La meteorología en la Literatura II.

La tragedia Griega: Esquilo, Sófocles y Eurípides "Los iniciados en los misterios de Eleusis miraban al cielo y exclamaban, `¡Lluvia!`, luego miraban a la tierra diciendo `¡Concibe!'."

Los tres grandes autores griegos citados en el texto: Esquilo, Sófocles y Eurípides.
Los tres grandes autores griegos citados en el texto: Esquilo, Sófocles y Eurípides.

La tragedia Griega: Esquilo, Sófocles y Eurípides 

Ernesto Calabuig

Los iniciados en los misterios 
de Eleusis miraban al cielo y 
exclamaban, '¡Lluvia!', luego 
miraban a la tierra 
diciendo '¡Concibe!'

Tras un primer acercamiento al tema de la presencia de lo meteorológico en la literatura para el que escogimos como punto de mira la cultura mesopotámica, damos ahora un largo salto en el tiempo hasta la Atenas del siglo V a, C., donde tuvo lugar un género literario muy específico centrado en concreto en esta ciudad y desarrollado en un período de cien años por los conocidos Esquilo, Sófocles y Eurípides: la «tragedia griega». La tragedia va a dar un golpe de timón en el tratamiento de los mitos y consecuentemente también a lo meteorológico frente a cómo los habían planteado en el siglo VIII a. C. sus antecesores Homero (Iliada y Odisea) y Hesíodo (Teogonía y Trabajos y días). La tragedia va a traer a colación los héroes míticos de los que hablaba Homero tres siglos antes con la intención ahora de ponerlos en cuestión, de discutirlos. En los tres poetas trágicos sobre todo en Eurípides hay una conciencia muy aguda de en qué sentido los mitos, en vez de responder a problemas, los crean y plantean preguntas.

Lo meteorológico, los mitos en los que aparecen fenómenos naturales, se tratará sin la antigua parafernalia de, por ejemplo, la Iliada, porque ahora no tanto en Esquilo y Sófocles como en Eurípides los personajes han perdido casi por completo su carácter de héroes épicos y han pasado a ser hombres corrientes de carne y hueso. Es un tránsito desde el sufrimiento del héroe mítico tipo Ulises (que, por muchas penalidades que atravesara, al final llegaba felizmente a casa), al sufrimiento del hombre que, acorralado por el destino, se ve incapaz de resolver su existencia (el Prototipo trágico del Edipo rey, de Sófocles). Queda recortado, pues, el papel de lo sobrenatural. Vemos, por ejemplo, que el Zeus del que habla Homero tres siglos antes de la tragedia griega (que es, por cierto, la representación del típico dios meteorológico que provoca las lluvias desde el cielo, al que se conoce además como el «amontonador de nubes» y cuyas armas son el relámpago y el trueno) es una divinidad a la que nada puede sorprender o escapar de su control; en cambio, Eurípides dejará lugar para que el azar y la sinrazón gobiernen el mundo y para cuestionar la naturaleza de la propia divinidad. Así, en las Troyanas puede leerse:

«Quien quiera que seas, difícilmente accesible al conocimiento, Zeus, ya seas la ley natural o la razón de los hombres. » En Ifigenia en Aulide, Eurípides pone en boca de un personaje lo siguiente: « Si existen dioses, tú desde luego, por ser un hombre justo, obtendrás digna recompensa. Y si no, ¿de qué vale esforzarse?» Mientras que en Esquilo y Sófocles el hombre aún no se entiende sino bajo los fenómenos naturales (y entre ellos los atmosféricos), en Eurípides (en lo que se ha llamado racionalismo eurípideo) los personajes se enmarcan más en la nueva mentalidad ateniense del siglo V a. C. Aristóteles, en su Poética, llamaría a Eurípides «el más trágico de los poetas» ya que, una vez excluido prácticamente el recurso a la conjunción de fuerzas de la naturaleza, el hombre aparece desamparado ante el destino e inspirador de lástima y piedad.

Si en el estudio de la presencia de los fenómenos atmosféricos en la literatura de Mesopotamia nos centramos en su momento en dos textos muy concretos: el Poema de Gilgamesh y los Himnos sumerios, nos fijaremos ahora en tres tragedias muy conocidas: el Prometeo encadenado, de Esquilo; el Edipo rey, de Sófocles, e Ifigenia en Aulide, de Eurípides. Como hemos dicho al comienzo, la tragedia tuvo como foco Atenas en un período determinado de cien años. A los tres autores se les sitúa, pues, como contemporáneos; y a título de curiosidad la leyenda los une a un acontecimiento realmente importante: la batalla de Salamina (480 a. C.), pues, según se dice, Esquilo participó en esta batalla greco persa, en tanto que Sófocles más joven cantó en el coro que celebró la victoria griega, y Eurípides nacía el mismo día de la batalla. (Ya que hablamos de Meteorología, hay que decir que el viento, y en concreto el viento del Norte, jugó un papel de excepción al destruir la flota persa en Salamina; y que desde entonces los atenienses conmemoraban este fenómeno atmosférico.) Pero ya sin más preámbulos vamos a entrar a analizar el papel de la Meteorología en las tres tragedias señaladas.

