Entrevista del mes: Vicente Aupí

Vicente Aupí es divulgador, periodista y escritor de temas de meteorología y astronomía. Divulgador de la Meteorología y la Astronomía. Responsable del Observatorio de Torremocha del Jiloca.

Figura 1.- Vicente Aupí con el antiguo refractor Grubb del Observatorio Astronómico de la Universidad de Valencia. (Foto de Miguel Lorenzo)
Figura 1.- Vicente Aupí con el antiguo refractor Grubb del Observatorio Astronómico de la Universidad de Valencia. (Foto de Miguel Lorenzo)

Periodista y escritor. Divulgador de la Meteorología y la Astronomía. Responsable del Observatorio de Torremocha del Jiloca (Teruel) y de la página web: www.estrellasyborrascas.com

Sus dos grandes pasiones son la astronomía y la meteorología. ¿Pone alguna de ellas en primer lugar o tiene el corazón partido?

Las quiero igual, entre otras razones porque se complementan a la perfección y es difícil que una entorpezca a la otra. La meteorología, además, es fundamental para los que observamos el firmamento; todos estamos pendientes de las predicciones a varios días vista para saber si el cielo estará despejado. Y cuando se nubla, o llueve o nieva, observo el cielo en lo atmosférico. De todas formas, en mi caso concreto hay un matiz, y es que más que la meteorología me interesan los asuntos climáticos. Por supuesto, me encanta todo lo meteorológico, pero la investigación del clima me apasiona. Y acerca de la astronomía he de decir que siempre sugiero a los aficionados a la meteorología y la climatología a que den un paso más y dediquen una noche a mirar las estrellas. Me he encontrado con muchos compañeros de afición que me dicen que no entienden nada de astronomía y que por eso nunca observan más allá de lo atmosférico, pero los que lo hacen unas cuantas veces se acaban maravillando y muchos, al final, extienden su afición hacia los astros. Yo tampoco entendía nada cuando empecé a observarlos, pero el aprendizaje es mucho más rápido de lo que parece. Diría que bastante más que cuando uno se introduce en la meteorología e intenta comprender los modelos meteorológicos y conceptos como el punto de rocío, la tensión de vapor y todo eso.

Figura 2. Cencellada que se produjo en Torremocha del Jiloca el 28 de noviembre de 1985. (Foto de Vicente Aupí)
Figura 2. Cencellada que se produjo en Torremocha del Jiloca el 28 de noviembre de 1985. (Foto de Vicente Aupí)
¿Y cuál de esas dos disciplinas -astronomía y meteorología- le ha dado las mayores alegrías y satisfacciones?

Tanto en lo personal como en lo profesional creo que ambas por igual. Como escritor gana la astronomía porque he escrito cuatro libros frente a uno de meteorología y climatología. Pero en los 30 años vividos como profesional del periodismo, tanto en prensa escrita como en radio, que fue donde tuve mis comienzos, la meteorología y el clima eclipsan a lo astronómico. Es lógico, ya que el interés por el tiempo y la creciente demanda de información meteorológica que se ha producido en estas últimas décadas ha influido decisivamente en la oferta periodística, y todos los medios de información han atendido, de una forma o de otra, esa realidad. Es cierto que ha aumentado también el número de adeptos a la divulgación científica, de forma que cada día vemos en la prensa más noticias de astronomía y de otros muchos aspectos de la ciencia, pero la meteorología no entra exactamente en esta tendencia, ya que la demanda de información global es más cotidiana y le interesa a la mayoría de la gente para saber el tiempo que tendrá en sus viajes de trabajo o vacaciones o de qué forma afectará a sus negocios. Del tiempo está pendiente todo el mundo y no solamente aquellos a los que les interesa la ciencia. Desde una perspectiva personal, es bastante más que una satisfacción haber sido testigo de acontecimientos como la visita del cometa Halley en 1986 o de fenómenos como los eclipses de Sol y Luna. En marzo de 1986 decidí junto a un grupo de amigos subir hasta el pico de Javalambre, en la provincia de Teruel, para buscar al mítico cometa, ya que estaba muy bajo sobre el horizonte y era muy difícil verlo, con la dificultad añadida de que la contaminación lumínica de Valencia, donde vivía en aquella época, entorpecía su observación. De hecho, la mayoría de la gente que leía las noticias sobre el Halley en 1986 no consiguió verlo por esos motivos, pero nosotros vivimos una noche mágica en Javalambre con el cometa ante nuestros ojos levitando a escasa altura sobre el Mediterráneo. Fue increíble, y siempre he pensado que experiencias como ésa, más que una satisfacción suponen un privilegio. O también inmortalizar al cometa Hale-Bopp, que apareció por sorpresa entre 1995 y 1997, con un encuadre fotográfico en el que también aparecen la Galaxia de Andrómeda y el Doble Cúmulo de Perseo. Las experiencias meteorológicas y climáticas también han sido increíbles, pero he de confesar que aquí se alternan las satisfacciones con la desolación.

