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Las partículas higroscópicas y la precipitación

El nacimiento de una nube no es nada fácil. La troposfera no tiene las temperaturas suficientes para la condensación. Entonces, ¿cómo es que hay nubes? Tienen un as bajo la manga...

Fernando Llorente Fernando Llorente 26 Abr 2018 - 08:05 UTC

Virga que cae de un cúmulo. Autor: Fernando Llorente Martínez.

En el anterior artículo dejamos a nuestra burbuja en las puertas de llegar a ser una nube pero, sabiendo que las temperaturas que tendrían que alcanzarse para la condensación no se alcanzan en la troposfera, ¿cómo es posible que haya nubes? La respuesta es gracias a las partículas sólidas microscópicas que hay en suspensión en el aire y que reciben el nombre de aerosol.

Núcleos de condensación

No todas las partículas en suspensión tienen el mismo efecto, algunas son indiferentes al vapor de agua, pero otras, las higroscópicas, se sien­ten "muy atraídas" por él, y hacen que el proceso sea más rápido. Son los denominados núcleos de condensación, “partículas microscó­picas que provienen del suelo -polvo, cenizas volcánicas, arenas fínisi­mas...- que hacen que las temperaturas de formación de la nube no sean tan bajas, logrando que el proce­so se produzca con más facilidad”.

A veces estos núcleos de condensación son arcillas que provienen del desierto del Sáhara que han sido arrastradas por vientos del Sur, y cuando la preci­pitación formada sobre estos núcleos llega al suelo tiñe las casas, los coches, las ca­lles, etc. de un barrillo rojizo a modo de sangre, pero no es nada milagroso, sólo un fenómeno meteorológico.

¿Precipitaciones aseguradas?

Ahora que ya tenemos la nube formada por pequeñísimas gotitas de agua o incluso por cristales de hielo o copos de nieve, según la altura que haya alcanzado la nube y también según la temperatura ambiente, nos surge otra pregunta muy importante, ¿habrá precipitación de esta nube recién formada o sólo quedará como un "adorno en el cielo"?

Como todos sabemos por la experiencia diaria no siempre se produce. Para que el proceso se complete, y se llegue a originar la precipitación, es nece­sario que las gotitas nubosas continúen creciendo para vencer las corrientes ascendentes que siguen formando la propia nube y que a su vez las mantiene en suspensión.

Este fenómeno se logra porque las gotículas chocan entre sí y tienden a unirse formando gotas y porque las propias corrientes ascendentes hacen que cada vez que suben por el interior de la nube vayan ganando "peso" al captar más vapor de agua, hasta alcanzar finalmente un tamaño suficiente para caer de la nube.

Este proceso es el mismo para los copos de nieve o para el granizo; en este último caso, cuando alcanza un tamaño considerable, podemos observar, si lo abrimos por la mitad, que está formado por sucesivas capas de hielo, como si fuese una "cebolla", que se han ido desarrollando en los sucesivos ascensos y descensos por la nube.

Evolución de una gotícula de agua hasta alcanzar la precipitación. Cortesía: Oliver E. Allen, del libro LA ATMÓSFERA. Las distintas formas con las que la precipitación alcanza el suelo dependen del desarrollo vertical de la nube, de las temperaturas que se alcancen en su interior y de la temperatura ambiente entre su base y el suelo.

Y aún cuando se inicia esta caída, no siempre llega al suelo; si el contenido acuoso de las gotas es pequeño o la atmós­fera por la que caen es muy seca, se evaporarán antes de llegar a la superficie terres­tre, es el meteoro conocido con el nombre de virga.

Finalmente, cuando las gotitas logran superar todas estas dificul­ta­des y llegan al suelo, entonces se habla de precipita­ción, que puede ser en forma de agua, nieve, granizo o peque­ños crista­les de hielo, todo dependiendo de la tempera­tura ambiente.

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