El Prometeo encadenado, de Esquilo

En esta obra, las referencias a lo meteorológico se intensifican conforme va avanzando la trama. (En ella se nos cuenta la situación en la que se encuentra Prometeo una vez que, habiendo desafiado a Zeus, éste lo castiga amarrándolo eternamente a unas rocas alejadas de los hombres. La burla de Prometeo había consistido, entre otras cosas, en robarle a Zeus el fuego que éste había retirado del uso y de los hombres. Prometeo, no conforme con el estatuto que el dios había ideado para los humanos, les devuelve el fuego y les enseña todas las técnicas. Es por esta osadía por la que el protagonista paga su culpa encadenado a la intemperie en la montaña donde, para colmo, un águila. Regará a diario a comerle el hígado, un órgano que cada noche volverá a regenerarse, garantizando así una tortura permanente.) La primera presencia de lo meteorológico en esta tragedia tiene que ver precisamente con el Sol y la sucesión día noche. Quien encadena al protagonista le dice: «Con indisolubles cadenas he de ligarte a esta roca inaccesible al hombre... y consumido lentamente por las llamas ardorosas de Helios, perderás la flor de tu piel. Feliz serás cuando la noche, con su vestidura alhajada de estrellas, esconda el fulgor del día, y cuando Helios nuevamente disipe las heladas matinales. »

Curiosamente, Prometeo empleará símiles meteorológicos para describir la situación en que se encuentra, y de hecho se califica a sí mismo como < juguete miserable de los vientos>. También sus quejas e invocaciones contienen términos relacionados con fenómenos de la naturaleza: « ¡Oh Eter divino, vientos rápidos, manantial de los ríos, sonrisas infinitas de las olas marinas! ¡Y tú, Gea, madre de todo! ¡Y tú, que con tus ojos abarcas el orbe del mundo, Helios! !Sed testigos! ¡Miradme! ¡Soy dios, y ved lo que sufro por obra de los dioses! »

El propio Océano es un interlocutor más en esta tragedia, así como también lo son sus hijas: el cor de las oceánidas. Estas últimas llegan hasta donde se encuentra Prometeo precisamente gracias a los vientos: «Nada temas. Esta muchedumbre alada es tu amiga y llega velozmente esta roca... Rápidos vientos nos han conducido», dicen. El dolor de estas hijas del Océano ante la mala fortuna del protagonista también se expresa por medio de una comparación de tipo atmosférico. De hecho exclaman «Una espantosa nube preñada de llanto me llena los ojos al contemplar en esos vínculos de acero, tu cuerpo que se consume en esa roca. » Cuando Océano hace acto de presencia en esta tragedia, Prometeo lo iguala con un gran río: «¿Cómo osaste dejar el río que lleva tu nombre?», le pregunta.

El resto de la tragedia está plagad de expresiones meteorológicas. Sin ir más lejos, cuando Prometeo describe las injusticias de la tiranía de Zeus, menciona cuestiones como el cielo, la tierra, el tifón, el rayo, el trueno, los estrechos de mar, la lava del volcán, etc. Este es un texto muy hermoso que dice: « Si soy infeliz, no quiero que la desgracia llegue a otros. ¡No! Harto afligido estoy con los dolores de Atlas mi hermano, que por las regiones de Héspero se alza sosteniendo en los hombros la columna de Urano (el cielo) y de la tierra, carga abrumadora. Contemplo también... a impetuoso Tifón, que se alzó contra todos los dioses, vomitando exterminio por sus fauces horribles... Su asalto violento amenazaba la tiranía de Zeus. Pero el Dardo vigilante, el Rayo que se precipita respirando llama, se echó sobre él aplastando sus insolencias tumultuosas. Herido a través del pecho y consumido por el Rayo, perdió sus fuerzas, quebrantado por el trueno. Ahora su cuerpo yace, inútil y abyecto, en los estrechos de mar, aplastado por las raíces del Etna, mientras Hefestos, asentado en las cumbres, forja masas de hierro al rojo blanco. De allí se precipitarán un día los ríos de fuego, devorando con sus mandíbulas ardientes los llanos extensos de la fecunda Sicilia... Por mi parte, sufriré el destino presente, hasta que la mente de Zeus deje de estar irritada. »