Figura 3. Tormenta fotografiada en las afueras de Valencia en el verano de 1988. (Foto de Vicente Aupí)
Figura 3. Tormenta fotografiada en las afueras de Valencia en el verano de 1988. (Foto de Vicente Aupí)

Cuando asistes a fenómenos de gran belleza como una nevada reciente o una tormenta con gran aparato eléctrico te sobrecoges y disfrutas mucho, pero cuando te toca cubrir como periodista algo tan impactante como la destrucción de la presa de Tous en octubre de 1982 o el temporal de viento del 25 de febrero de 1989 es muy duro ver sufrir a la gente o entrevistar a personas que lo han perdido absolutamente todo. La única satisfacción es la del servicio público, pero la destrucción te deja desolado. Esto me ha pasado muchas veces a lo largo de mi vida periodística, por lo que debo confesar que en lo concerniente a la meteorología y el clima tengo una especie de sensación agridulce. Disfruto mucho con mis experiencias personales, pero cuando se producen desastres naturales que afectan a la gente lo paso mal. Por eso, entre otras cosas, me gusta informar, puesto que creo que la información es uno de las cosas más valiosas que tenemos y es muy importante para todo el mundo desde el punto de vista de la prevención y la seguridad. Por ejemplo con cuestiones aparentemente tan sencillas, pero que se le escapan a miles de personas, como que muchas urbanizaciones de nueva construcción están asentadas en zonas inundables.

Figura 4. El cometa Halley durante su última visita, el 20 de marzo de 1986. El cometa aparece en el centro de la imagen, captada desde el pico de Javalambre (Teruel). A su derecha se aprecia, como un resplandor verde de fondo, la contaminación lumínica de la ciudad de Valencia, situada a más de 100 kilómetros en línea recta del lugar de la toma. (Foto de Vicente Aupí)
Figura 4. El cometa Halley durante su última visita, el 20 de marzo de 1986. El cometa aparece en el centro de la imagen, captada desde el pico de Javalambre (Teruel). A su derecha se aprecia, como un resplandor verde de fondo, la contaminación lumínica de la ciudad de Valencia, situada a más de 100 kilómetros en línea recta del lugar de la toma. (Foto de Vicente Aupí)
¿Cómo y cuándo comenzó su labor divulgadora en prensa escrita?

Mis inicios en el periodismo se produjeron en la radio en 1978, pero en 1983 fiché por la extinta Hoja del Lunes de Valencia. En aquella época fui uno de los pocos periodistas que había en España dedicado expresamente a la información ambiental y de ciencia, lo cual tenía su mérito, no tanto por mi parte, puesto que escribía de lo que me gustaba, sino del periódico, porque al tratarse de un medio relativamente modesto se supo ver la conveniencia y el acierto de cubrir el hueco informativamente en una parcela a la que apenas se dedicaban redactores en aquellos tiempos. Y así empecé con mis informaciones especializadas sobre los cielos, en lo meteorológico y lo astronómico, y sobre la protección de la naturaleza. No estaba yo solo, pero los periodistas españoles que nos dedicábamos entonces a algo tan especializado éramos poquísimos, y siempre he pensado que contribuimos a fomentar el interés por la defensa del medio ambiente y, por supuesto, a aumentar la atención sobre los temas meteorológicos y climáticos. Aquellos tiempos en la Hoja del Lunes los alterné con colaboraciones en el llorado suplemento de Ciencia y Tecnología de La Vanguardia y El País Semanal, y son los que definitivamente me decantaron hacia la divulgación científica, que he mantenido en los 18 años que he estado en la redacción del diario Levante-EMV, en el que he escrito la mayoría de mis trabajos periodísticos.

