¿Por qué tenemos menos sed en invierno? La ciencia tiene la respuesta

En invierno la seda se esconde bajo el abrigo, pero la necesidad de agua no desaparece: el frío engaña al cuerpo y beber menos puede pasarnos factura sin avisar.

Sentir menos sed no significa que necesitemos menos agua, saberlo importante para evitar la deshidratación
Sentir menos sed no significa que necesitemos menos agua, saberlo importante para evitar la deshidratación

En invierno hay algo que casi todos hacemos mal y no tiene que ver con salir sin abrigo “porque total, son dos minutos”. Tiene que ver con el agua: cuando baja la temperatura, la sed parece desaparecer y damos por hecho que si no tenemos ganas de beber es porque no lo necesitamos. El problema es que el cuerpo no funciona así y la fisiología no se adapta a la moda de temporada.

La idea clave es sencilla pero cómoda: en invierno no necesitamos menos agua, simplemente sentimos menos sed. Y eso, lejos de ser una ventaja, es una trampa bastante bien descrita por la ciencia.

La sed no tiene medidor

La sed es un mecanismo de aviso, no un medidor preciso de necesidades hídricas. Se activa cuando la sangre se concentra más de la cuenta o cuando disminuye el volumen de líquidos corporales, pero responde de forma diferente según el contexto. La temperatura ambiental influye mucho y en ambientes fríos la señal de sed se atenúa aunque las pérdidas de agua sigan produciéndose.

En zonas con calefacción se sufre de más sequía ambiental que influye en la deshidratación, no olvidemos beber agua
En zonas con calefacción se sufre de más sequía ambiental que influye en la deshidratación, no olvidemos beber agua

Esto explica por qué podemos pasar horas sin beber en invierno sin notar molestias inmediatas, aunque el equilibrio hídrico ya empieza a inclinarse en nuestra contra.

Frío, riñones y la trampa de orinar más

En condiciones de frío aparece un fenómeno fisiológico bien conocido llamado diuresis inducida por el frío. Al contraer los vasos sanguíneos de la piel para conservar calor, aumenta el volumen de sangre en el centro del cuerpo. Los riñones interpretan que hay exceso de líquido y responden eliminándolo.

El resultado es que orinamos más, incluso sin haber aumentado la ingesta de líquidos y sin sentir sed. Agua que se pierde sin que el cuerpo activo con claridad el aviso de “bebe algo”.

No hace falta sudar para perder agua

Otro error habitual es asociar la deshidratación únicamente al sudor visible. En invierno seguimos perdiendo agua de forma constante. Cada respiración implica humidificar aire frío y seco que se expulsa cargado de vapor de agua. La piel también pierde agua de manera continua aunque no haya sudor evidente.

Como creemos que no sudamos, pensamos que no necesitamos estar hidratados, pero no es así.
Como creemos que no sudamos, pensamos que no necesitamos estar hidratados, pero no es así.

Si además hacemos ejercicio al aire libre o pasamos muchas horas en ambientes con calefacción, las pérdidas aumentan y la sequedad es evidente, lo notamos hasta en la piel. El problema es que el frío enmascara estas pérdidas y reduce la percepción de esfuerzo y de sed.

Deshidratación invernal, silenciosa y frecuente

Los estudios realizados en deportistas y en personas expuestas a climas fríos coinciden en algo poco intuitivo: la deshidratación en invierno es frecuente y suele pasar desapercibida. No porque el cuerpo necesite menos agua, sino porque la señal que nos impulsa a beber es menos intensa.

Dicho de otra forma, el problema no es fisiológico, es perceptivo.

¿Cuánta agua necesitamos realmente?

Conviene desmontar otro mito persistente: no existe una cifra universal válida para todo el mundo y todas las estaciones. Las recomendaciones de organismos como la EFSA o el Institute of Medicine hablan de ingesta total de agua, que incluye tanto bebidas como el agua contenida en los alimentos.

No es necesario beber obligatoriamente 2 litros de agua, pero sí tenemos que hidratarnos con frutas, caldos, té o café.
No es necesario beber obligatoriamente 2 litros de agua, pero sí tenemos que hidratarnos con frutas, caldos, té o café.

En invierno solemos consumir más sopas, caldos, guisos y verduras cocinadas, lo que contribuye a la hidratación. Sin embargo, también reducimos la ingesta directa de líquidos. El equilibrio final depende de la persona, su edad, su actividad física, el ambiente y su estado de salud.

¿Quiénes tienen más riesgo de beber menos de lo que necesitan?

Hay grupos especialmente vulnerables a esta deshidratación silenciosa. Las personas mayores, porque la sensación de seda disminuye con la edad y el frío agrava este efecto.

Los niños, que no siempre piden agua aunque la necesiten. Las personas que hacen ejercicio al aire libre, porque el frío disimula la pérdida de líquidos. También quienes pasan muchas horas en interiores con calefacción o cursan infecciones respiratorias o fiebre.

Señales tardías que conviene no ignorar

El cuerpo suele avisar, pero lo hace tarde. Orina oscura o escasa, cansancio injustificado, dolor de cabeza, secuencia de boca o estreñimiento pueden ser señales de que no estamos bebiendo lo suficiente.

No son exclusivas de la deshidratación, pero merecen atención.

No se trata de forzarse, sino de ser consciente.

No hace falta obligarse a beber si no apetece, pero sí conviene facilitar la ingesta de líquidos. Agua a lo largo del día aunque no esté fría, infusiones, caldos y alimentos ricos en agua como cítricos, calabaza o zanahoria son aliados sencillos. Y si hacemos ejercicio, bebe antes, durante y después, no solo cuando aparece la sed.

El café y el té, consumidos de forma habitual y moderada, no deshidratan. Ese mito también quedó atrás hace tiempo.

En invierno se siente menos sed, pero el cuerpo sigue necesitando agua para funcionar correctamente. El frío engaña a los sentidos, no a la fisiología. Así que además de abrigo, bufanda y sentido común, conviene añadir un gesto sencillo y eficaz: acordarnos de hidratarnos, aunque no tengamos ganas.

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