. SÍ un chino, un mejicano y un español están juntamente en el Polo Norte y cada uno quiere regresar a su país todos, seguirán rumbo Sur y todos llegarán a lugares variados.

Si al trabajar en nuestra parcela los meteorólogos, entramos en la viña de la Historia, o si los historiadores realizan a veces labores en la nuestra, no debe preocuparnos lo más mínimo. Lo importante es laborar esa parcela y pararnos de cuando en cuando en el lindero para charlar y reponer fuerzas. Y si esta reposición de fuerzas está tonificada por la brisa de Salou, el vino de Francoli y una memorable parrillada ¡mucho mejor todavía!

Fuente

- Datos climáticos contenidos en relatos históricos, 1975. Alberto Linés Escardo. Revista de la AME de las VII Jornadas de la AME  celebradas en Tarragona, 29-31 de mayo de 1975. Tema: "La Meteorología en la Historia"

Esta entrada se publicó en Reportajes en 11 Feb 2011 por Francisco Martín León

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