En su opinión, ¿se divulgan en España lo suficiente las cuestiones relativas a la meteorología, el clima y la astronomía?, ¿tiene la gente un conocimiento aceptable o insuficiente sobre estas cuestiones?

Es un tema difícil. Quizá a lo que habría que contestar no es si se divulgan suficiente, sino si se divulgan acertadamente. En contra de lo que pueda parecer, como periodista siempre he sido muy crítico con la tendencia patente de muchos medios informativos a magnificar las cosas. Creo que en mis lugares de trabajo he sido bastante afortunado en este sentido, pero eso no ha sido óbice para que algunas veces me haya tenido que pelear para que no se enfocara la información hacia tintes alarmistas. Pero estoy convencido de que las cosas han mejorado extraordinariamente en todos los terrenos. Primero en el interés y el nivel general de los medios a la hora de informar, al menos en comparación con lo que había hace unos cuantos años. La gente de la calle también ha aumentado sus conocimientos, y eso es importante, y organismos como la AEMET han comprendido, por fin, que la información meteorológica es un tesoro que no puede permanecer guardado bajo llave y por eso ha acabado permitiendo el acceso libre a sus datos, que no son de ninguna institución ni de ningún ministerio, sino de todos los ciudadanos. El pretexto de que se pudiera hacer mal uso de ellos para impedir el acceso a toda esa información era llana y simplemente absurdo. Era algo así como si la Dirección General de Tráfico hubiese decidido cerrar las autovías con la excusa de que alguien puede cometer excesos de velocidad o infringir las normas de circulación. Por tanto, a día de hoy creo que el escenario informativo en el que nos movemos ha mejorado muchísimo, aunque no debemos ser ingenuos: como en todas partes siempre habrá alguien que recurra a aquello de “no dejes que la realidad te estropee un buen titular”. Eso pasará siempre, tanto en España como en cualquier otro país, pero si la tónica informativa general es buena, esas historias no pasarán de mera anécdota. A veces, además, es muy fácil ser crítico cuando se ven los toros de la barrera. En algunos de nuestros foros he leído críticas hacia algunos presentadores de televisión por parte de gente que comete faltas de ortografía que ya no tienen ni los niños de primaria, así que debemos empezar por ver la viga en nuestro ojo y no la paja en el ajeno. Lo importante bajo mi punto de vista es que hay una serie de grupos de personas que está haciendo un esfuerzo impresionante en divulgar la meteorología, y últimamente pongo a menudo el ejemplo de TVE. Que se dediquen tantos minutos a la información del tiempo, incluyendo fotos de la gente de la calle, nos habla de buena voluntad y de un interés por la divulgación. Que se equivoquen de vez en cuando entra dentro de lo normal, como nos pasa a todos. Ya quisiera yo poder presumir de no haberme equivocado nunca.

Figura 5. La Luna llena fotografiada con el telescopio refractor de 200 mm. de abertura que pertenece a la Universidad de Valencia y que hasta hace unos años estuvo operativo en el observatorio de esta institución en Aras de los Olmos. (Foto de Vicente Aupí)
Figura 5. La Luna llena fotografiada con el telescopio refractor de 200 mm. de abertura que pertenece a la Universidad de Valencia y que hasta hace unos años estuvo operativo en el observatorio de esta institución en Aras de los Olmos. (Foto de Vicente Aupí)
¿Qué dos libros de meteorología y astronomía se llevaría a una isla desierta?

Buff, menuda decisión. Me los llevaría todos, porque escoger significa desechar, y eso sería un problema. Pero si no hubiese más remedio que hacerlo me quedaría con “El libro del clima”, de la editorial Blume, o con los dos volúmenes de “La atmósfera”, de Camille Flammarion, un clásico impresionante. De astronomía no tengo la menor duda: me llevaría el Atlas Fotográfico de la Vía Láctea de Edward Emerson Barnard, uno de los pioneros de la astrofotografía. Son imágenes en blanco y negro de la Vía Láctea que captó a finales del siglo XIX y principios del XX. Hoy todos vamos por ahí presumiendo de nuestras fotos sacadas con las cámaras digitales, pero este señor se tiraba horas y horas de exposición inmortalizando objetos celestes, incluso muchos que descubrió él mismo con sus imágenes. Para que la gente se haga una idea, diré que algunas de las fotos del atlas de Barnard tienen más de nueve horas de exposición, es decir, que el obturador de su cámara tuvo que estar abierto todo ese tiempo para conseguir la imagen que buscaba. Eso significó que para lograr algunas de sus legendarias fotos, Barnard tuvo que estar una noche entera haciendo la primera toma, cerrar el obturador al amanecer para que la luz del día no velara la imagen, y reabrirlo la noche siguiente hasta completar el tiempo de exposición necesario. Eso es ciencia, pero también arte.

