Lo mejor del foro: Los españoles y el sentido del tiempo
Reproducimos el mensaje enviado por Olarch el 21 de Marzo del 2002 donde se recoge la conferencia pronunciada por Amando de Miguel en la sede del INM de Madrid con motivo del día meteorológico mundial del año 2001.
Madrid, 23 de marzo de 2001
El habla castellana contiene una maravillosa ambigüedad que no se da en otras lenguas cercanas, por ejemplo, en inglés. En castellano decimos "tiempo" para significar dos cosas tan aparentemente distintas como el tiempo cronológico (time) y el atmosférico (weather). Realmente, se trata de una estupenda intuición, pues ambos sentidos se enlazan a través de la idea de lo cíclico. Todos los meteoros, con el paso de las horas y los días, se transforman. "Mañana será otro día" decía el tuerto para consolarse de que de noche no atinaba a encontrar espárragos. La predicción meteorológica más segura para dentro de unos días es que hará un tiempo un poco distinto al de hoy. Por lo mismo, la predicción por el sistema del "calendario zaragozano" es que hoy hará un tiempo parecido al de hoy en años anteriores. "Tal día como hoy", hace tantos años, es siempre motivo de celebración.
Cuando damos los "buenos días", los españoles entendemos que se mezclan ambos conceptos, el cronológico y el atmosférico. Es corriente contestar a ese saludo con un malhumorado "con la que está cayendo", si es que el tiempo es desapacible y no digamos si caen chuzos, esto es, granizo.
Otra ilación entre los dos sentidos es el sentido religioso que implícitamente tienen. "Buenos días" es la elipsis de "buenos días nos dé Dios", puesto que el futuro lo tiene escrito la Providencia y no sabemos su contenido. Dios es también el sujeto implícito de algunos verbos defectivos, referidos al tiempo atmosférico, como amanecer o llover. Recuérdese el famoso dicho de "amanecerá Dios y medraremos", que recoge el Quijote. Es otra vez el consuelo del tuerto de los espárragos. Por cierto, una misteriosa forma elíptica de designar un momento del día es "la del alba", que hizo famosa el Quijote. No tiene mayor misterio. Simplemente, el párrafo anterior acaba con la palabra "hora". Luego "la del alba" no es más que la "hora del alba".
La mitología clásica da pie para el parentesco entre el tiempo cronológico y el atmosférico. El origen de la estirpe olímpica está en Gea, la diosa de la naturaleza, de la que emana todo lo demás. Dos de los hijos de Gea, Cronos y Cibeles, en unión incestuosa, engendran a Zeus, el padre del Olimpo. Cronos o Saturno es el dios del tiempo, hijo así de la naturaleza. Zeus o Júpiter se acompaña de rayos y otros meteoros rotundos.
La mezcla de los dos sentidos, el atmosférico y el cronológico, lleva a una idea fatalista del tiempo. Puesto que todo se resuelve en ciclos, la cuestión está en saber esperar; "lo que sea sonará". Para eso hay que tener el calendario en la cabeza. Es necesario saber en qué día de la semana cae una fecha señalada o cuándo tocan este año los Carnavales. Suele ser una sabiduría campesina o tradicional, la misma que vive el año señalado por la liturgia eclesiástica. La sociedad actual ha perdido casi completamente el sentido del ciclo litúrgico, salvo lo que pueda tener un sentido vacacional. Por ejemplo, interesa mucho cuándo cae la Semana Santa, aunque se ignore que se sitúa respecto a la primera Luna llena de la primavera. Esa ignorancia del urbanícola actual le lleva a maravillarse de la estupenda coincidencia que se produce con las procesiones nocturnas de Semana Santa. Averigua, entusiasmado, que al espectáculo nocturno de la Semana Santa le asiste una hermosa Luna llena. Viene a ser otra versión del feliz descubrimiento que hizo el famoso gentilhombre de Molière: hablaba en prosa sin saberlo. Cuando el urbanícola recibe la agenda del año entrante, lo primero que mira es cómo se distribuyen los "puentes". Uno nuevo, estupendo, es el que forman las fiestas seguidas de la Constitución (6 de diciembre) y la Purísima (8 de diciembre). La Constitución tenía que haber sido "doña Concha", como la del 12, promulgada el 19 de marzo, fue "la Pepa".
