El día que un cohete meteorológico casi desata la Tercera Guerra Mundial

En 1995, un cohete meteorológico noruego desencadenó una falsa alarma nuclear en Rusia, llevando al presidente Boris Yeltsin a activar su “maletín nuclear”. Durante minutos, el mundo estuvo al borde de un desastre atómico por un experimento científico mal interpretado.

Debido a su tasa de éxito del 98%, los Black Brant siguen siendo uno de los cohetes más utilizados.
Debido a su tasa de éxito del 98%, los Black Brant siguen siendo uno de los cohetes más utilizados.

A primera vista, la historia parece sacada de una novela de ficción: un cohete científico, lanzado con fines pacíficos para estudiar las auroras boreales, confundido con un arma letal capaz de iniciar un conflicto nuclear.

Sin embargo, lo ocurrido el 25 de enero de 1995 es tan real como estremecedor, y nos recuerda lo precario que puede ser el equilibrio de la paz global, especialmente en estos tiempos convulsos.

Un experimento científico con consecuencias imprevistas

La mañana de ese día de invierno, científicos noruegos y estadounidenses pusieron en marcha un cohete-sonda –el Black Brant XII– desde la base de lanzamiento de Andøya, en la costa noroccidental de Noruega.

Base espacial de Andøya, en Noruega.
Base espacial de Andøya, en Noruega.

Su misión no era otra que estudiar la aurora boreal sobre el archipiélago de Svalbard: un fenómeno natural bellísimo, generado por la interacción de partículas solares con el campo magnético terrestre.

El cohete, de cuatro etapas, ascendió rápidamente y alcanzó una altura cercana a los 1.453 kilómetros, un perfil de vuelo que para cualquier radar parecía más propio de un misil balístico que de un instrumento científico.

La alarma: ¿ataque inminente?

El problema surgió cuando los radares de alerta temprana rusos, ubicados en el óblast (provincia) de Múrmansk, el mayor puerto de Rusia en el Ártico, detectaron el lanzamiento.

Un fallo en los protocolos de notificación internacional pudo ser el detonante de la Tercera Guerra Mundial.
Un fallo en los protocolos de notificación internacional pudo ser el detonante de la Tercera Guerra Mundial.

Para los operadores, el perfil del Black Brant XII se asemejaba al de un Trident, un misil balístico intercontinental lanzado desde submarinos estadounidenses. Esta sospecha no era menor: el trayecto, altitud y velocidad coincidían con lo que podría esperarse de un arma nuclear dirigida hacia Moscú.

Lo que los radares no captaron fue el contexto esencial: que el lanzamiento había sido notificado con anticipación por Noruega a más de treinta países, incluida Rusia… Pero la información nunca llegó a los técnicos que operaban los sistemas de radar.

El maletín nuclear preparado

En cuestión de minutos, los datos escalaron rápidamente por la cadena de mando del Kremlin. Las fuerzas nucleares rusas se pusieron en alerta máxima, y el llamado “maletín nuclear” –conocido como Cheget –el sistema de mando mediante el cual el presidente podía autorizar un ataque nuclear– fue llevado ante Boris Yeltsin, entonces presidente de Rusia.

Era la primera (y hasta ahora única) vez en la historia en la que un líder nuclear tuvo en sus manos la posibilidad real de ordenar un contraataque en respuesta a lo que se creía un asalto estratégico enemigo. La decisión, en esas tensas circunstancias, era la actuar de inmediato para salvaguardar la soberanía del país, o esperar para confirmar la amenaza.

La confusión sobre el cohete llevó a los sistemas de defensa rusos a preparar submarinos y bombardeos para un contrataque

Mientras Yeltsin consultaba con sus principales asesores militares y lidiaba con la presión inherente a la situación, el tiempo seguía corriendo. En medio de esa breve pero crítica ventana de incertidumbre, los sistemas de defensa rusos incluso comenzaron a preparar submarinos y bombarderos para una posible respuesta nuclear.

Ocho minutos que pudieron cambiarlo todo

Afortunadamente, apenas ocho minutos después del lanzamiento, los analistas rusos se dieron cuenta de que el cohete no sólo no se dirigía hacia territorio nacional, sino que había seguido una trayectoria que lo alejaba de cualquier objetivo susceptible de ser un blanco.

Durante 8 minutos interminables, se pensó que el cohete lanzado por Noruega era un ataque contra la ciudad de Moscú.
Durante 8 minutos interminables, se pensó que el cohete lanzado por Noruega era un ataque contra la ciudad de Moscú.

La amenaza desapareció tal como había surgido: en cuestión de minutos, y sin que se hubiera producido ninguna explosión ni choque.

El Black Brant XII cumplió su misión científica, cayendo en el océano Ártico cerca de la isla noruega de Spitsbergen después de unos 24 minutos de vuelo, mientras que en Moscú, por fin, volvió a respirarse tranquilidad.

Lecciones de una falsa alarma

Aunque la Guerra Fría había terminado oficialmente en 1991 con la disolución de la Unión Soviética, las tensiones y desconfianzas no desaparecieron de inmediato. Y este incidente puso de manifiesto que los sistemas de alerta nuclear también pueden incurrir en peligrosos errores cuando falla la comunicación.

Como resultado, se revisaron los protocolos de notificación internacional, que fueron reforzados para evitar que experimentos científicos perfectamente legítimos pudieran, por falta de comunicación, desencadenar reacciones desproporcionadas.

Más de dos décadas después, este episodio es citado tanto por historiadores como por analistas de seguridad como uno de los “casi” que demuestran lo fina que puede ser la línea entre la paz y la aniquilación total.

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