Figura 6. Imagen de gran campo de la constelación de Cisne y la Nebulosa Norteamérica (NGC 7000), a la derecha del centro. (Foto de Vicente Aupí)
Figura 6. Imagen de gran campo de la constelación de Cisne y la Nebulosa Norteamérica (NGC 7000), a la derecha del centro. (Foto de Vicente Aupí)
Usted participa en los foros de meteorología ¿Por qué lo hace? ¿Cómo ve el estado actual de la meteorología en el estado español desde el punto de vista de un aficionado y divulgador?

Participo en los foros, es cierto, pero la gente sabe que lo hago un poco con cuentagotas. Lo hago casi siempre cuando veo que puedo ayudar o echar un cable con información útil. También porque me encanta comentar muchos temas y los foros son ideales para esto. Y porque, en realidad, a pesar de que he publicado unos cuantos libros y he escrito infinidad de artículos, yo creo que mi lado como aficionado es el que sigue mandando. Cuando más disfruto es cuando estoy en la cúpula del observatorio astronómico echando un ojo a la Nebulosa de Orión con mi telescopio, o contemplando la imagen indescriptible de los anillos de Saturno. O cuando después de una fría noche invernal me acerco hasta mi estación meteorológica para observar la temperatura mínima registrada. O cuando sabes que va a cambiar el tiempo y ves cómo la pluma del barógrafo empieza a descender lentamente e intuyes que algo interesante va a ocurrir. Todo eso es lo que nos mueve a la mayoría a compartirlo en los foros, y en ese sentido me siento uno más. Respecto al estado de la meteorología en España, siempre digo que el nivel es excelente. Y me refiero tanto a lo predictivo como a los aspectos de divulgación e investigación. Quizá haya países que tienen la ventaja de haber empezado mucho antes, pero es que la meteorología española se hizo mayor entre los años 80 y 90, cuando tanto desde el entorno oficial como desde dentro se tomó conciencia de que había que disponer de mayores recursos humanos, económicos y tecnológicos. Lo del otoño de 1982, con acontecimientos como lo de Tous y las graves inundaciones de noviembre en Cataluña y el norte de Aragón, así como la catastrófica inundación de Bilbao en agosto de 1983 fueron un detonante importante que movió a la meteorología española a asumir, por primera vez, el concepto de vigilancia atmosférica. Aquello ya lo viví como profesional del periodismo, y se puede hablar de un antes y un después para la meteorología española desde aquellas fechas. De entonces a hoy las cosas han dado un vuelco, y cuando mi familia o mis amigos me preguntan y hacen comentarios jocosos del estilo de que “los meteorólogos no dan una”, siempre les contesto airadamente y la mayoría de las veces se convencen. Les digo, entre otras cosas, que en España tenemos predictores extraordinarios, y lo entienden cuando les explicas que no es lo mismo hacer pronósticos en un país como el nuestro, con contrastes territoriales tan grandes, que en zonas de Europa en las que el tiempo es francamente monótono durante semanas y los modelos numéricos se adaptan mucho mejor a su perfil geográfico. Siempre les pongo ejemplos, y algunos no tan recientes, como el de las inundaciones de octubre del año 2000 en la zona mediterránea. Los colegas del Grupo de Predicción y Vigilancia de Valencia ya me informaron con cuatro o cinco días de antelación de que la situación era muy complicada, y la clavaron. Pero es que eso es lo que suele suceder la mayoría de las veces, con sus matices y desvíos por supuesto. El problema es que, muchas veces, estamos al quite para criticar cuando hay un error, pero qué poco generosos somos cuando se trata de reconocer que las cosas se hacen bien. De todas formas, y retomando la pregunta anterior acerca de mis satisfacciones, una de las mayores es que puedo presumir de tener grandes amigos científicos, en muchos campos, y eso, siendo periodista, nunca se me ha pasado desapercibido. Precisamente, y aunque esa circunstancia se da con investigadores del campo de la astronomía y la astrofísica, no quiero omitir en esta entrevista la gran amistad que me une con muchos gente del campo de la meteorología. A pesar de las tiranteces que se dan con cierta frecuencia entre los meteorólogos y la prensa, una de mis satisfacciones más grandes es esa amistad, basada en un respeto y reconocimiento mutuo. Y no es algo protocolario, sino que forma parte de la relación cotidiana que he mantenido siempre. Muchas veces me he ido a almorzar o a tomar café con ellos y cuando piensas después que los meteorólogos y los periodistas pueden hacer esto como buenos colegas, las sensaciones son muy buenas y me hablan de una perspectiva de entendimiento muy esperanzadora para ambas profesiones.

