"Cuando el fuego se apaga empieza el peligro": las graves consecuencias ambientales de los incendios forestales

Cuando las llamas desaparecen, el incendio no termina. El suelo queda expuesto, aumenta la erosión y las primeras lluvias pueden arrastrar cenizas, lodos y sedimentos hacia ríos, embalses y poblaciones.

Después de un incendio no llega la calma al territorio calcinado, sino que aparece uno de los grandes problemas.
Después de un incendio no llega la calma al territorio calcinado, sino que aparece uno de los grandes problemas.

Un incendio forestal no termina cuando desaparecen las llamas, ya que bajo el paisaje ennegrecido comienza una segunda etapa, mucho menos visible pero potencialmente devastadora: la pérdida de suelo, la erosión, las inundaciones repentinas, la contaminación de ríos y embalses y la degradación de los ecosistemas.

Todos tenemos las imágenes de un bosque ardiendo, y más en los últimos años en España y otros países europeos. Sin embargo, para el territorio afectado, ese momento es apenas el comienzo de un largo proceso de recuperación.

Después del fuego, el suelo queda expuesto, desaparece buena parte de la vegetación que frenaba el agua, y los restos de cenizas y sedimentos pueden ser arrastrados por las primeras lluvias.

Suelos que quedan desprotegidos ante los agentes erosivos

Una de las consecuencias más importantes de un incendio forestal es la desaparición de la cubierta vegetal que protege el suelo con árboles, arbustos, hojarasca y raíces que amortiguan el impacto de las gotas de lluvia, favoreciendo la infiltración del agua y manteniendo cohesionadas las partículas del terreno. Por eso, cuando el fuego destruye esta estructura, el suelo que está directamente expuesto a la lluvia y al viento.

Los incendios favorecen la erosión de los suelos debido a la pérdida de la vegetación protectora y, además, cuando desaparece esta cubierta aumenta la formación de escorrentías y torrentes capaces de transportar grandes cantidades de materiales hacia ríos y embalses.

La primera lluvia puede convertirse en un nuevo problema

Después de un incendio, una lluvia intensa tiene un comportamiento muy diferente sobre un terreno quemado que sobre un bosque conservado, ya que en una superficie cubierta de vegetación, parte del agua queda retenida por las hojas, ramas y materia orgánica; y otra parte se infiltra progresivamente en el suelo.

En cambio, sobre una ladera quemada, el agua puede desplazarse rápidamente por la superficie, arrastrando cenizas, tierra, piedras y restos vegetales.

Por eso, las primera lluvias después de un gran incendio son especialmente importantes. Si llegan precipitaciones intensas, pueden desencadenar procesos erosivos, deslizamientos y avenidas de agua y barro.

Cenizas y sedimentos: una amenaza para ríos y embalses

Las cenizas y los materiales procedentes de las zonas quemadas pueden ser transportados por la escorrentía hasta los cauces, y es allí donde pueden aumentar la turbidez del agua y modificar su composición.

Además de ello, se incluye la alteración de la calidad del agua y el arrastre de materiales hacia zonas mucho más lejanas respecto al punto de origen del incendio.

También se pueden dar diferentes soluciones y la prevención es una de ellas, siendo la identificación rápida y caracterización de las zonas con mayor riesgo, permitiendo actuar antes de que lleguen las lluvias intensas implementando medidas como la colocación de materiales orgánicos en el suelo, por ejemplo paja o restos vegetales, para reducir el impacto directo de la lluvia y favorecer la infiltración.

También pueden utilizarse barreras de madera y restos vegetales siguiendo las curvas de nivel para disminuir la velocidad de la escorrentía y retener sedimentos.