Quan la pluja no sap ploure [Cuando la lluvia no sabe llover]
Armando Alberola Romá - Publicaciones de la Universitat de València. La sequía ha sido siempre la principal preocupación de los campesinos del Levante peninsular ibérico.
Armando Alberola Romá
Publicaciones de la Universitat de València
Año 2010
251 pp.
ISBN: 978-84-370-7624-9
![Quan La Pluja No Sap Ploure [Cuando La Lluvia No Sabe Llover]](https://services.meteored.com/img/article/quan-la-pluja-no-sap-ploure-cuando-la-lluvia-no-sabe-llover---1_1024.jpg)
INTRODUCCIÓN (por cortesía del autor)
La sequía ha sido siempre la principal preocupación de los campesinos del Levante peninsular ibérico. Sin embargo, los largos períodos de aridez se han visto sistemática y bruscamente interrumpidos, con una cadencia casi anual, por precipitaciones de alta intensidad horaria en los meses de otoño y primavera. Estos episodios meteorológicos extremos, de los que los archivos conservan minuciosa memoria, han venido provocando a lo largo de la historia importantes avenidas e inundaciones con su corolario de víctimas y daños en infraestructuras y bienes de diferente índole. Las páginas que siguen analizan la grave contrariedad que supuso esta alternancia entre escasez y abundancia hídrica durante el siglo XVIII en el País Valenciano. Es esta una cuestión a la que vengo dedicando mis afanes investigadores desde que, hace ya más de tres lustros, apareciera mi primera contribución a modo de tentativa, de propuesta de trabajo en torno a los efectos que, sobre la sociedad y economía valencianas del siglo ilustrado, causaban los desastres naturales y las plagas agrícolas. Desde entonces he seguido porfiando porque entiendo que el tema lo merecía -y no sólo historiográficamente, pues nada más hay que ver la preocupación que en la actualidad despierta el cambio climático- y porque, además, asumo plenamente la función social y de compromiso que a todo historiador compete a la hora de intentar trasladar a los poderes públicos información, argumentos, propuestas y, por qué no, respuestas ante los retos de todo tipo que nos aguardan.
Esas convicciones son las que me han movido a releer todo lo que he publicado hasta la fecha –en ocasiones de manera un tanto dispersa, impelido por las propias circunstancias que depara la vida académica-, a reordenarlo y contextualizarlo, reflexionarlo y reescribirlo buscando la coherencia discursiva que proporcione una lectura grata y provechosa a los interesado en la cuestión. Porque la Historia no debe ser reducto científico exclusivo de un conjunto selecto de iniciados ni su lectura convertirse, necesariamente, en un fárrago capaz de desanimar al más esforzado de sus cultivadores. Sin embargo quiero advertir, antes de seguir adelante, que este libro es, ante todo, un libro de Historia y, por ello, he procurado que reuniera todos los requisitos que exige esta disciplina en lo que a metodología, tratamiento de fuentes y aparato crítico se refiere. Pero también ha sido aspiración personal –no sé si lograda- que el enfoque, el estilo y el lenguaje resultaran claros y amenos con el fin de que su contenido se pudiera convertir en un instrumento útil para tomar conciencia del problema. Con los tiempos que corren, no podemos permitirnos el lujo de ignorar las lecciones que nos brinda el pasado. Merece la pena conocer, y asumir, cómo desafiaron –y, en ocasiones, superaron- nuestros antepasados los impedimentos que el clima y el medio interpusieron en su vida cotidiana. De este modo quizá podamos entender mejor el presente; un presente en el que siguen vivos y a flor de piel los mismos episodios catastróficos que la historia ya se encarga de recordarnos. Le cuesta aprender al ser humano, pese a los golpes y aunque a golpes se haga la vida… Pero con el presente que se empeñan en construirnos algunos, desechando las enseñanzas de la Historia, resulta muy difícil preparar el futuro; un futuro que se antoja tan incierto como enigmático.