Figura 7. Garita y pluviómetro del recinto meteorológico del Observatorio de Vicente Aupí en Torremocha (Teruel)
Figura 7. Garita y pluviómetro del recinto meteorológico del Observatorio de Vicente Aupí en Torremocha (Teruel)
¿Cómo surgió la oportunidad de instalar un observatorio en Torremocha de Jiloca, en Teruel?

Nunca fue una oportunidad, sino una ambición personal que hice realidad por decisión propia. Mi madre nació aquí y veníamos a veranear al pueblo, lo que me hizo sucumbir a las noches estrelladas y al espectáculo atmosférico de las tormentas y los colores del arco iris. Pero cuando se acababa el verano regresábamos a Valencia y no volvíamos a Torremocha hasta el verano siguiente, lo cual me enojaba porque no deseaba otra cosa que ir a ver la nieve. Mi infancia fue así, y no caminé sobre la nieve hasta los 13 años, cuando uno de mis hermanos me trajo para verla. Entonces ya me interesaba por todos estos temas y me compraba termómetros en la farmacia, así que me dije que de mayor tendría un telescopio y observaría, de una forma u otra, las temperaturas y la lluvia en Torremocha. En 1985 tantee la posibilidad de que en el INM, la actual AEMET, me suministraran los aparatos y la garita, pero en Zaragoza me dieron largas, así que como ya trabajaba y me lo podía permitir opté por pagarlo todo de mi bolsillo. Se lo compré a una de las empresas suministradoras del instrumental oficial al INM, donde me miraban alucinados como si acabara de llegar de Marte. Les compré la garita, los termómetros oficiales, un psicrómetro, un termohigrógrafo, el pluviómetro y, un poco después, el barógrafo. Y en noviembre de 1985 comencé los registros de la estación. Primero la instalé junto a mi casa, pero era evidente que en verano le afectaba la pequeña isla de calor del pueblo, así que le pedí permiso al Ayuntamiento de Torremocha y me cedieron unos terrenos municipales que están a casi un kilómetro de distancia del casco urbano, cerca del cauce del río Jiloca. La estación está allí desde noviembre de 1987 y no ha cambiado de emplazamiento, por lo que lleva más de 23 años de registros fiables en plena naturaleza. Esto siempre me ha parecido muy importante en un observatorio.

Recientemente, su observatorio ha cumplido su 25º aniversario. Ciñéndonos a las observaciones meteorológicas, ¿cuáles han sido los valores extremos que ha registrado en este cuarto de siglo?

De temperatura, la máxima absoluta son los 39,8 ºC del 28 de julio de 1988 y la mínima absoluta los -25,2 del 24 de diciembre de 2001. Este mes es, por supuesto, el más frío de la serie, con una media mensual de -3,5 y una media de las mínimas de -12,2. El mes más cálido fue julio de 1994, con una media de 24,1 ºC. El año más cálido fue 1997, con un promedio de 11,7 ºC, mientras que 1991 y 1993 comparten el registro anual más frío, con una media de 9,5 en ambos casos. En cuanto a las precipitaciones, el año más seco fue 1992, con un total de 218,9 mm., y el más lluvioso ha sido 1999, con un balance anual de 544 mm. Como en muchos otros observatorios, hay varios casos de meses con precipitación nula, y los más lluviosos han sido mayo de 2008, con un registro de 143,8 mm., y agosto de 1996 con 141. Este último dato es especialmente interesante, porque aunque no tengo el registro exacto de precipitación en 24 horas, calculo que entre 100 y 120 mm. se recogieron el 7 de agosto de 1996, el mismo día de la riada del camping de Biescas. Torremocha, en cualquier caso, con su clima continental, no es un lugar lluvioso, sino más bien seco. La precipitación media anual es de unos 365 mm., de los que buena parte corresponden a tormentas del periodo estival. De todas formas, los lectores que tengan en interés en los registros y análisis de estos 25 años de observaciones en Torremocha tienen los datos en mi página web: www.estrellasyborrascas.com