Sería muy largo dar cuenta de las muchas referencias meteorológicas que aparecen hasta el final de esta tragedia de Esquilo. Por ello, me limitaré a señalar que hay una buena serie de expresiones del tipo de «hervor marino», «manantiales de los ríos», «padre Océano», «arenas del mar», «rocas que el mar embiste», «camino de Helios», «nocturna Selene», «mar tempestuoso de crueles dolores», «orillas del río Plutón que arrastra oro», «olas de mi dolor terrible», «blanco torbellino de la nieve», «trueno y torbellino de los vientos», etc. Por cierto, también hay alguna referencia a la sucesión de las estaciones, ya que Prometeo fue quien sacó de la ignorancia sobre este tema a los hombres que, como dice el texto, «nada sabían ni del invierno, ni de la primavera florida, ni del estío fructuoso. Vivían sin pensar, hasta el día en que les enseñé el levantarse cierto de los astros y su puesta irregular».

Es al final de esta tragedia donde aparece toda la parafernalia meteorológica que Zeus descarga sobre Prometeo como castigo a causa de que el protagonista sabía que no iba a permanecer eternamente encadenado, sino sólo hasta que el dios cayese de tiranía. Prometeo conoce el nombre de quien será la esposa de Zeus que lo destrone, pero se niega a revelarlo a pesar de que el dios ha enviado al mensajero Hermes para obtener la información. El texto corresponde al final de esta tragedia y se hace especial hincapié en los fenómenos atmosféricos: «He aquí que la tierra se conmueve, no de palabra, sino en realidad. El ronco estrépito del trueno muge. Las espirales llamean. Los torbellinos arrastran el polvo. Los soplos todos de los vientos se revuelven y chocan en furioso combate, y el Eter se confunde con el mar. Así Zeus se arroja manifiestamente contra mí para infundirme espanto. ¡Oh sagrado respeto de mi madre! ¡Oh Eter movible! ¡Luz común a todos! ¡Ved las iniquidades que padezco!»

El Edipo rey, de Sófocles

El siguiente texto en el que vamos a rastrear la presencia de lo meteorológico es el famoso Edipo rey, de Sófocles; para muchos la mejor de las tragedias, ya que se ha dicho que el personaje de Edipo supone en sí la tragedia entera. Aquí la Meteorología se presenta como trasfondo, en el sentido de que, desde el comienzo, sabemos que la ciudad sufre una maldición (peste) que se manifiesta expresamente en forma de sequía. Sabemos que Tebas «se está consumiendo a causa de los brotes de la tierra que no afloran», así lo anuncia un sacerdote al principio de la tragedia; y a lo largo de la obra esta misma idea aparecerá en distintas formulaciones del tipo de: «ni crece la semilla en la ínclita tierra», o «por este país consumido, tan estéril y tan dejado de la divinidad». La causa de esta maldición es, como le revela el Oráculo a Creonte, la impureza de un hombre que habita en esta ciudad. Edipo intenta dar con el culpable para saber que finalmente no es otro que él mismo, pues al término de la obra llegará a la dolorosa verdad: él es el asesino de su propio padre (Layo), y aquella a la que consideraba su esposa (Yocasta) es al tiempo su propia madre: «marido de aquella de quien nací», «engendrador y engendrado» se dirá Edipo con horror.

La tragedia contiene bastantes alusiones a fenómenos meteorológicos; por supuesto también aquí se cita el rayo como arma impensable de Zeus para acabar con los males de Tebas: «Tú que administras los dominios de los destellos igníferos, Zeus padre, aniquílalo (a Ares, que representa la muerte y en este caso la peste) bajo el peso de tu rayo. »

El adivino ciego Tiresias es aquí quien conoce el significado de las manifestaciones de la naturaleza, por ello Edipo lo manda llamar para tratar de dar con el causante de las desgracias de la ciudad. Inevitablemente, Tiresias apuntará hacia Edipo. El adivino es como dice el texto el que «sabe interpretar todas las cosas..., las celestes y las de a ras de tierra». Para hablar de la ceguera de este hombre, Edipo establecerá un paralelismo con la noche: «Eres criado sólo por la noche, por lo que no se rebajaría jamás, ni yo ni ningún otro que contempla la luz a hacerte daño. »

Si en Esquilo el hombre aparece desbordado por todo un entramado de fenómenos atmosféricos que se manifiestan sin tregua, Sófocles resulta más austero aunque su mentalidad aún no es la revolucionaria de un Eurípides. Ello no quita para que en la trama del Edipo rey haya frecuentes expresiones meteorológicas, términos como: «Yeguas tan veloces como el huracán», «armado con fuego y rayos el hijo de Zeus», «No, ¡por el dios que está en vanguardia de todos los dioses, el Sol! », «viento favorable», «Calculando en adelante la situación de la tierra corintia basándome en las estrellas», «firmamento celestial», «ciclo lunar de mañana», «oh, luz del Sol», etc.