Una enfermedad muy característica de nuestro tiempo es el estrés. Uno de sus síntomas es llevar el calendario en la cabeza. La persona estresada suele tener presente qué día del mes corresponde al próximo lunes y que cosas tiene programadas para esa fecha. Las vacaciones consisten en consultar lo menos posible la agenda y el reloj. El horario de un buen fin de semana es el tener la agenda vacía de obligaciones onerosas. Bien es verdad que la epidemia del estrés fuerza a que haya también una agenda para los ocios. Cada vez más se ordena el tiempo de las vacaciones. Las relaciones de poder se establecen según la capacidad que tienen unos (los poderosos) de modificar la agenda de los demás de modo sistemático. El orden jerárquico se establece automáticamente al convenir quién puede hacer esperar a quién.
El estrés equivale a la sensación de que el tiempo es escaso, más de lo que se puede asignar objetivamente. De hecho, el tiempo es más escaso para los jóvenes; así lo sienten al menos, a pesar de que tienen toda la vida por delante. La divisa clásica de los jóvenes sería el famoso verso de Horacio: Carpe diem, quam mínimum crédula póstero. Es decir, "Pásatelo bien hoy y no te preocupes de mañana". Paradójicamente, a quienes tanto gozan del presente, el tiempo se les hace corto. En cambio, los viejos se aconsejan de otro verso clásico, en este caso de Virgilio: Fugit irreparábile tempus. Es decir, "el tiempo se nos escapa sin remedio". Otra vez la paradoja, pues a los viejos, con sus días contados, subjetivamente les sobra el tiempo. En definitiva, nadie está contento con el reloj o el calendario. Los días parecen cortos porque se tienen más quehaceres por delante. Otra cosa es el uso social no escrito por el que los españoles, grandes comediantes, deben comportarse como si tuvieran todo el tiempo por delante. La sabiduría está en no apresurarse. Como dice el refrán, "vísteme despacio, que tengo prisa".
La medición del tiempo cronológico ha urgido siempre a todos los pueblos. Antes de la rueda, ya había calendarios, en forma de rueda precisamente, como en el caso de los aztecas. Todavía hoy empleamos el sistema sexagesimal para medir los minutos y los segundos, como los persas hace miles de años. El reloj será el último aparato de medida que se incorpore al sistema decimal, tan inveterada es la vigencia del día de 24 horas o la hora de 60 minutos. Son cantidades divisibles dos veces sin decimales. Es decir, cabe un cuarto de día y un cuarto de hora enterizos. Históricamente, el ingenio llamado reloj se adelantó a otros muchos artilugios por la precisión y el movimiento automático. Si se medía bien el tiempo es porque se deseaba controlar la actividad humana. No es casualidad que los primeros relojes mecánicos se instalaran en los monasterios, luego en las iglesias y en las plazas. La vida conventual, luego la cívica, tenía que acomodarse a un orden, una previsión de las tareas. Durante siglos, los que disponían de relojes era porque tenían poder. Se comprende la obsesión popular, metidos ya en el siglo XX, por disponer todos de un reloj de bolsillo y luego de pulsera.
El tiempo cronológico no es más que el efecto de los movimientos de la Tierra, los cuales determinan los principales meteoros. El refranero ha ido acumulando la sabiduría popular sobre el tiempo atmosférico. Se basa en la regularidad de los ciclos estacionales o circadianos a veces en la convencional significación de algunos elementos visibles. Naturalmente, los errores de esa apreciación popular son grandes, porque los símbolos pueden ser arbitrarios y porque los cielos admiten un componente caótico. El mismo refranero sabe reírse de las pretensiones fallidas de la sabiduría popular. Mi refrán meteorológico favorito es este: "Cuando la Luna sale cornialta y el Sol se pone en papirucho, o llueve poco o llueve mucho, o no llueve nada, o se queda el tiempo como estaba". La Luna "cornialta" es con cuernos (menguante o creciente). El "papirucho" es el arrebol, la coloración del Sol poniente. Son dos signos en los que los agricultores creían poder anticipar la lluvia deseada. El refranista se mofa de la magia de los símbolos. Son las de un pueblo sediento que a todo trance necesita saber cuándo llega la lluvia. Bien es verdad que "nunca llueve a gusto de todos", por lo que tampoco se arregla mucho con saber el tiempo que va a hacer. Los agricultores saben que lo fundamental es que llueva en su momento. De ahí la vinculación de los refranes meteorológicos con el santoral. Es otra vez la ilación entre los dos sentidos del tiempo.