Figura 8. Gráfica con la curva de temperatura de los días más fríos de diciembre de 2001 en el Observatorio de Torremocha. La mínima del mes fueron los -25,2 ºC registrados el día 24.
Figura 8. Gráfica con la curva de temperatura de los días más fríos de diciembre de 2001 en el Observatorio de Torremocha. La mínima del mes fueron los -25,2 ºC registrados el día 24.
¿Qué situación meteorológica de las que ha vivido es la que más le ha impresionado?

En Torremocha la de los fríos de diciembre de 2001. Esa semana del 23 al 30 de diciembre permanentemente bajo cero y con mínimas nocturnas todas las noches de -19 a -25 ºC fueron impactantes, con días en los que el termómetro no subió por encima de los -8. En mi casa nos libramos porque el circuito tiene anticongelante, pero la gente de los pueblos del Jiloca veía asombrada cómo estallaban los radiadores y las calderas por la presión del hielo. Y yo caminé por el río Jiloca completamente congelado como debieron hacerlo en otros tiempos los pobladores de esta zona. Pero aquí seguramente lo más impresionante es la magnitud de las tormentas de verano. Las de 1996 ya las he comentado y fueron sobresalientes, pero como periodo en sí me quedo con las del verano de 2002, especialmente en el caso de agosto. No es que se recogiera mucha lluvia, porque el total mensual apenas llegó a 61 mm., pero hubo noches de aparato eléctrico tremendas, en las que durante varias horas seguidas los rayos merodeaban por doquier en el valle del Jiloca. El miedo se adueña de ti en esas situaciones. De todas formas, he de decir que por encima de esas experiencias en Torremocha me han impresionado mucho más las situaciones que he vivido como periodista con las inundaciones de otoño en la Comunidad Valenciana. Además de la de octubre de 1982, que ya he mencionado antes, también están otras muchas, como las de 1986, 1987 y 1989, o las más recientes de 2007, que coincidieron con el 50 aniversario de la histórica riada del Turia en Valencia. Y añado una más: la riada del camping de Biescas en agosto de 1996. Me pilló veraneando en los Pirineos con mi esposa y mi hijo, y tuve que dejar las vacaciones para ponerme a trabajar unos cuantos días. Lo que vi junto al barranco de Arás desbordado no se me podrá olvidar nunca.

El Observatorio de Torremocha de Jiloca se localiza en una de las zonas de España donde suelen alcanzarse unas temperaturas mínimas más bajas. ¿Qué particularidades presenta ese enclave para que se dé dicha circunstancia

Efectivamente, se trata del triángulo geográfico Teruel-Calamocha-Molina de Aragón, en el que se han registrado los récords de frío en zonas pobladas de España. Se trata de un sector situado aproximadamente a altitudes de entre 750 y 1.100 metros, en el que en las noches despejadas, con viento en calma y el suelo nevado se producen descensos térmicos extraordinarios que han propiciado, con cierta frecuencia, episodios de temperaturas mínimas inferiores a los -20 ºC. El récord data del 17 de diciembre de 1963, cuando se alcanzaron los -30 ºC en el antiguo campo de aviación, actualmente desmantelado, que había en las proximidades de Calamocha y la localidad de Fuentes Claras. Aquel día se registraron -28 en Molina de Aragón y Monreal del Campo, y -27 en la población cercana de Luco de Jiloca. Esta similitud de datos para una misma fecha acreditan la fiabilidad de los registros, que, en cualquier caso, no constituyen un hecho aislado, ya que en Molina de Aragón ya se habían alcanzado los -26,7 el 31 de enero de 1947 y -28,2 el 28 de enero de 1952, mientras que Monreal del Campo fue la población española que marcó la mínima absoluta durante la célebre ola de frío de las navidades de 1970-71, con los -28 ºC registrados el 4 de enero de 1971. Se trata, por tanto, de una zona en la que tales temperaturas no son raras y en las que hiela un promedio de 120 a 150 días al año, ya que son muy frecuentes las noches despejadas y la presión atmosférica está habitualmente por encima de lo que corresponde a su altitud, especialmente en invierno. Cuando me pregunta la gente, hablo del mini anticiclón turolense, caracterizado por los cielos rasos y las calmas nocturnas. Bajo mi punto de vista, lo más notable es que estos registros se dan en una zona cuya altitud no puede considerarse muy elevada, con una gran extensión geográfica y, sobre todo, que está habitada. Evidentemente, estos datos no tendrían la misma importancia en una zona de alta montaña, lo que explica que siempre se subraye el dato de los -30 de Calamocha frente al récord absoluto de los -32 registrados en febrero de 1956 en el Estany Gento, en la provincia de Lleida, ya que este lugar está situado por encima de los 2.200 metros de altitud y no es comparable.