Decía que con este libro pretendo exponer mis reflexiones acerca de la vigencia de una realidad secular e intrínsecamente ligada a las gentes de esta tierra. Pero ello no es fácil. Las más de las veces resulta empeño arduo trasladar al papel, y por extensión a una opinión pública variopinta y plural, de un modo sencillo, claro y directo la complejidad que encierra un problema, sus causas, sus consecuencias, las soluciones que se idearon para superarlo a lo largo de los siglos, por qué motivo tenemos hoy la sensación de que se ha avanzado poco, o más bien nada…. Al historiador le asalta siempre la duda de si su trabajo es, además de leído –premisa fundamental-, entendido y estimado para que, en última instancia, pueda ser utilizado por los poderes públicos y contribuya al beneficio de la sociedad. Porque, ya digo, no es tarea sencilla desentrañar los arcanos del pasado –menos lo es transmitir su utilidad-, aunque constituya un quehacer apasionante para quien tiene la dicha de poderse dedicar a ello. E investigar el comportamiento del clima –tan de moda en la actualidad- en siglos pasados y su influencia sobre las sociedades del momento, con todas las variables que ello obliga a manejar, constituye un reto tan sugestivo como complejo de resolver.
Pero poder transmitir con claridad y eficacia las claves de cualquier asunto de manera que sean inmediatamente comprendidas en cualquier foro no es fácil En el caso que nos ocupa, la sequía y la inundación o, si se quiere, la carencia y el exceso de agua en las tierras del País Valenciano, encuentran una magnífica definición perfectamente comprensible por todos en la canción, plena de lirismo y sentimiento, que, allá por 1983, escribió Raimon titulada Al meu país la pluja. La canción, impactante como tantas otras del cantautor de Xàtiva por el modo en que retrata la escuela que padeció en su infancia, consigue describir en sus primeras estrofas, de manera muy bella y no menos precisa, el formidable inconveniente que para las tierras valencianas ha constituido, desde siempre, el hecho de que la lluvia “no sepa llover”. En octubre del año anterior había tenido lugar la terrible pantanada que se llevó por delante la presa de Tous y sumergió a numerosas poblaciones de la comarca de la Ribera del Xùquer, algunas de las cuales hubieron de mudar su localización por si el desastre se repetía. Raimon se encontraba por entonces en Xàtiva y a punto estuvo de ser testigo directo de la imponente descarga de agua que, en muy pocas horas, alimentó la terrible crecida . Probablemente es a partir de aquella fecha fatídica cuando la opinión pública descubrió el fenómeno que los científicos denominan gota fría, término cuya popularización fue inmediata. Hasta tal punto tomaron conciencia las gentes de a pie de la entidad del problema que podría decirse que marcaron en sus calendarios particulares los otoños de cada año para estar prevenidas, vislumbrando “gotas frías” por doquier cada vez que el cielo comienza a oscurecerse apenas periclita el verano. Quizá quepa achacar a las dramáticas jornadas vividas en ese otoño de 1982 el renovado interés por un acontecimiento meteorológico que, históricamente, conserva hitos más que señalados en el País Valenciano. Los correspondientes al siglo XVIII son tratados con minuciosidad en este libro, pero en la memoria colectiva deberían de permanecer bien frescas las consecuencias de, entre otras, las grandes riadas e inundaciones del Xùquer de primeros de noviembre de 1864; la famosa y trágica “de Santa Teresa”, padecida en Orihuela por el desbordamiento del río Segura el 15 de octubre de 1879 o la no menos dramática del Turia, a su paso por Valencia, por esas mismas fechas, pero en el año 1957.
Cuando Raimon, meses después de la pantanada, alumbró la canción que da titulo a este libro quizá persiguiera agitar, despertándolo del sueño de la Historia, el recuerdo de esa amenaza que ha pendido sobre las tierras valencianas desde tiempo inmemorial. Y con ello redescubrir y actualizar un retazo del pasado común para mejor conocimiento de todos. No resulta extraño en él, pues ya se embarcó en empresas de gran fuste. Baste recordar cómo logró que la obra de los grandes poetas en lengua catalana, desde el medioevo a la actualidad, superara las estrechas fronteras por donde discurría y entrara, por la puerta grande, en los dominios de lo popular para esparcirse entre las gentes de la calle que descubrieron, con agradecida sorpresa, a Salvador Espriu, Ausiàs March, Joan Timoneda, o Jordi de Sant Jordi, entre otros.