Sófocles también emplea lo meteorológico para dar cuenta de los estados psicológicos del protagonista una vez que éste ha Regado al descubrimiento de la terrible verdad y atenta contra sus propios ojos porque ya «no disponía de ningún espectáculo dulce a la vista». Ocurre así en frases como: « ¡Ay, nubarrón de oscuridad que me agobia» o «¿por dónde va a echarse al viento con ímpetu furioso mi griterío?», etc.

Para terminar el análisis de esta tragedia, es interesante fijarse en las palabras que Creonte le dice a Edipo cuando este último lo ha perdido todo una vez que la catástrofe le ha venido encima sin que él pudiera hacer nada por alejarla; estas palabras también tienen que ver con los fenómenos atmosféricos: «Edipo, si todavía no te ocultas por vergüenza de la estirpe de los hombres, por lo menos avergüénzate de la luz del soberano Sol que a todos los seres vivifica, de mostrar así, al descubierto tan grave mácula que ni la tierra ni la lluvia santa ni la luz han de aceptar acoger. »

Ifigenia en Aulide, de Eurípides

La última tragedia de la que vamos a ocuparnos es una de las más hermosas y conocidas: Ifigenia en Aulide. La trama de esta obra podría resumirse de la siguiente manera: la esposa de un hombre (Helena, esposa de Menelao) ha huido a otra ciudad (a Troya) con otro hombre (Paris). Al hermano del esposo engañado es decir, a Agamenón, hermano de Menelao) se le encarga dirigir la flota de guerra que escarmiente al secuestrador y recupere a Helena. El problema es que para que la misión prospere hace falta viento que pueda mover las embarcaciones desde Aulide donde permanecen estancadas hasta Esparta. Agamenón tiene la mala fortuna de que para rescatar a su cuñada (que más que ser secuestrada puede decirse que ha huido de «motu propio») necesita del viento que impulse las naves, pero ese viento no lo obtendrá en tanto que no cumpla con los designios del adivino: tiene que sacrificar a su propia hija (a Ifigenia).

Vemos pues que lo meteorológico tiene en esta tragedia un papel de excepción: toda la inmensa flota de guerra griega permanecerá anclada mientras no sople el viento. «Y en cuanto llegaste a Aulide con el ejército panhelénico, te anonadaste, porque estabas consternado por el infortunio dependiente de los dioses, al carecer de viento favorable», dice el texto. La tragedia dará cuenta de los quebraderos de cabeza de Agamenón, que se ve en la necesidad de sacrificar a su propia hija no sólo por el bien de su hermano (el esposo engañado) sino también por la victoria de Grecia que precisa del viento para avanzar contra Esparta. Agamenón tiene que simular un matrimonio de su hija con el soldado Aquiles para atraer a ésta a Aulide y cumplir con el sacrificio.

No vamos a relatar aquí todas y cada una de las referencias a los fenómenos naturales que aparecen en la obra, que, como hemos indicado, está marcada desde el inicio por una constante que es la ausencia de viento («No hay ningún rumor ni de pájaros ni de mar. Los silencios del viento dominan este estrecho de Euripo», dice Agamenón en una de sus primeras intervenciones). Basta con señalar que se dan expresiones acerca de los astros (del tipo de ¿qué astro es, pues ese que surca el cielo? Sirio que avanza cerca de la Pléyade de las siete estrellas», o «Cuando llegue el ciclo propicio de la luna», o «y que en la noche volteas la blanca luz astral», o «Ya no habrá para mí luz ni este resplandor del sol», etc.) así como otras cuestiones referentes por ejemplo al mar: «ondas marinas», «divinidad marina», «por el morador de las húmedas olas»... y otras muchas referencias que por ejemplo acentúan el contraste luztinieblas o hablan de las «nevadas espesuras» o de las «ligeras brisas del Euripo».

Al final de la obra, cuando pensábamos que Ifigenia ya había sido sacrificada en el altar para que los dioses envíen el viento propicio para la navegación, nos enteramos por un mensajero que ha ocurrido una especie de milagro a última hora y de que la espada no ha caído sobre Ifigenia sino sobre una cierva que aparece en su lugar de repente; por fin llega también el viento: «Propicia acogió el sacrificio, y nos concede un viento favorable y el asalto a Ilión. Ante esto, que todo navegante eleve su coraje y marche hacia su nave. Porque en este día de hoy debemos abandonar las cóncavas calas de Aulide y cruzar las ondas del Egeo», dice el mensajero.

La RAM quiere agradecer a Ernesto su amabilidad por permitir reproducir este trabajo. Apareció por primera vez en La Revista: La Meteorología en el Mundo Iberoamericano Nº 2. 1990 INM.

Esta entrada se publicó en Reportajes en 08 Feb 2005 por Francisco Martín León

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