Naturalmente, hoy hemos sustituido el refranero por el Meteosat. Todo el mundo entiende la apócope un tanto anglicana: el satélite meteorológico. Se confía en el artilugio como si fuera una deidad. Por cierto, hay un abuso de la palabra Meteorología, una ciencia con su lugar propio. El uso popular acuerda que la meteorología, como la climatología, son palabras más cultas para designar meteoros concretos, como la lluvia o la niebla. Así se puede oír la metonimia de que "la corrida de toros no pudo celebrarse a causa de la meteorología (o la climatología) adversa". Quiere decir que llovía a cántaros. Sería más preciso que en esos casos se sustituyera "meteorología" por "meteoro", lo que está en la atmósfera, para los griegos, el cielo; también para la actual imaginería popular. Otra perversión del uso es que "meteórico" ha pasado de ser "lo referido a los meteoros" para significar "veloz, vertiginoso, inesperado". Es una interesante contaminación, que prueba otra vez el parentesco entre el tiempo atmosférico y el cronológico. De nuevo se asocian los fenómenos de la atmósfera con el movimiento incesante, un tanto caótico o sorprendente dentro de una regularidad básica. Claro que la confusión más divertida es la de decir "metereológico" en lugar de "meteorológico". Es un capricho léxico, el mismo que dice "aereopuerto".
La idea de los ciclos atmosféricos o los siderales, es perfectamente elemental. Sin embargo, no acaba de introducirse bien en
las conciencias. El ciclo de lluvia es el que más interesa, por la potísima razón de que la mayor parte de España es un erial, encima con inundaciones esporádicas. De ahí que los meteorólogos sean para los españoles una rama de los taumaturgos. Recordemos la figura popular del zahorí (en árabe venusiano), el descubridor de manantiales ocultos. Suele ser un personaje con un gran predicamento en el medio rural.
La lluvia deseada o temida se comporta con bastante regularidad, solo que se superponen ciclos de distinta longitud de onda. El ciclo estacional es el más común, el favorito de los refranes ("En Abril lluvias mil"). Hay un ciclo largo no menos interesante, aunque de más difícil comprobación. Ejerce su influencia sobre la vida económica, y por tanto la social y política. Por ejemplo, el centro de la época de la Restauración, desde 1895 a 1917, coincidió con un período muy lluvioso en la mayor parte de las estaciones peninsulares. Sin duda, fue un elemento coadyuvante en la prosperidad de esa época. A continuación viene un largo periodo de fortísima sequía, de 1918 a 1953. Durante esa fase tienen lugar agudas crisis económicas y otras desgracias colectivas. De 1954 a 1980 vuelve otra vez un periodo de fuertes lluvias, coincidente con los años de mayor transformación económica, social y política de la Historia española. Desde los años 80 estamos instalados otra vez en la fase seca, a pesar de que el último medio año haya sido particularmente húmedo. Pero ya se sabe que "una golondrina no hace verano", sabio refrán de la experiencia científica. Parece un poco tonto, porque las golondrinas llegan en primavera, no en verano. No juzguemos mal a nuestros antepasados. Simplemente lo que ellos decían "verano" es nuestra "primavera". Volviendo a los ciclos largos de lluvia sobre la España peninsular, se observará que suelen tener una duración de unos 30 años. Es equivalente a la unidad cronológica de la generación, es decir, los años que separan la edad de los padres de la de los hijos. Es una unidad que se repite para los ciclos económicos largos o de Kondratieff. No pueden ser casuales tantas coincidencias. Me remito a mi libro España cíclica para un desarrollo de esa intuición.
La noción de los ciclos atmosféricos y siderales nos servirá al menos para desechar las hipótesis lineales. El libro de la naturaleza no gusta de las tendencias lineales. La más popular actualmente es la del calentamiento progresivo de la Tierra. Seguramente hubo en el pasado periodos largos de calentamiento, como los hubo de frío. El siglo XVII fue en Europa extraordinariamente gélido, lo que no obstaculizó el esplendor de las ideas científicas o de las formas estéticas. El llamado "efecto invernadero" habrá de tenerse en cuenta junto a otros, de los cuales sabemos poco. Aun suponiendo que el planeta Tierra se vaya a calentar, no se infiere necesariamente un clima más seco. A más calor, más evaporación y más lluvias, como sucede en los trópicos. Desde luego, a un habitante de la meseta castellana, este año 2001, que no le hablen de la amenaza de la sequía. El invierno 2000-2001 ha sido excepcionalmente lluvioso, sobre todo en la vertiente atlántica. A estas alturas del proceso de secularización, el terror sobre el calentamiento del planeta no es más que un episodio sustitutivo de las tradicionales amenazas apocalípticas. Quien atemoriza, tiene poder.
