La física que esconden las pinturas de olas bajo cielos tormentosos del pintor Gustave Courbet
El pintor francés Gustave Coubert, principal impulsor del realismo, pintó con reiteración escenas marinas en las que el tiempo es tormentoso, similares a las que estos días provocará en las costas atlánticas españolas la borrasca Bruna.

En la producción del pintor francés Gustave Coubert (1819-1877) no faltan los paisajes tormentosos en los que tanto el medio atmosférico como el marino comparten protagonismo, aparte de estar representados con el realismo del que el artista hizo gala, convirtiéndose en el principal exponente de ese movimiento pictórico del siglo XIX. Coubert se desmarcó de la idealización de la naturaleza de los pintores románticos, y también de los cánones que establecía la pintura academicista. Fue un enfant terrible de la pintura de su época.
En sus paisajes, encontramos las influencias de los grandes maestros flamencos y holandeses de los siglos XVI y XVII, entre los que Rembrandt ocupa un lugar muy destacado. También se fijó en la pintura española, en las técnicas que emplearon figuras como Velázquez o Ribera. Su pintura fue a su vez precursora del impresionismo, un movimiento que empezó a emerger en sus últimos años de vida. Los reflejos de la luz sobre la superficie marina que plasma en sus pinturas nos recuerdan bastante a la pintura de Monet y a la de Sorolla, el gran maestro de la luz.
Representación realista de las tormentas
Gustave Coubert vio por primera vez el mar a los 22 años de edad, en 1841. Aquel primer encuentro del pintor con el medio marino, en Normandía, marcó, a partir de ese momento, una parte de su producción artística, destacando por encima de las condiciones de “buen tiempo”, con el mar en calma, las situaciones tormentosas, que desde la orilla del mar se convierten en un gran espectáculo de la naturaleza, de gran dramatismo, que el artista logró trasladar de forma realista (sin exageraciones deliberadas) a sus lienzos.

Si duda, uno de los mejores ejemplos que ilustran esos encuentros de Coubert con el tiempo tormentoso junto al mar es La tromba; un cuadro que pintó en 1867, aunque encontramos ese mismo motivo en algunas otras obras suyas de esa época, como la que pintó en Étretat, en la costa normanda, un par de años después (en 1869). En La tromba, aparecen representadas con gran realismo las cortinas de precipitación que deja una tormenta; cada una de ellas es un fuerte chubasco o aguacero que cae sobre el mar. Es el mismo motivo que representó el paisajista inglés John Constable (1776-1837) en su obra Tormenta sobre el mar, pintada hacia 1824-1828.
Olas bajo un cielo amenazante como motivo pictórico
Pero si hay un motivo paisajístico recurrente en la pintura de Coubert ese es, sin duda, el de las olas en un mar agitado, con un tiempo tempestuoso que también aparece representado en un cielo dominado por oscuros nubarrones que amenazan tormenta. Bajo el nombre genérico de La ola (con alguna extensión en el título en algunos casos) encontramos algo más de un centenar de pinturas de Gustave Coubert. El artista fusiona en esas obras un agitado estado del mar con un cielo de tormenta amenazante.
El denominador común de la mayoría de esos cuadros es una ola en primer plano rompiendo en la orilla del mar, seguida por el tren de olas que vienen por detrás, todas ellas dominando la parte baja de la pintura, quedando por encima el cielo oscuro con los nubarrones. Cada lienzo presenta su propia singularidad, variando el tipo de encuadre o la luminosidad de la escena. Lo que transmiten todos ellos es la fuerza desatada del mar, encabezada por esa primera ola encrespada y con espuma.

De esa larga serie de marinas con grandes olas pintadas de Coubert, hemos seleccionado dos de ellas para ilustrar este artículo. El primero de esos “paisajes marinos” (nombre que el propio autor puso a su serie pictórica) es La ola o Mar tormentoso, pintado hacia 1869-1870, y en él las formas redondeadas y turbulentas de las crestas espumosas de la gran ola que está rompiendo en primer plano, aparecen también en los contornos del nubarrón tomentoso que domina en el cielo. En Antes de la tormenta en el horizonte, pintado en 1872, destaca ‒al margen de la ola a punto de romper‒ la tenebrosidad del cielo.