El temporal de Santa Catalina en La Palma - IV. En el mar

Texto enviado por:  Gloria Jiménez AlonsoPalabras clave: meteorología histórica, temporal, viento, oleaje, La Palma, 1879.Nota de la RAM. Recogeos los testimonios de un temporal acahecido en el siglo XIX en la isla de La Palma. Ver más detalles en anteriores RAM.Como locos y abandonando el trabajo ordenado por mí, salieron corriendo todos y gritando:¡A picar los palos! ¡A picar los palos!No querían oír ni hacer caso a mis gritos para contenerlos, pues ciegos y dominados por el pánico ya hasta habían perdido el respeto a la disciplina con que yo tanto me he enorgullecido de haber logrado conservar siempre en los barcos de mi mando. Yo creo que no solamente no me oían, sino que ni me veían: tan ciegos estaban; hasta que de entre aquel grupo que, indeciso unos brevísimos instantes, no acababa ninguno de decidirse a entrar por las hachas  seguramente esperando que otro fuera el primero, con gran sorpresa mía vi de entre ellos surgir la corpulenta figura de mi hermano, al parecer lívido y medio fuera de sí, que volviéndose para la gente gritaba:¡Muchachos, por las hachas de abordaje y a picar los palos!

Todo, como si yo no estuviera en el barco. Comprendí perfectamente que aquello era una verdadera sublevación a bordo, pues, indisciplinados, ahora inclusive también vi perfectamente que mi mismo hermano entraba en la camareta de 1 proa, en donde estaban las hachas, y que todos, como energúmenos enardecidos, le seguían sin hacer caso a mis continuos e insistentes gritos y a mis voces alteradas y descompuestas por la sorpresa y malísima impresión de desagrado Y hasta extrañeza que toda aquella inquietante escena producía en mi espíritu; y entonces, rápido como el pensamiento y convencido de que mis voces y mis casi furiosas interjecciones no eran oídas ni respetadas, ni mucho menos atendidas, con gran coraje, de un salto me colé por una de las lumbreras de mi camarote, abiertas, y empuñando mi revólver salí rápidamente por la popa otra vez a cubierta, en el preciso instante en que aquel grupo insubordinado y exacerbado por el terror se dirigía, hacha en mano, a consumar el sacrificio de aquel pobre palo, como si fueran a lanzarse al abordaje contra un verdadero barco enemigo; pero allí estaba yo ahora y bien acompañado, dispuesto a impedirlo y a toda costa evitarlo. Corrí hacia ellos revólver en mano haciendo dos disparos con mi arma, que resonaron como dos cañonazos, y teniendo buen cuidado de no apuntar en dirección al grupo  ya que prefería mil veces la muerte antes de haber tenido que herir o matar a cualquiera de aquellos hombres  , les grité:

- ¡Quieto todo el mundo! ¡Al que se mueva le levanto la tapa de los sesos!

Todos se detuvieron un momento y empezaron como a retroceder, dando unos pasos hacia atrás, pero allí seguían mirándome todavía como en actitud de desafío, diciéndome que la vida de todos valía más que el importe del palo, ¡y entre ellos estaba mi propio hermano! Mas aquella situación había que resolverla de una vez, había que ingeniárselas para contener y dominar a veinte y tantos hombres, fuertes como toros que tenía delante de mí, en actitud amenazadora, todos armados, unos con hachas y los demás con sus afilados cuchillos que todos llevan siempre pendiente de sus cinturones; y como desde luego comprendí que el que parecía hacer de cabecilla era mi ya nombrado hermano, a él me dirigí decididamente y le dije con la mayor dureza y energía:

Si no quieres que una bala atraviese ahora mismo tu cráneo, suelta enseguida esa hacha, pues si te atreves a tocar a uno de mis palos, aunque seas mi hermano, serás el primero que te parta la cabeza de un ba¬lazo. Y ahora, todos a dejar las hachas ahí mismo y a obedecer por las buenas o por las malas; de ustedes depende mi actitud, pues estoy dispuesto a todo y has¬ta a no dejar vivo a ninguno de esta canalla insu¬bordinada.

Pienso ahora que debí mostrar tal energía y entere¬za en mis palabras y en mi actitud, que toda aquella gen¬te, casi enfurecida y medio fuera de sí, al ver ahora mi decisión y postura, hasta con mi propio hermano, inme¬diatamente se convirtieron en mansos borreguitos, obe¬dientes como siempre lo habían sido. Y uno a uno de los armados con las hachas fueron soltándolas en el sitio donde yo les indicaba con el dedo de mi mano izquierda.

