La estrategia de la catástrofe

Autor: Joaquín FernándezPeriodista  experto en temas Ambientales de Radio Nacional de España Palabras clave: periodismo, noticia, catástrofe, sensacionalismo, cambio climático, fenómenos adversos.La superficialidad del periodismo actual, por otra parte, impide  un seguimiento minucioso de la noticia. La obsesión por el titular-espectáculo centra nuestro interés solo en el diagnóstico, sin fijarnos en pasos intermedios o en debates científicos.

RAM. Este artículo ha sido rescatado y reproducido, con permiso del autor, como consecuencia de las noticias catastrofistas y sensacionalistas lanzadas por una parte de la prensa y  favorecidas por declaraciones de ciertos responsables políticos de EEUU,  con la llegada del huracán Gustav a las costas americanas, al que se le clasificó como “la madre de todos los huracanes”: ¿sensacionalismo o  titular de portada?  Fotos añadidas al texto original

En el delirio acusador con el que finalizó la etapa de los gobiernos socialistas, un columnista de postín acertó a ver la mano larga del Gobierno en la apabullante presencia de películas catastrofistas (¿mejor catastróficas?) tanto en el cine como en la televisión, dando a entender, o así quise interpretarlo, que de ello obtenía pingües plusvalías políticas, bajo el supuesto de que la ficción aterradora hacía más apetecible la cotidianeidad realmente existente, 0 sea, que el cine no es ya un pretexto evasivo para dar rienda suelta a nuestros sueños irrealizados sino una portentosa herramienta para hacernos la realidad más digerible.  Anhelamos el final de la película para respirar tranquilos al lado opuesto de la pantalla. iUff!.

La estrategia añade buenas dosis de maldad al pan y circo de los clásicos. El fútbol, los toros, el rock o el Conde Lequio nos distraen de lo real, pero el cine de terror nos haría comprender, además, que la pantalla siempre es peor que la calle. La realidad supera la ficción y la mejora.

Podría ser cierta esta sospecha del columnista, al menos en la primera parte, pues si bien es atinado el diagnóstico, hasta el punto de que los telediarios Io han copiado al pie de la letra e incluso los parques de atracciones utilizan el como elemento casi exclusivo de distracción (la progresiva perversidad de la montaña rusa es tan larga como el eterno minuto que dura su dislocado recorrido), parece ya más dudosa la capacidad de cualquier gobierno para poner en marcha tan meticulosa estrategia. Ahora que hemos entrado en un período de serenidad política  debiéramos pensar, si acaso, en una confabulación a mayor escala e investigar seriamente el papel de una sociedad complaciente a la que el mentado columnista, y otros de su misma escuela, pretenden halagar desculpabilizándola de toda responsabilidad. ¿Quién, en verdad, nos ha instalado ante el espectáculo del terror sucesivo y creciente?.

"Cuantas más catástrofes veamos, más dramas nos convulsionen, más desastres nos avasallen, más horrores nos envuelvan,  escribe Margarita Rivike en "La década de la decencia"  estaremos más dispuestos a defender un tipo único, infalible y unívoco de bondad/verdad posible. Una bondad basada en la producción de odio e intolerancia a gran escala, tras el ropaje de la  "obra de caridad" de enseñar al que no sabe o de socorrer al que no tiene. El mal posee una clara rentabilidad económica para los medios de comunicación  y para todas aquellas industrias que fomentan el conflicto y la guerra  y una rentabilidad moral para quienes prefieren gente sumisa que mira con horror la libertad".

Pone Margarita Riviére el dedo en la llaga pues, en efecto, si hubiere una estrategia deliberada de terror, otros hacedores más poderosos y refinados habrán tenido. Si el miedo es, como también dice Riviére, uno de los principales territorios en los que hoy se desenvuelve la información, parece evidente que el círculo conspirativo contra la sociedad bienpensante se amplía y que, dentro de ese círculo, ha empezado a cundir la alarma. Quizás se les haya ido la mano con la dosis, como reconoció Ted Turner, fundador de la CNN, la televisión omnipresente, ante un público de periodistas: "Siempre estamos destacando lo negativo, siempre hay una cosa mala detrás de otra. No emitimos casi informaciones positivas, y si todo lo que hacemos es decirle a todo el mundo lo mal que se están haciendo las cosas, podemos dar un sentido de desesperanza a la gente".