¿Qué condiciones debe reunir todo aquel que aspire a ser un buen observador meteorológico?

Tanto si se observa como aficionado, como si la aspiración es llegar a observador profesional debe asumirse, ante todo, que los registros que se hagan deben ser fiables. En el caso de los aficionados esto implica que deben tenerse en cuenta una serie de requisitos en el emplazamiento de las estaciones meteorológicas, ya que hay mucha gente que hace una gran inversión en el instrumental pero luego se equivoca al ubicarlo y los instala en lugares incorrectos, que dan lecturas erróneas. En cuanto a los observadores profesionales, seré sincero: en estos 30 años he visto los dos extremos entre el personal de la AEMET y el antiguo INM. Por ejemplo, gente que sin recato alguno me ha dicho “ves qué mal que marca este termómetro; pues no es mi problema…”. También personas que se las ingeniaban para no tener que salir bajo un frío intenso hasta la garita y anotaban la temperatura a ojo. Pero esto es normal y pasa en cualquier profesión, de forma que en ningún caso eclipsa la certeza de que los observadores son por regla general profesionales muy cualificados. Y he visto y conozco, en el otro extremo, a profesionales de la AEMET que durante su etapa de observador han elegido lugares especialmente interesantes, como por ejemplo el triángulo Teruel-Calamocha-Molina de Aragón, y han estado varios años trabajando abnegadamente en observatorios a los que no quiere ir casi nadie. Todo ello por amor la meteorología y profesionalidad como la copa de un pino. Es evidente, por otra parte, que entre la familia de los foros meteorológicos tenemos a una pléyade de observadores que está aportando datos valiosísimos y de gran fiabilidad, con un esfuerzo personal extraordinario, ya que se trata de aficionados que complementan esa actividad con su profesión. Es digno de elogio, al igual que el trabajo de la red de observadores de la AEMET que históricamente ha colaborado, prácticamente de forma desinteresada, en la toma de datos en zonas rurales. Por tanto, mi opinión en conjunto acerca de la familia de observadores meteorológicos es excelente.

¿Qué opinión tiene sobre el cambio climático?