Raimon es conciso y directo cuando, al describir el comportamiento de la lluvia en este país, afirma rotundo que la pluja no sap ploure en estas tierras e, incapaz de encontrar términos medios, o plou poc o plou massa. La cuestión es que, lo haga como lo haga, los resultados son siempre trágicos: si plou poc es la sequera, pero si plou massa es un desastre. ¿La solución pasa, como sugiere, por llevar a la lluvia a la escuela –bien diferente de la que sufrió en los años cuarenta del siglo pasado el propio Raimon- y enseñarle a llover? ¿O habremos de ser nosotros quienes debamos aprender la lección para poder prevenir y desafiar con garantías, la amenaza? Entenderá el lector que, tras muchos años de rastreo en los archivos y con algunos cientos de páginas escritas echadas a las espaldas, me prendara de la cita raimoniana, modelo de precisión y capacidad de síntesis, y decidiera conferirle el carácter que merece.
Esta preocupación por el agua no parece circunstancial en la obra de Raimon. A poco que se recorran con algo de atención sus textos, emerge ese sentimiento –no exento de preocupación- de quien viene de tierra adentro del país y conoce las miserias que una climatología inclemente puede deparar a los trabajadores agrícolas. Y así, Raimon, se deja llevar en más de una ocasión pels camins de l’aigua; un agua que es queixa als matins, a ciutat, als milions d’aixetes de les cases mientras el sueño, rebotant entre parets, s’esmicola . Un agua tan necesaria que, como en aquella canción que un día regaló a Quico Pi de la Serra –y con él, a todos- escondido tras un seudónimo, por poca que caiga, siempre es bienvenida en este país. El poeta de Xátiva transmite a la perfección en su Bon temps per a fer cançons , el conformismo fatalista del campesino que, sabedor, de la crueldad de una sequía persistente proclama esperanzado, llegado el caso y aunque parezca un trabalenguas, que plou poc, però pel poc que plou, plou prou. Un guiño más, otro apunte pleno de agudeza, para resaltar esa pugna secular mantenida por los mediterráneos contra el clima y el medio, acostumbrados al comportamiento brutal del primero cuando le da por descargar el peso de sus nubarrones donde menos falta hace. Y de nuevo, Raimon, nos deja una sentencia inapelable cuando tacha de esplèndida bellesa de l’inútil a esa lluvia –quizá tempestuosa y excesiva- que, de terra estant, contempla derramarse sobre el mar; o queda arrebatado por aquella otra que, tras cribar lo más oscuro de las nubes y con su ritmo siempre imprevisible, s’emporta carrerons avall de l’ànima l’última llum d’estiu que tardoreja . La lluvia, hermosa metáfora que, en este caso, permite al poeta ir más allá de lo que a simple vista pudiera parecer
El libro se organiza en cuatro capítulos en los que he intentado sintetizar de una manera ordenada todo lo que hasta la fecha llevo escrito –también he aprovechado algún texto todavía inédito, y mucho material de archivo en fase de criba- acerca de la realidad climática del País Valenciano durante la Edad Moderna y sus “efectos colaterales” sobre la sociedad, la economía, la sanidad, la religiosidad popular o la ordenación del territorio. El primero de ellos refiere los condicionantes físicos y naturales del país, procurando orillar esos oropeles con los que algunos pretendieron envolver ese “levante feliz” que maquinaron para ofrendar nuevas glorias a España. De ahí los epígrafes dedicados a los contrastes que ofrecen estas tierras nuestras, a la complejidad de su hidrografía, a las carencias hídricas –bien conocidas y padecidas desde siempre- y a las múltiples iniciativas campesinas, pero también institucionales, para buscar, obtener y acopiar agua con la que garantizar el riego de sus tierras aun en las peores condiciones. En este sentido, era obligada la referencia al magnífico complejo hidráulico que configuraron en la huerta de Alicante el modélico pantano de Tibi y los azudes levantados sobre el curso de río Montnegre. Todo ello presidido por el obsesivo empeño de que no se desperdiciara ni una gota de agua con el fin de evitar el espectáculo de l’esplèndida bellesa de l’inútil que tiene lugar cuando, tras descargar furiosa una tormenta, sus