Figura 1. Trayectoria de huracán Katrina, agosto 2005: uno de los más catastróficos huracanes en la historia de EEUU. Fuente: NOAA-CIMSS.Pinche sobre la image.

Lo ecológico como hábitat de la catastrofe

Vivimos, pues, bajo el imperio de la catástrofe. Los medios de comunicación nos ofertan cada día nuevos capítulos del apocalipsis inagotable en que hemos  convertido la realidad. La realidad mediática y otras que se han ido contagiando: "Con todos sus deslumbrantes adelantos tecnológicos  dice el compositor polaco Krysztof Penderecki , la civilización del fin del siglo XX ofrece pocas razones para ser optimista. Los medios nos bombardean con información de múltiples amenazas. El apocalipsis se ha convertido en noticia. Alguien ha inventado el término sinestrose para abarcar todas las formas de duda, pesimismo y profecías nihilistas que hablan del futuro de nuestro mundo. Los artistas contribuyen a crear esta siniestra visión".

Vivimos, pues, bajo el imperio de la catástrofe. Los medios de comunicación nos ofertan cada día nuevos capí¬tulos del apocalipsis inagotable en que hemos convertido la realidad.

Aumenta, por tanto, la nómina de culpables (políticos, periodistas, artistas ... ) en la estrategia del terror donde confluye tangencialmente el discurso ecológico en su ambivalencia científica y sociopolítica. Hemos supuesto que el territorio ecológico era hábitat privilegiado para la catástrofe y ahora evidenciamos su marginación paradójica en el ranking del desastre, regulado por criterios selectivos harto caprichosos. Tras la Cumbre de Río de 1992, los problemas ecológicos cotizan a la baja en todos los ámbitos, medios de comunicación incluidos. La necesidad que esos medios tienen de ofertar cada día mercancías variadas y novedosas (también hay temas interesadamente recurrentes), no justifica su desprecio. Existe una inquina inexplicada hacia la catástrofe ecológica.

El asunto del cambio climático, por ejemplo, tan fotogénico y mediático hace pocos años, ya no parece tan capaz de generar titulares como estos publicados por la prensa española: "Los cambios de clima amenazan nuestra supervivencia";  "El nivel del mar subirá seis centímetros por década en el siglo XXI, según afirma la ONU";  "El centro Hadley de estudio del clima predice que en España lloverá menos en el siglo XXI". "La bomba de relojería del cambio climático. España: ¿víctima o verdugo?", dice, por fin, un Informe de Greenpeace.

Ciertamente, la contundencia apocalíptica de semejantes titulares anula cualquier posibilidad de desarrollo posterior. Quedan agotados en si mismos, sin matices ni gradaciones. Sin clímax. Como ocurre frecuentemente con estas cuestiones. Se juegan siempre a una sola partida, situándoos brutalmente ante el precipicio por el que no queremos caernos aunque tampoco nos atrevamos a dar marcha atrás. Simplemente, nos paralizan.

Figura 2. El huracán Gustav de la estación 2008 de huracanes en el Golfo de México: ¿la madre de todos los huracanes?. Así fue bautizado pero no llegó a tanto.

La superficialidad del periodismo actual, por otra parte impide un seguimiento minucioso de la noticia. La obsesión por el titular espectáculo centra nuestro interés sólo en el diagnóstico, sin fijarnos en pasos intermedios o en debates científicos. El cambio climático apenas son tres cifras que indican la subida del nivel del mar, el aumento de las temperaturas y el índice de pluviosidad. Y como ahí no se produzcan cambios sustanciales (las décimas no cuentan) la noticia no es posible. ¿Si empezamos anunciando el fin del mundo qué sentido tendría todo lo demás?

