Paisajes atmosféricos y formaciones nubosas singulares en los cuadros de Théodore Rousseau
El pintor realista francés Théodore Rousseau (1812-1867), integrante de la escuela de Barbizon, nos dejó en sus paisajes bellas estampas meteorológicas, en las que las nubes están pintadas con una exquisita perfección.

El paisajismo en la pintura alcanzó su madurez en Francia, con la llegada del Impresionismo, durante la segunda mitad del siglo XIX. El surgimiento de ese movimiento pictórico tan rompedor, que pone el foco de atención en la luz, la fugacidad de los elementos atmosféricos y el carácter cambiante del medio natural, tuvo su germen en la pintura realista que llevaron a cabo algunos paisajistas franceses durante la primera mitad de aquel siglo, entre los que Théodore Rousseau (1812-1867) ocupa un lugar destacado.
No lo tuvo fácil este artista para obtener en vida el reconocimiento que su producción pictórica, sin duda, merece. Tuvo que transcurrir bastante tiempo (cuando ya iba camino de los 40 años de edad) hasta que se hizo un hueco en los círculos artísticos y su pintura comenzó a ser conocida y valorada. Entre su producción destacan obras como Un pantano en las Landas , El borde del bosque o Un claro en el bosque cerca de Fontainebleau , entre otras muchas, en las que los cielos y las formaciones nubosas son particularmente llamativas, además de estar ejecutadas con gran maestría.
La escuela de Barbizon y la pintura al natural
Ya en el siglo XVII encontramos paisajistas que toman bocetos al aire libre como base para ejecutar sus pinturas en el taller. Esa práctica continuó durante el siglo XVIII, pero fue en XIX cuando surgió en Francia la conocida como Escuela de Barbizon (el germen del movimiento impresionista).
Entre 1820 y 1860 el bosque de Fontainebleau fue el escenario natural donde confluyeron varias generaciones de paisajistas que, alejándose los cánones del academicismo (neoclasicismo) impulsaron la pintura al aire libre y pusieron especial interés en trasladar a sus obras el medio natural sin idealizarlo, que es lo que hacían los pintores románticos de la época.

El pueblo de Barbizon, en las cercanías del bosque de Fontainebleau, comenzó a ser frecuentado por una pléyade de paisajistas franceses, entre los que destacan Jean-Baptiste Camille Corot (1796-1875), Jean-François Millet (1814-1875), Charles-François Daubigny (1817-1878) y Théodore Rousseau, que se instaló en Barbizon en 1848 y allí permaneció, con breves estancias en otras zonas de Francia, hasta su fallecimiento allí en 1867.
El bosque de Fontainebleau que rodeaba el pueblo, era el tema principal de sus paisajes. Aprovechaba los veranos para realizar dibujos y bocetos y dedicaba los inviernos para trabajar en el taller. En esas estampas veraniegas, abundan las nubes convectivas (cumuliformes) propias de la estación estival. Rousseau era un pintor muy perfeccionista, por lo que dedicaba mucho tiempo en rematar las obras (años, en algunos casos), dejando muchos lienzos inacabados, al no lograr reproducir con la máxima fidelidad las escenas debido a su autoexigencia.

Aunque hay mucho y muy bueno donde elegir entre toda su producción artística, encontramos un hermoso paisaje en su cuadro La cabaña de los carboneros, que pintó hacia 1850. Se trata de un paisaje natural salvaje y exuberante, en el que el único elemento que delata la presencia humana es la choza o cabaña que se sitúa junto al roble, y que da nombre a la obra. El cielo encendido del fondo y las nubes desgarradas sugieren que podríamos estar en los momentos posteriores a una tormenta de verano.
Un fluctus inmortalizado en un lienzo
Bastante antes de instalarse en Barbizon, Rousseau viajó a la región francesa de Auvernia, en la parte central de Francia; una zona montañosa y con grandes bosques. Allí, a los pies del Macizo Central realizó numerosos bocetos al aire libre, pintando la infinidad de elementos paisajísticos que se fue encontrando, que combinaba con los cambiantes cielos, siempre interesantes en las zonas de accidentado relieve. Una búsqueda rápida en Internet permite localizar al momento reproducciones de varios esos paisajes.

En uno titulado Paisaje o Paisaje en Auvernia (bajo ambas denominaciones aparece en las fuentes consultadas) que pintó hacia 1830, aparece un paisaje rural sereno de la citada región francesa, dominado en primer plano por una hilera compacta de árboles y arbustos, por encima de los cuales hay un cielo nublado. Una banda nubosa grisácea se extiende horizontalmente por encima de la línea de bosque y los contornos superiores de la misma sugieren la presencia del rasgo suplementario fluctus, asociado a un estratocúmulo.
Tal y como lo define el Atlas Internacional de Nubes se trata de una “formación ondulatoria de duración relativamente corta que normalmente ocurre en la superficie superior de la nube, en forma de bucles o de olas rompientes”. Esas ondas, en este caso atmosféricas, son consecuencia de una inestabilidad de Kelvin-Helmholtz, bien conocida en dinámica de fluidos. Tan llamativo “oleaje atmosférico” no pasó desapercibido a la atenta mirada del paisajista francés Théodore Rousseau, a pesar de su carácter efímero.
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