aguas marchan, imponentes e incontrolables, hacia el mar, donde se pierden. Un repaso somero al comportamiento del clima durante la centuria ilustrada se antojaba imprescindible en este capítulo concebido como un preámbulo en el que encajar, a renglón seguido, todas las facetas del problema. En el siglo XVIII se vivían los coletazos finales de la denominada Pequeña Edad del Hielo y comenzaba a hacerse notar cierta recuperación térmica, aunque se siguiera manteniendo una amplia variabilidad climática que, en la vertiente mediterránea peninsular, derivó en seria anomalía de catastróficas consecuencias como se analiza, en profundidad, en el capítulo postrero.
La carencia y el exceso de agua constituyen la temática del capítulo segundo y nos introducen de lleno en el meollo de este libro. La sequía es analizada desde diferentes ópticas. Como problema inherente al medio –si plou poc es la sequera, dice Raimon- que se ha intentando resolver a lo largo de la historia de muy diferentes maneras, entre las que ciertos recursos propios de la religiosidad popular, cuando no la magia, el conjuro o el exorcismo tuvieron –y aún hoy tienen- su protagonismo. También por la decisiva repercusión que, sobre las cosechas, ejerció –como ahora- la carencia de agua en los períodos claves del ciclo agrícola. De ahí que sequía y crisis agrarias marchen históricamente de la mano, sin descartar que, en los peores momentos, se les pudieran sumar además las crisis epidémica y demográfica. El comportamiento de las sequías en el País Valenciano se estudia con detalle, juntamente con el de las avenidas e inundaciones, a lo largo de los dos primeros tercios de la centuria ilustrada. En este país de contrastes, constituye certeza inapelable que si plou massa es la catàstrofe tal y como atestiguan innumerables informes y memoriales cuyo contenido, las más de las veces y salvando las distancias, se asemeja bastante al de las actuales solicitudes de declaración de zona catastrófica.
En el capítulo tercero se brinda un ejemplo paradigmático de lo que las tormentas otoñales, históricamente tan desmedidas en su intensidad y duración, podían deparar; en este caso a la ciudad de Valencia y en un año concreto del siglo. Esa ciutat difícil, indiferent…, de carrers estrets i espais poc metafísics; esa ciudad dels ponts del ríus i de les pedres velles , perennemente sometida a los embates del Turia, es la escogida como protagonista paciente de uno de esos episodios en los que a la lluvia se le ocurre llover demasiado y en poco tiempo, tal y como sucedió en octubre y noviembre de 1776. Podría haber sido Orihuela o, fuera del ámbito valenciano, Tortosa o Girona –tiempo habrá para ello-; pero Valencia reunía en sí misma tal cúmulo de información documental y tan variopintas problemáticas que me parecía la más idónea. En este capítulo se palpa la preocupación y el miedo de autoridades y vecinos conforme la lluvia va descargando y hace crecer el nivel del viejo Guadalaviar que discurre bajos los puentes y entre los malecones protectores construidos por la Junta de Murs i Valls desde siglos atrás. Se comprueba el carácter altivo y displicente de los asentistas de la Corona que transportaban grandes cantidades de troncos utilizando el curso del río y que, llegados a Valencia, ignoraban sistemática y osadamente las normas reguladoras de esta actividad, mostrando sin empacho su desprecio por las trágicas consecuencias que pudieran causar las maderadas si obstruían los arcos de los puentes en un momento de crecida del caudal del Turia. En el otoño de 1776 tuvo lugar un cúmulo de circunstancias negativas que, unidas a la irresponsabilidad de los asentistas madereros, dieron como resultado la inundación de varios barrios de la ciudad, el destrozo de azudes, acequias y huertas, importantes pérdidas materiales y humanas y, como recuerdo impactante, el hundimiento parcial del puente del Mar. La riada dejó honda huella en la ciudad y sus aledaños, y sus responsables políticos, temerosos de que pudiera repetirse una situación análoga, la tuvieron desde entonces muy presente a la hora de arbitrar medidas para afrontarla con garantías llegado el caso, tal y como sucedió en el otoño de 1783.