Es indudable también que la divulgación del cambio climático ha provocado nuevas visiones de viejos problemas, como el de la pertinaz sequía en España. Por primera vez, la grave sequía registrada en la primera mitad de los 90 fue analizada bajo esta perspectiva. No importa el rigor de los análisis sino el hecho en sí. El esfuerzo de los científicos para hacernos comprensibles las diferencias entre meteorología y clima resulta inútil. Las lluvias más o menos  abundantes, las primaveras adelantadas, la suspensión  de los mundiales de esquí en Sierra Nevada, las inundaciones, los vendavales, otras catástrofes cada vez  más frecuentes y cualquier suceso meteorológico queda bajo el amplio paraguas del cambio climático.

La superficialidad del periodismo actual, por otra parte, impide  un seguimiento minucioso de la noticia. La obsesión por el titular-espectáculo centra nuestro interés solo en el diagnóstico, sin fijarnos en pasos intermedios o en debates científicos.

El citado Informe de Greenpeace sobre las "señales del cambio durante 1994": "Madrid está sufriendo unos veranos nos más cálidos de los últimos años. El gobierno canario estudia la declaración de Lanzarote como zona catastrófica por los daños causa  por la ola de calor. Récord de temperaturas en julio en toda España. Un muerto en el temporal de Mallorca. Seis muertos en el temporal en Cataluña en las últimas tres décadas. 1994  batió el record de superficie forestal quemada. La cosecha se ha adelantado entre diez y quince días debido a las altas temperaturas de noviembre ...” Son noticias recogidas de los periódicos que podríamos rematar con este titular de El País: "La sequía amenaza con dejar sin agua potable a más de ocho millones de personas a partir de otoño".

El esfuerzo de  los científicos para hacernos comprensibles las diferencias entre meteorolo¬gía y clima resulta inútil. Cualquier suceso meteorológico  queda baio el amplio paraguas  del cambio climático.

Estos son los hechos que la opinión pública ha ido encajando con mayor o menor escepticismo preguntándose si la eficacia comprobada de la rogativa ante la sequía natural, de carácter cíclico, servirá para las nuevas circunstan¬cias. Eso sí, en cuanto llovió a gusto de muchos y disgusto de unos cuantos, hasta los tertulianos de la radio se rebelaron contra los pronósticos catastrofistas: "A ver   decía uno de ellos   que vengan ahora los ecologistas a demostrar que la sequía obedece a un cambio climático".

El reto del tertuliano no sólo demostraba una fobia preocupantemente generalizada contra los ecologistas sino una perversa  contradicción, pues este subgénero radiofónico se ha alimentado sobre todo de la catástrofe, del caos real  o supuesto. ¿Por qué no acepta las mismas reglas de juego en este caso? ¿Cómo es posible que sólo a los   ecologistas o al periodismo ambiental, el último en llegar a la feria mediática, se les reproche pasión por  la catástrofe cuando todos estamos instalados en ella?.  Habría que indagarlo. Por el momento, constato que la admiración sumisa por la catástrofe no es  indiscriminada y las ecológicas no cuentan precisa¬mente con el favor del público. De manera que si el cambio climático se nos ha presentado como la catástrofe por antonomasia, su impopularidad está garantizada.

Si el cambio climático se nos  ha presentado  como la catástrofe por antonomasia, su impopularidad está  garantizada.

Frente al éxito social y mediático de las ONGs humanitarias que ayudan a las víctimas del hambre y la guerra, llama la atención el aletargamiento de las organizaciones ecologistas, pioneras del oenegeísmo. ¿Será más fácil acabar con el hambre en el África sangrante que afrontar estrategias contra el cambio climático? ¡Ay, si los problemas ecológicos se resolvieran con gestos de caridad!

Relean, por favor, la cita del principio.

Artículo tomado del Libro

El campo: el cambio climático. BBVA

Reproducido con permiso del autor del artículo.

Esta entrada se publicó en Reportajes en 02 Oct 2008 por Francisco Martín León

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