Respiré fuertemente entonces, ya que me di cuenta de que había ganado la partida y que les había cogido la vez, y aprovechando aquel memorable momento, sin darles tiempo a que se rehicieran, inmediatamente les mandé:

¡Arriba gavieros a afirmar el amante!

Y arriba treparon y encapillaron dos, que con sus correspondientes aparejos hechos firmes en los cade¬notes de aquella banda desamparada, después de quedar muy bien guarnido un fuerte y bien preparado aparejo, sirvieron para que desde cubierta pudiésemos tesar aquéllos y sostener provisionalmente el palo, mandán¬doles seguidamente a reponer los acolladores reventa¬dos y rotos. Todas estas órdenes iban acompañadas, en mi furia, de una serie de palabrotas y cuantas interjec¬ciones más puedas suponer que se me vinieron a la bo¬ca, llamándolos de brutos, bestias y salvajes para arriba, todo lo que te puedas imaginar, explicándoles que la cor¬tada de un palo en la mar era la mayor salvajada que puede hacerse, ya que sin ellos el barco se queda inerte, sin que tengamos con que defenderlo, añadiéndoles que debían tener además confianza en el barco y saber que en su valentía no hay nada que lo pueda hacer zozobrar... Y así quedó completamente apaciguado aquel motín o sublevación, cuyo origen fué únicamente el miedo y el pánico consecutivo.

Lo que acabo de contarte, a pesar de que con tanto detalle he tardado todo este tiempo en referírtelo, porque sé lo que te gusta la salsa de mis cuentos, ocurrió en menos de cinco minutos, y como hay un antiguo refrán marinero que nos dice que en la mar se busca el viento, al fin éste llegó a nosotros, permitiéndonos portar alguna vela, con la que pudimos largar nuestras anclas en esta rada, pero después de 60 días de navegación accidentada y azarosa, en constante preocupación, que ni siquiera me dejó tiempo para afeitarme, pues salté a tierra con mi gran barba, cosa que a mi nunca me ha gustado usar.

Pero ahora que me acuerdo me doy cuenta que he dejado de decirte que todo esto que nos ocurrió al norte de esta Isla fué el 25 de noviembre del año 1879, día de Santa Catalina, y que al fondear nosotros aquí dos días después nos enteraron de lo que también habían pasado en tierra ese mismo día, así como de los destrozos producidos por la intensa marejada que azotó y batió todo este litoral y de cuyos sucesos tienes noticias y conoces perfectamente, ya que desde aquella fecha no ha dejado de recordarse y oírse con frecuencia nombrar el célebre temporal de Santa Catalina, de memorable e inolvidable recordación. Ahora quedas también enterado de lo que al mismo tiempo estábamos sufriendo y nos estaba ocurriendo a nosotros sobre la mar.

Y como le preguntase a qué atribuía él este fenómeno con aquella tan enorme crecida de mar que causó tantos estragos en esta ciudad, me dijo:

Contra lo que la mayor parte de la gente cree, de los cuatro elementos, tierra, aire, fuego y agua, la mar es el más tranquilo y noble de todos, aunque su movilidad y su inquietud sean constantes. La tierra inquieta tiembla, causando muchas veces verdaderos cataclismos en sus manifestaciones, temblores y erupciones volcánicas, dé gravísimas consecuencias ambas. El aire, corriendo en la atmósfera a rellenar los espacios vacíos producidos por las diferencias de temperatura, evaporación y otras causas, buscando siempre el equilibrio atmosférico que jamás llega a conseguir, y otras veces alterado por otros fenómenos parecidos de la misma naturaleza, como en los huracanes, llega a adquirir velocidades insospechadas, cuyo efecto destructor es verdaderamente terrible. El fuego es para mí el elemento más traicionero y al que más hay que temer, pues un incendio, cuando logra agarrar bien a su presa es terriblemente horroroso, y en la mar es algo imponente y la mayor parte de las veces hasta trágico. En cambio, el mar es completamente tranquilo y mansito como un cordero, como tú lo has visto en esos hermosos días de los que llamamos de calma chicha que nos parece un gran estanque. Yo miro el mar como elemento, en ese estado de plácida quietud, ya que sabes que sólo lo solivianta el viento más o menos intenso, haciéndole alterar esa tranquilidad de que tanto gusta disfrutar. Normalmente sus movimientos son suaves; sus corrientes y sus mareas normales no causan el menor daño. Todos los demás elementos llevan sus paroxismos y las alteraciones de su estado normal en ellos mismos, en la médula interna de sus entrañas, de la misma manera que el hombre sus pasiones; así tienes la tierra que tiembla y ruge cuan¬do quiere dejar salir de sus adentros la incandescente y negra baba producto de la excitación de su inconscien¬te ira, a la que llamamos magma; y lo mismo el fuego que no necesita nada que lo altere para ejercer su acción destructora, ya que todo lo lleva en él mismo; parece pues el aire el más travieso de todos, puesto que ayuda a extenderse a éste y es la única causa que consigue al¬terar a la mar, por naturaleza tranquila. Ahora bien, és¬ta tiene mal genio, y cuando ese viento la molesta y ro¬zando por sobre su superficie la irrita, entonces puedo decirte que es peor que todos los demás juntos, pues no hay poder superior a la fuerza de sus furiosos e in¬tensos embates.

Y ahora voy a decirte lo que yo pienso del célebre temporal de Santa Catalina.

Los tiempos del segundo cuadrante, suestes y le¬suestes, fíjate que nacen frente a nuestra rada, a cuyos vientos y mares está completamente abierta; pero tene¬mos la suerte, no sé por qué, de que no suelen soplar de ahí casi nunca, y si lo hacen es brevemente, sin que se afirmen en él, sino de paso para el tercero o S. 0., que es de donde aquí se aguantan hasta varios días se¬guidos, muchas veces con vientos bastante duros, que es al que llamamos caldereto y que llega a causar destro¬zos de alguna consideración en las plantaciones, pero que jamás mete mar en nuestra rada por estar al abrigo que la tierra le da con estos tiempos.

Ese día seguramente en un salto a la mala vuelta del tercero al segundo, es decir del S. 0. al S. E., me¬jor al lesueste, que es como lo hizo, y debido a alguna perturbación e intensa tempestad de ese cuadrante que debió arreciar en el Atlántico a bastantes millas al S. E. de aquí, y que por ignoradas condiciones atmosféricas, como por ejemplo un enorme vacío en esta latitud, tendió hacia él a llenarlo toda aquella enorme masa de aire en torbellino, atraída precisamente por ese vacío y diferencias de temperatura que le hizo tirar hacia el norte con gran intensidad a cumplir su misión de equilibrio que te dejé dicho, y entonces esa mar alterada e impulsada por la fuerza y velocidad de¡ intenso viento que debió soplar fué arrastrada hasta estas Islas, en donde, al tropezarse con el obstáculo de nuestras costas que se oponían a su paso, las batía con intensa violencia, produciendo esas enormes olas de que los que fueron testigos han venido hablando con horror.

Naturalmente que todo esto no lo creo bastante co¬mo para que fuera alterada tan enormemente en nues¬tra ribera la línea de su mayor altura normal en los as¬censos de las mareas que diariamente hemos venido viendo en nuestra ciudad, hasta el punto de haber lle¬gado a batir en las casas de la calle de la Marina, por lo que yo pienso que tuvo que coincidir la fuerza de la tempestad y la gruesa mar de] lesueste con el repunte de una gran marea viva de zizigías, que sí bien sabemos que las más importantes de cada año son cerca de los equinoccios de marzo y septiembre, hay sin embargo autores que aseguran que las mayores suelen desplazar se a veces a los meses contiguos a los señalados, de¬biendo por lo tanto haber ocurrido este fenómeno aquí entonces, es decir, en uno de esos desplazamientos, pues no podemos explicárnoslo de otra manera, ya que, como hemos visto, el suceso fué en noviembre. La prueba la tenemos en que, tan pronto pasó el dicho repunte, la mar empezó a retirarse, y aunque seguía alborotada y gruesa, tendida y de leva, ya dejó de batir en los frontispicios de las casas.