El último capítulo es el que aporta mayores novedades, pues recoge en parte algunos trabajos aún inéditos. Cronológicamente se extiende desde la segunda parte del reinado de Carlos III, caracterizado por el férreo control de los resortes del Estado por parte del conde de Floridablanca, hasta las vísperas de la guerra de la Independencia. Un período enormemente complejo en lo climático, en lo económico y en lo político, como es bien conocido. Fueron momentos en los que el gran impulso reformista en materia agraria quedó, paradójicamente, en casi nada. Es cierto que la situación general del país tendió a ensombrecerse a partir de los motines de subsistencia de los años sesenta y como consecuencia de los constantes conflictos bélicos en los que se vio involucrada España con Francia e Inglaterra en el último tercio del siglo; pero no lo es menos que los estorbos –como los calificaba el padre Feijoo- derivados de una meteorología inclemente y una naturaleza desatada contribuyeron a empeorar aún más si cabe una realidad para la que, pese al reformismo militante de algunos ministros, se presagiaba lo peor. El “tiempo” que se padeció en el País Valenciano, y por extensión en toda la vertiente mediterránea peninsular, estuvo presidido en esos años por la anomalía atmosférica conocida como oscilación Maldá, caracterizada por la coincidencia de fenómenos meteorológicos extremos. Quiere ello decir que la sequía inclemente convivió con tremendas tormentas y temporales, con riadas e inundaciones, pero también con reiterados pedriscos, heladas fuera de temporada, inviernos largos y fríos o veranos cortos y húmedos. Muchos contemporáneos fueron conscientes de ese anómalo comportamiento del clima, mientras que los campesinos, pero también la sociedad en su conjunto, soportaban año tras año la pérdida de sus cosechas, la escasez, el alza insoportable de los precios de los productos de primera necesidad y el deterioro progresivo de su calidad de vida. Y, por descontado, de su salud; porque tan reiterados y fuertes chubascos incrementaron los espacios húmedos y propiciaron las acometidas, cada vez más constantes, de las fiebres tercianas que, de ser endémicas en el País Valenciano, alcanzaron el rango de epidémicas e, incluso, llegaron a desbordar sus fronteras naturales para extenderse a buena parte del territorio peninsular. Mal tiempo; pero también malos tiempos: crisis de subsistencias, hambre, enfermedad, alborotos populares, incertidumbre política y guerra son las variables que, actuando en el tránsito del siglo XVIII al XIX, dejarían sentir su impronta en las tierras valencianas y, por extensión, en las de la España de la época dibujando un panorama sombrío que los años de lucha contra el francés acabarían por oscurecer totalmente.
A lo largo del proceso de elaboración de este libro han sido muchas las personas que me han ayudado; algunas, probablemente, sin reparar en ello. Y no quiero dejar de reconocérselo. En los funcionarios de los archivos Histórico Nacional (Madrid) y General de Simancas (Valladolid) encontré siempre la mejor disposición para atender mis demandas, aclarar mis dudas y facilitar con rapidez la reproducción de la documentación que consideraba imprescindible. El Ministerio de Educación, ahora de Ciencia e Innovación, me concedió sendas ayudas (BHA2002-01551 y HUM2006-08769) que han permitido desarrollar un ambicioso programa de investigación del que este libro es, por ahora, el último de sus resultados.
