Esta planta invasora dispara el riesgo de incendios y está acelerando la pérdida de biodiversidad en España

El monte se vuelve amarillo y parece primavera, pero no es una buena noticia. Esta conocida planta invasora avanza en España, desplaza especies y aumenta el combustible forestal.

Procedente del sureste de Australia, fue introducida en Europa como planta ornamental
Procedente del sureste de Australia, fue introducida en Europa como planta ornamental

Cada final de invierno, el monte se tiñe de amarillo en distintos puntos de España. La escena parece inofensiva, incluso atractiva, pero detrás hay un problema ecológico de calado. La mimosa, Acacia dealbata, es una especie exótica invasora cuya floración coincide con nuevas fases de expansión y con un aumento potencial del riesgo de incendios forestales.

Su presencia no es reciente. Procedente del sureste de Australia, fue introducida en Europa como planta ornamental por su crecimiento rápido y su abundante floración. Con el tiempo, escapó de jardines y plantaciones y comenzó a colonizar espacios naturales.

Qué es la mimosa y por qué preocupa a los expertos

La mimosa destaca por su gran capacidad de adaptación. Crece con rapidez, tolera suelos pobres y se instala con facilidad en terrenos alterados. Esa combinación la convierte en una competidora muy eficaz frente a la vegetación autóctona.

En España está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que implica restricciones a su comercialización y propagación. Su expansión, sin embargo, ya está consolidada en amplias zonas del territorio.

El principal problema es que transforma el ecosistema. Como leguminosa, fija nitrógeno atmosférico y altera la composición química del suelo. Este cambio favorece su propio crecimiento y puede desplazar a especies adaptadas a suelos más pobres.

Dónde se está expandiendo en España

La mimosa se instala con facilidad en taludes, cunetas, riberas y claros forestales. También coloniza con rapidez terrenos afectados por incendios o talas, donde encuentra menos competencia.

La floración temprana, entre enero y marzo, actúa como señal evidente de su avance
La floración temprana, entre enero y marzo, actúa como señal evidente de su avance

En regiones atlánticas su presencia es especialmente visible, aunque también aparece en otras zonas con condiciones favorables. La floración temprana, entre enero y marzo, actúa como señal evidente de su avance.

Cuando el amarillo aparece en laderas donde antes no estaba, suele indicar que la especie ya ha producido semillas y ha comenzado a consolidar nuevas manchas.

Cómo afecta a la biodiversidad

El impacto más inmediato es la homogeneización del paisaje. La mimosa puede formar masas densas que reducen la entrada de luz y dificultan el crecimiento de plantas autóctonas.

Con menos diversidad vegetal, también disminuyen los recursos disponibles para insectos, aves y pequeños mamíferos. El ecosistema pierde complejidad y resiliencia frente a perturbaciones.

Aunque sus flores atraen polinizadores durante unas semanas, el predominio de una sola especie reduce la diversidad floral anual. La abundancia puntual no compensa la pérdida de variedad a medio plazo.

Por qué dispara el riesgo de incendios

Uno de los aspectos que más preocupa a los técnicos forestales es la acumulación de biomasa. La mimosa puede aumentar la carga de combustible vegetal disponible en el monte.

Además, presenta un comportamiento que agrava el problema, y es que rebrota con facilidad tras el fuego y sus semillas pueden germinar estimuladas por el calor. El incendio, lejos de frenarla, puede favorecer su expansión.

La mimosa puede aumentar la carga de combustible vegetal disponible en el monte
La mimosa puede aumentar la carga de combustible vegetal disponible en el monte

Este ciclo genera un efecto de retroalimentación. Tras un fuego, la mimosa ocupa rápidamente el espacio liberado, incrementa la continuidad del combustible y facilita la propagación de futuros incendios.

Qué se puede hacer para contenerla

El control de la mimosa exige constancia. La tala o el desbroce aislados suelen ser insuficientes, ya que la planta rebota y el banco de semillas permanece activo durante años.

Las estrategias más eficaces combinan intervención temprana en focos pequeños, seguimiento prolongado y restauración con especies autóctonas. La prevención también es clave: evitar nuevas plantaciones ornamentales reduce el riesgo de dispersión. La advertencia de los expertos es clara, hay que actuar antes de que el amarillo se expanda es siempre más eficaz que intentar revertir el daño después.

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