Es difícil considerar, a la vez, los datos atmosféricos actuales (los de cada día, todo lo más los de la estación) y los del pasado. Sobre el particular domina un extraño "olvido meteorológico", si se puede llamar así con ironía. Es la impresión popular de que la estación última ha sido la más seca, lluviosa, fría o tórrida (según los casos) del siglo. Los más viejos del lugar no recuerdan nunca que las inundaciones pasadas fueran tan fuertes como las más recientes. Las tormentas de este verano han sido más aparatosas que nunca. Afirmaciones de ese estilo se oyen continuamente. Es evidente que se trata de un ardid de la memoria, tan selectiva. Se olvida el pasado más de lo que parece, de tal modo que el presente tiende a parecer excepcional. La explicación reside en algo tan sencillo como la vanidad humana. A casi todo el mundo le resulta atractivo ser protagonista de algo, a poder ser de algún acontecimiento irrepetible. Como ese ideal es difícil de realizar, nada mejor que ser testigo de algún suceso atmosférico digno de ser contado. Antiguamente se decía con orgullo que uno había nacido en el año de la inundación o de la gran seca.
Tradicionalmente, los fenómenos atmosféricos siempre se han visto como signos que interfieren en la marcha de los asuntos humanos. El más famoso es el arco iris que Dios establece como señal recordatoria de su pacto con los hombres: "No volverán las aguas del diluvio a destruir toda carne" (Génesis, 9). Tampoco se puede decir que la era científica haya desterrado completamente las creencias mágicas o sobrenaturales sobre los meteoros. Ahora disponemos del Meteosat, pero la atmósfera sigue siendo algo maravilloso, aunque solo sea por razones estéticas. Es más, antes los hombres vivían inmersos en los fenómenos atmosféricos, con los que se integraban de forma natural. Los urbanícolas actuales viven en una especie de burbuja invisible (aire acondicionado, calefacción) que aleja la experiencia de las inclemencias del tiempo atmosférico. Menos mal que la naturaleza se encarga de recordarnos que nuestro cuerpo responde a sus ritmos. Ciertas enfermedades siguen a la lluvia o a la sequedad del ambiente, al frío o al calor, o simplemente al ritmo de las estaciones. Es evidente en el caso de la gripe, que en tantos idiomas se llama influenza. La "influencia" en el Renacimiento era propiamente la de los astros sobre el cuerpo humano. Luego se extendió a otros campos, pero la gripe sigue teniendo una extraña recurrencia estacional con ciclos de varios años. Ni se sabe a qué obedece esa secuencia, ni se ha descubierto su curación. Por ese lado, la era científica está todavía por llegar.
No son solo la gripe, las alergias o las enfermedades del estómago las que se presentan con el ciclo estacional. La simple disminución de la luz durante el invierno, especialmente en una latitud alejada de los trópicos, provoca evidentes signos de malestar. El desasosiego lumínico es el poderoso impulsor de ciertas corrientes turísticas, por ejemplo, los escandinavos que invernan en Canarias. Es un curioso movimiento de trashumancia humana. ¿Explicaría también las largas correrías de los vikingos?
Algo habría que decir a los meteorólogos sobre sus mediciones desde la perspectiva del usuario, del profano. Es evidente que su ciencia ha progresado de forma rotunda respecto a la capacidad de medición y de previsión. A diferencia de otros campos científicos, en este es fundamental la traducción de los datos al lenguaje común. Por suerte, en castellano la inicial de "borrasca" coincide con la de "bajas presiones", y la de "anticiclón" con la de "altas presiones". El juego de la B y de la A es fácilmente comprensible para el público general. Asimismo se entiende bien la unidad "litros de agua por metro cuadrado", que es la más interesante. Desgraciadamente, se emplea solo para el agua caída, no la que va a caer. Por lo menos se podría hablar de probabilidad. La escala ordinal entre "lluvias débiles", "lluvias moderadas" y "chubascos" es demasiado primitiva. Lo mejor sería anticipar algo así como "la lluvia que va a caer se aproximará a tantos litros por metro cuadrado". Naturalmente, habría que especificar tiempo y lugar. Comprendo que es difícil llegar a tanta precisión, pero es la que se necesita. Lo de menos es la actividad agraria, que solo da trabajo al 5% de la población ocupada. Los sucesos atmosféricos interesan hoy sobre todo a las actividades de servicios, fundamentalmente el turismo. Todo el mundo sabe que la información meteorológica es la que más se sigue a través de los medios de comunicación. Quizá por todo ello el público perciba muy bien el margen de error, todavía considerable, con que trabajan las previsiones meteorológicas. Lo curioso es que, al mismo tiempo, existe una amplia tolerancia popular para ese error. Por ejemplo, es mucho menor para los errores que puedan desprenderse de las encuestas electorales o de los análisis de Bolsa. El contraste llama la atención. Tanto la conducta electoral como la de los que juegan a la Bolsa se basa en decisiones humanas, donde interviene la voluntad, la irracionalidad y el engaño. Es decir, son de más difícil anticipación que los sucesos atmosféricos, los cuales siguen precisas leyes de la Física, la Mecánica celeste. Pero, en fin, sea como sea, el hecho es que los errores de la Meteorología se acogen con tranquilidad y comprensión. Es más, mucha gente confía tanto en las predicciones meteorológicas que las considera como si fueran designios fatalistas. El razonamiento es que "va a llover porque el hombre del tiempo ha dicho que va a llover".
