Manolo Bañón se ha jubilado
Meteorólogo de AEMET, experto en temas antárticos

A veces la vida nos regala oportunidades de lujo. La posibilidad de per-petrar una semblanza de Manuel Bañón García es una de ellas, con la señalada alegría de tratarse de su jubilación.
Conocí a Manolo a finales de 1988 en Madrid, mientras él, como pione-ro, preparaba una expedición antár-tica y, como consecuencia de ello, tenía que dejar a medio aprobar sus oposiciones de meteorólogo. Que ese encuentro fuese en la barra del bar puede carecer de importancia, pero me concedo la licencia de citarlo al ser el escenario de mi primer recuerdo.
Manolo había formado parte de la emblemática promoción de observadores de 1980. Con destino en Murcia, al principio trató de intensificar la lluvia en Valladolid y, desde 1986, ya como diplomado, ejercía de jefe de equipo aerológico. Después de trabajar durante un año como predictor en Valencia, en 1989 volvió a Murcia, donde ambos estrenamos nuestros flamantes destinos, él como jefe de sistemas básicos. Y en 1992, manteniendo ese puesto, se armó meteorólogo.
A Manolo le tocó bregar con la innovación tecnológica que revolucionó los modos de trabajo en los años 90, con la plena implantación de la red de radares y de las estaciones automáticas y el no menos espectacular boom de la informática. Manolo, hombre todo terreno donde los haya, no sólo desarrolló su labor con excelencia, sino que acrecentó su interés personal por materias candentes, como eran en aquella década la capa de ozono y la medida de la radiación ultravioleta. A sus expediciones a la Base antártica española Juan Carlos I, de la cuál fue jefe en dos campañas, añadió la participación en numerosos proyectos de investigación, la publicación de artículos científicos sobre cambio climático, ozono, limnología, observación meteorológica, etc., sin olvidar sus labores divulgativas.
Ya con el nuevo siglo, con la necesidad de un cambio, se pasó a educación y descanso … pero no descansó. Ahondó en sus actividades científicas y se sumó a la colaboración para el desarrollo de Iberoamérica. Y así nos vimos, en la primavera de 2007, sudando al escalar las pirámides de Tical (a Jorge gracias), mientras yo también habría de recordar aquella tarde remota en que nos habíamos achicharrado en la campiña manchega, en un experimento sobre desertificación.
Y fue entonces, después de haber recorrido un millón de kilómetros por carretera, cuando la madrastra tuvo un rasgo de madre y Manolo recaló en Alicante. Pero en aquel tiempo las distancias pasaron a medirse en millas y el asfalto se transformó en aire, donde escribir una larga retahíla de países a los que donó su experiencia en estaciones automáticas y sistemas de observación.
Al tiempo, a través de la OMM, siguió coordinando las actividades en el continente helado.
Conferenciante ameno, Manolo siempre ha disfrutado con su labor divulgativa. Las fotografías de agua y hielo con las que ilustra sus charlas dejan a uno boquiabierto y transmiten la sensación de paz que, atrevidamente, creo entrever en su espíritu. No en vano, una de sus conferencias fue nombrada “La poética de la Antártida”, hermosa manera de evocar los desiertos blancos.
Manolo, pipa y sandalias, crítico, andador, comprometido, lector, resolutivo polvorista, gastrónomo, maestro y madrugador. Como siempre, el primero en llegar. Manolo, espera, que vamos.
Ramón Garrido Abenza
El Observador.
Publicación de AEMET Septiembre - Octubre - 2014
AÑO XVI - N.º 95
Fuente: AEMET www.aemet.es
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