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Luces fantasmales en la noche polar

Hasta el siglo XX no se tuvo una explicación científica satisfactoria de las auroras polares. En torno a ellas se han construido muchos mitos y leyendas.

Aurora polar boreal luces del Norte
Aurora polar. Crédito: www.thevillaescape.com/norther...

Uno de los fenómenos de la naturaleza que más tiempo se tardó en comprender de forma satisfactoria es el de las auroras polares; si a eso unimos su espectacularidad, no debe extrañarnos el sinfín de leyendas y mitos que se fueron creando en torno a ellas a lo largo de la historia, principalmente por las culturas nórdicas.

Las primeras referencias a las auroras polares son prehistóricas. Aunque no se tiene total seguridad, se cree que aparecen representadas–con sus características formas sinuosas– en algunas pinturas rupestres de hace algo más de 30.000 años. Tampoco pasaron desapercibidas para algunos pensadores de la época clásica, a pesar de que la observación del fenómeno fuera de las regiones polares es muy esporádica. Por ejemplo, en el Cantábrico, en promedio se observa casi una al año, aunque no siempre es posible ya que las nubes –frecuentes en esa zona– impiden a menudo la observación del cielo estrellado. Es principalmente durante las grandes tormentas geomagnéticas, provocadas por importantes eyecciones solares, cuando esas luces fantasmales se extienden por mayores franjas de cielo, alcanzando latitudes más bajas.

Uno de los primeros dibujos que existen de una aurora, del año 1570, en el que el autor representa el fenómeno con velas, por la similitud que tiene con el movimiento y forma de las llamas. Crédito: Crawford Library, Royal Observatory, Edinburgh.

Para Aristóteles (siglo IV a. C.), el fenómeno lo originaban unos vapores que emanaban de la Tierra debido al calentamiento solar; al entrar en contacto con ciertos elementos que portaba el viento, se producía una deflagración, lo que daba lugar a las auroras. También encontramos referencias a ellas en algunos pensadores e historiadores romanos, como Plinio el Viejo (siglo I d. C.), que las incluye en una relación de fenómenos luminosos a los que calificó como “cometas”. En aquella época, a estos objetos celestes se les consideraba portadores de malos augurios y de naturaleza atmosférica.

Pero fue en las culturas nórdicas donde las auroras despertaron más la imaginación de sus gentes, otorgándoles un carácter sobrenatural. En algunas de esas culturas se pensaba que las almas de los muertos –que habitaban por encima de la atmósfera– danzaban con unas antorchas encendidas para guiar los pasos de los nuevos espíritus. Dichas antorchas eran justamente las auroras polares, llamadas también las luces del Norte. En Finlandia llaman revontuli a la aurora boreal, una expresión que tiene su origen en una fábula lapona y que significa “fuego del zorro”. Según cuenta la leyenda, los rabos de los zorros que corrían por los montes lapones, se golpeaban contra los montones de nieve y las chispas que salían de tales golpes se reflejaban en el cielo.

Luces Norte aurora polar boreal
Luces aurorales en la noche polar. Fotografía de Christopher Martin.

Durante siglos, esas leyendas nórdicas convivieron con explicaciones más racionales, aunque desacertadas, de las auroras. A partir del siglo XVII, los hombres de ciencia de la época se interesaron mucho por el fenómeno, aunque no fue hasta el siglo XX cuando se encontró la explicación científica satisfactoria del mismo. Desde los tiempos de Galileo (1564-1642), en los tratados científicos ya se usaba la expresión aurora borealis (“amanecer boreal”) para referirse al fenómeno. La citada expresión hace referencia a dos deidades de la mitología clásica; por un lado a Aurora, la diosa romana del alba, y por otro a Bóreas, el dios-viento del Norte en la Antigua Grecia.