Tengo opiniones contrapuestas y actualmente dudo mucho que el calentamiento de las últimas décadas haya sido causado por las emisiones de gases de efecto invernadero. Años atrás escribí decenas de informaciones como periodista acerca de los efectos futuros del calentamiento global, y en todas esas informaciones había un denominador común en los estudios de los que me hacía eco: se trataba de cambios y efectos a largo plazo, digamos, que de una forma lenta, tanto en la subida de las temperaturas como en los posibles vaivenes del régimen pluviométrico. Y en ese sentido, sigo creyendo que los efectos en el clima del futuro pueden ser muy graves, por lo que es patente que deben aplicarse protocolos para evitar esos impactos. Pero lo que tuvimos en las dos últimas décadas del siglo XX no concuerda, en mi humilde opinión, con lo que vaticinan esos estudios, sino que lo intuyo más bien como un pico térmico abrupto que no cuadra con lo que daban a entender los modelos. Veo más factible que ese pico se deba a fluctuaciones naturales. Ciertamente, los modelos podían estar equivocados y los efectos del cambio climático pueden haber sido más rápidos y acusados, pero las cosas no las veo tan sencillas. Por tanto, pese al cúmulo de incertidumbres, hay algunas ideas que afloran: por un lado creo que lo que hemos tenido en esas dos décadas es más bien de orden natural y, por otro, y a pesar de esto último, sí creo que el hombre puede influir en el clima y de hecho lo va a hacer en estas próximas décadas si no cambiamos de estrategia y hábitos sociales y económicos, por lo que se deben tomar medidas. Son dos ideas que pueden parecer contradictorias, pero que no lo son en absoluto. Debemos tener claro que, independientemente de lo que hagamos nosotros, el clima también está sometido a ciclos naturales que producen oscilaciones muy importantes. Soy partidario de que los gobiernos y las instituciones internacionales se pongan de acuerdo para frenar las emisiones contaminantes, ya que esto es algo incontestable. Pero creo que se ha lanzado un mensaje parcialmente equivocado a los ciudadanos, en el sentido de que el clima parece algo inmutable que sólo el hombre puede cambiar de forma peligrosa. Y eso no es verdad, pero de las conversaciones con mucha gente he sacado esa lectura, es decir, que lo que ha calado en la opinión pública es que el único peligro es el hombre. Habría que contar también que el clima cambia por sí mismo y que a pesar de que nosotros nos esforcemos en controlar las emisiones de gases de efecto invernadero, los fenómenos extremos pueden seguir ocurriendo por causas naturales, como lo han hecho siempre. O también que no es descartable que entremos en una etapa más fría, con condiciones adversas como las que hubo durante la Pequeña Edad de Hielo entre los siglos XVII y XIX. Veo más coherente actuar con la verdad por delante, porque a los países emergentes resulta muy complicado convencerlos de que hay que reducir las emisiones. Imaginemos que se logran acuerdos internacionales para frenar un calentamiento global causado por la actividad humana y que, a pesar de ello, entramos por causas naturales en una etapa del clima mundial menos benigna que la actual. ¿Qué podemos esperar de esos países o de la gente de la calle? Pensarán que se les ha engañado. De lo que tenemos que convencerlos es de que no podemos continuar contaminando como lo hacemos para no crear efectos añadidos e indeseables en el clima, pero creo que también hay que decirles que eso no excluye otros riesgos climáticos y que, por tanto, también es necesario que haya políticas y estrategias de adaptación de la sociedad frente al clima, porque cada día nos volvemos más vulnerables frente a la naturaleza. Nuestros antepasados eran más fuertes que nosotros y gozaban de mayor capacidad de adaptación, pero en la sociedad moderna no parece que podamos vivir sin calefacción ni aire acondicionado. Para ilustrar esto siempre pongo el ejemplo de que cuando yo era pequeño no teníamos calefacción en nuestra casa de Valencia, y nunca pasábamos frío. Si era necesarío dormíamos con más mantas, pero actualmente las calefacciones también se han extendido en las zonas mediterráneas que no tienen un clima invernal frío. Y ¡ojo! que no estoy diciendo que no deba haber calefacciones, sino que su uso, como el del aire acondicionado, nos resta capacidad de adaptación en nuestros organismos. Al disponer de mayor comodidad y bienestar también nos volvemos más débiles frente a la naturaleza.

Figura 9. El cometa Hale-Bopp en primavera de 1997. En la parte superior del encuadre se aprecia el Doble Cúmulo de Perseo, y en la inferior la Galaxia de Andromeda. (Foto de Vicente Aupí)
Figura 9. El cometa Hale-Bopp en primavera de 1997. En la parte superior del encuadre se aprecia el Doble Cúmulo de Perseo, y en la inferior la Galaxia de Andromeda. (Foto de Vicente Aupí)
¿Tiene algún proyecto editorial encima de su mesa?

Estoy trabajando en un libro sobre el clima, sí, pero aunque no soy supersticioso siempre ha mantenido un discreto silencio acerca de mis obras hasta que están acabadas. No obstante, puedo adelantar que está relacionado con los 25 años de estudios climáticos en mi Observatorio de Torremocha.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO:

Vicente Aupí es autor de los libros Guía del clima de España, Atlas del firmamento, Fotografiar el cielo, Guía para exploradores del cielo y Los enigmas del Cosmos.

Gracias a Vicente por su amabilidad hacia la RAM y sus lectores.

Esta entrada se publicó en Entrevistas en 03 May 2011 por Francisco Martín León

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