Desde luego pienso y comprendo que este fenómeno que yo no pude presenciar, porque como ya te he dicho me cogió en la mar, tuvo que causar una gran impresión y aun alarma en todo este tranquilo vecindario poco acostumbrado a ver a su mar, habitual y corrientemente tranquila, engrifada y batiendo con la furia que me imagino al haber visto luego sus efectos en lo que destruyó y también la intensidad con que a nosotros nos llegó al norte de la Isla, y aunque esto ya te he dicho es bastante raro en estas proximidades, sin embargo yo recuerdo que el 26 de julio de 1846, cosa rarísima en este mes de verano, y el 12 de enero de 1849, un fuerte temporal, también del segundo cuadrante como éste, destruyó el muelle y las murallas de la calle de la Marina, pero no llegó a batir en sus casas.

También tengo noticias, por haberlo leído en una curiosa efemérides que conservo, que el 14 de enero de 1671 una violenta mar del este produjo grandes destrozos en el muelle y derribó las trincheras de la Marina, y a pesar de que la garita del antiguo castillo de Santa Catalina estaba fabricada sobre el parapeto del mismo, a una altura de ocho a diez metros del piso de la playa, se le encapillaron arriba las gruesas mares reventadas y la derribaron también, causando grandes desperfectos en la dicha fortaleza, por lo que pienso que éste también debió haber sido de importancia.

Pero es curioso observar y ver el diferente efecto que causa una tempestad, y más si viene acompañada de gruesa mar, en los ánimos de la gente de tierra y en los de la mar, pues mientras a los primeros se les apoca y llenos de pánico corren a guarecerse en sus casas, como el avestruz al meter su cabeza debajo de sus alas, creyendo así estar a salvo de todo peligro, a la gente de mar, por el contrario, estos fenómenos la enardece, volviéndola más activa y despierta, y tanto en tierra como en la mar se les ve metidos en ésta mojándose y remojándose como si fueran chiquillos jugando en la caleta o en la orilla de aquella tan suya y en la cual tanto jugaron en su niñez.

Fíjate en lo que todos hemos oído contar del temporal de que te he venido hablando, en lo que habrás visto que estos marineros, sin tener por qué meterse en él, pues todos pudieron haber permanecido tranquilamente en sus casas, sin embargo se lanzaron voluntariamente y sin esperar remuneración alguna a trabajar como fieras y procurar salvar lo que vieran que estaba en peligro.

Indudablemente son de otra madera. Y no me canso de repetir que cada uno de ellos vale por dos de los de tierra, pues son capaces de hacer en tierra lo que cualquiera de los de ésta hagan, y en la mar, sobre su barco, lo que nadie más que ellos pueden hacer.

Hay que verlos trepados allá arriba sobre el marchapié de una verga y agarrados con brazos y piernas, como monos, aferrando sobres y juanetes, hinchadas sus camisolas y aguantando impetuosos bandazos, con la mayor impavidez. Porque cuando en medio de una dura tempestad se les manda a echar a cubierta las vergas altas y calar masteleros, y con un arrojo de titanes y una valentía sorprendente se lanzan jarcia arriba a ejecutar estas maniobras, al ver esto tiene necesariamente que pensarse de esta manera que yo lo hago, ya que es verdaderamente admirable el comportamiento de esta sufrida y abnegada gente en la mar, de lo que los de tierra adentro no se dan cuenta, porque no los han visto nunca más que caminando por so¬bre el muelle o en la playa, y ni se les ha ocurrido meditar siquiera unos momentos sobre estas cosas, al fijarse en las enormes arboladuras de nuestros barcos y pensar que éstas no se mueven solas, sino que hay que hacerlas maniobrar cuando lo necesitemos, con la parti¬cularidad y hasta el agravante de que cuanto más recio es el tiempo más necesitamos valernos de ellas.

Y al llegar ahora a este punto como terminación de este relato, todavía recordamos que pasado mucho tiempo y cuando en algún grupo de viejos marineros se comentaba algún acaecimiento de este célebre y acci¬dentado viaje, oímos más de una vez decir a alguno:

¡Ah, sí; eso fué cuando el viaje de la barba de don Eduardo!

Y al preguntárseles por la explicación de esta fra¬se, contestaban:

Tan malo fué aquel viaje y tales las tempestades y malos tiempos que nos azotaron y el peligro en que constantemente estuvimos, que no pudo disponer de tiempo para afeitarse porque le fué necesario estar ca¬si continuamente en cubierta.

FIN

Esta entrada se publicó en Reportajes en 08 Feb 2008 por Francisco Martín León

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