Se podría pensar que, con tanta información que nos llega sobre la atmósfera, la cultura meteorológica sería hoy más amplia que nunca. Tengo mis dudas. El hombre actual vive dentro de su burbuja ciudadana, bastante ajeno a los ritmos de la naturaleza, que antes los sentía como suyos. Véase, por ejemplo, la escasa capacidad que tienen hoy los urbanícolas para distinguir los tipos de vientos. Era un conocimiento que los antiguos consideraban fundamental. No hay más que recordar el tratado de Séneca sobre el particular. Tal es la ignorancia actual que muchos, simplemente, al viento lo llaman aire. Caben pocas esperanzas de que, con ese vocabulario tan limitado, se atisbe la benéfica influencia del ábrego.
A pesar de la ignorancia generalizada sobre los asuntos atmosféricos, estos son parte fundamental de la conversación cotidiana, sobre todo de la intrascendente. Presenta una ventaja respecto a otros temas de conversación: es fácil llegar a un acuerdo. Cuando se tiene poco que decir al interlocutor, el recurso elemental es acogerse al tiempo que hace o el que va a hacer. Es difícil pelearse por asuntos tales. No lloverá a gusto de todos, pero sí de la mayoría. Por cierto, nada como un refrán para lograr el acuerdo sobre los sucesos atmosféricos.
Otra función oculta del interés meteorológico es que el "mal tiempo" se convierte en una cómoda víctima propiciatoria para conjurar otros desastres. Por ejemplo, da cierta tranquilidad poder echar la culpa de los accidentes de tráfico a la niebla. Todavía más claro es el argumento de los que achacan su malhumor o su desgana a la lluvia persistente. La naturaleza no protesta.
Es fundamental que mejore la información meteorológica, la que se sirve al público no profesional. En los periódicos tendrían que darse tres mapas. (A) Lo que se dijo antesdeayer que iba a ser el tiempo de ayer. (B) El tiempo que hizo realmente ayer. (C) El tiempo que hará mañana. El meteoro que interesa más es el agua (lluvia, nieve, granizo), que deberá figurar en litros por metro cuadrado. Debe darse para grandes zonas, en términos de probabilidad, cuando se trata del mapa C de previsiones. La comparación entre los mapas A y B nos facilita el margen de error con el que estamos trabajando, en definitiva, la estabilidad de la atmósfera. Nunca es completa; por eso nos equivocamos al predecir el tiempo.
Por un lado, encontramos que hay un déficit de información meteorológica, que resulte accesible al público, pero, por otro, cabe registrar un exceso informativo en algunos aspectos. Me refiero a la continua referencia sobre los grandes desastres naturales, atmosféricos o terrestres, (terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, huracanes, tornados, etc.) en los medios de información. Es claro que no debe ni puede ocultarse. Pero, tal como está, es un tipo de información que genera una alarma exagerada. A través de una reciente encuesta, se ha podido comprobar que cuatro de cada diez españoles perciben alguna probabilidad de sufrir algún terremoto o inundación en el lugar donde viven. Cuando se expresa con esa magnitud, se piensa en un suceso grave. Parece que esa probabilidad sentida es algo mayor que la que se podría calcular objetivamente. Se vería así que la mayor parte del territorio español se halla inmune respecto a terremotos o inundaciones. Así pues, hay que convenir la existencia de una desmesurada alarma social. Se basa en que los medios de comunicación disponen continuamente de noticias sobre desastres naturales en algún país. Como es fácil imaginar, las personas con menos estudios son las más alarmadas. Es el resultado típico que provoca el exceso de información en las personas poco informadas.
En conclusión, los asuntos de la Meteorología van más allá de las mediciones y las predicciones. Estamos ante un asunto de comunicación, de entendimiento del concepto de tiempo atmosférico, relacionado con el tiempo cronológico. Ambos deben ser medidos continuamente con creciente precisión.
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