A mis compañeros del área de Historia Moderna de la Universidad de Alicante y a los del Grupo de Investigación en Historia y Clima les debo el aliento constante sea cual sea la iniciativa que emprenda. A Marta Díez, responsable de la hemeroteca departamental, le agradezco la eficacia con que maneja esa base de datos que ha ido componiendo sin ahorrar esfuerzos ni sonrisas desde hace ya mucho tiempo y con la que siempre satisface, con inusitada prontitud y acierto, mis reiteradas urgencias. Mar García Arenas, tenaz digitalizadora de la documentación microfilmada que vengo recopilando desde hace años, pretende ignorar –con su proverbial discreción- cuánto me ha allanado el camino a la hora de consultar las páginas del Memorial Literario; pero yo quiero que lo sepa. Con Pablo Giménez Font me unen lazos muy estrechos y una enorme complicidad investigadora y espero que podamos compartir en breve proyectos y realidades. En este libro aporta cartografía, imágenes y, sobre todo, conversación y reflexión serena; elementos todos que, sin duda, han contribuido a mejorarlo. A los compañeros del Servei de Promoció del Valenciá de la Universitat d’Alacant, con su director Josep Forcadell a la cabeza, les agradezco el interés, la profesionalidad y el excelente talante que siempre manifiestan ante mis solicitudes. Mi reconocimiento, no obstante, lo debo personalizar en Màrius Gomis, quien durante este tórrido verano ha invertido muchas horas para que el libro pudiera ser una realidad.
Pero, deliberadamente, he querido posponer hasta los párrafos postreros de esta introducción mi reconocimiento hacia ciertas personas por lo que han significado y significan para mí. Raimon es, permítaseme la licencia cariñosa, uno de los principales culpables de que me decidiera a componer este libro, pues tan pronto le hice partícipe del proyecto interpretó a la perfección mi planteamiento y me cedió con generosidad sus versos para titular y contextualizar adecuadamente el contenido de esta contribución a la historia de nuestro país. Le agradezco muy sinceramente el honor que con ello me ha hecho. Con Antoni Miró, amigo, compañero con el que compartí años atrás aventuras culturales, pintor reconocido y comprometido, también estoy en deuda. Cuando le hablé de este estudio y de lo que quería que significara, de inmediato me brindó su siempre desinteresada ayuda. El motivo que ilustra la portada enriquece sobremanera la concepción formal del libro, y constituye ese pórtico con el que siempre sueña cualquier autor para su obra. Pero sin editor resulta imposible hacer realidad este tipo de aventuras. Antoni Furió, Director de Publicacions de la Universitat de València (PUV), no sólo acogió con entusiasmo la idea; me animó a hacerla realidad de inmediato y apostó decididamente por la edición del libro, incluyéndolo en una de las colecciones que conforman la que, a día de hoy, es sin duda la más prestigiosa de las editoriales institucionales del Estado. Mi gratitud por la confianza depositada en mí.
He dejado para el final, aunque ocupe el primer lugar en todo, a mi mujer Charo. Testigo de excepción del nacimiento de este libro –fue la primera en conocer mis intenciones y la primera en apoyarlas sin reservas- se ha erigido en pieza fundamental e imprescindible en su evolución. A ella debo infinidad de lecturas y relecturas enormemente críticas de todos los capítulos que me han movido a la reflexión constante y a la reelaboración de algunas partes haciendo caso de su criterio; siempre respetuoso y ajustado, pero exigente. Gracias a ella, el resultado final es mucho mejor de lo que en un principio era. Por ello me resulta muy difícil encontrar palabras que puedan dar la media de todo lo que para mí significa y le debo. En esta ocasión, como en tantas otras. Como siempre. Por eso, y por todo, el libro va dedicado a ella. Por descontado que los desaciertos que puedan encontrarse en las páginas que siguen son de mi exclusiva responsabilidad.
Confrides (La Marina Baixa, Alacant)
Verano de 2009