El mar y el cielo de Étretat que inspiraron a Monet y a los grandes pintores del impresionismo
Durante la segunda mitad del sigo XIX, los acantilados de Étretat, en Normandía, cautivaron a pintores impresionistas como Claude Monet o Eùgene Boudin, que los plasmaron en varias de sus obras.

Los acantilados situados junto a la pequeña localidad francesa de Étretat, en Normandía, que localizamos al norte de Le Havre ‒donde el río Sena vierte sus aguas al mar‒ se han convertido en un reclamo para miles de turistas que cada año visitan el lugar. No lo hacen solo para admirar su belleza natural, sin atraídos por el hecho de que aquel enclave ha quedado inmortalizado en conocidos cuadros, principalmente de pintores impresionistas como Monet o Boudin, entre otros de otros estilos como Coubert (realismo) o Delacroix (romanticismo).
Hasta la década de 1830, Étretat era un tranquilo pueblo de pescadores, pero en la Francia de aquel entonces empezó a ponerse de moda como lugar de descanso entre los burgueses que podían permitirse viajar por el placer de hacerlo. Empezaron a llegar a Étretat los primeros artistas, principalmente escritores, para ir desembarcando después (durante la segunda mitad del siglo XIX) los pintores.
Uno de los personajes que más contribuyó a ensalzar aquel lugar fue el periodista y novelista francés Jean-Baptiste Alphonse Karr (1808-1890), que llegó a afirmar lo siguiente: “Si tuviera que mostrar el mar por primera vez a un amigo, elegiría Étretat”.
Una sugerente mezcla de tierra, mar y aire
En Étretat se conjugan todos los elementos que hacen particularmente atractivo un paisaje. La combinación del mar y el cielo siempre es una fórmula de éxito, que han inmortalizado en sus pinturas infinidad de artistas de todas las épocas y estilos. La gran singularidad de Étretat, su rasgo diferencial, son sus blancos acantilados de roca caliza, en los que encontramos tres singulares aberturas naturales (puentes en la piedra): la Porte [puerta] d'Amont, la Porte d'Aval y Manneporte.
Las dos primeras aberturas se ven desde el mismo pueblo, siendo la de Aval, junto al acantilado de nombre homónimo, la que aparece en más pinturas. Justo delante de ella emerge sobre la superficie del mar un gran pináculo de 70 metros de altura, llamado “la aguja”, que dota al conjunto (puerta y aguja) de una potente estética, que atrapa irremediablemente a cualquier persona que tenga ese elemento natural en su campo de visión.

Cuando se observa el arco de Aval desde Étretat, tanto desde la playa como desde el acantilado situado al norte de la localidad, por efecto de perspectiva la aguja se superpone con el arco de piedra y ambos elementos parecen formar parte de un mismo elemento rocoso. El resultado es el conocido “ojo de la aguja”, que podemos ver en lienzos como Étretat. El acantilado de Aval, del paisajista francés Eùgene Boudin (1824-1898).
A principios del otoño de 1890 y tras haber pasado el verano en su tierra natal, este artista estuvo varios días pintando en Étretat. A diferencia de otros paisajes costeros de Boudin, donde aparecen grupos de pescadores, bañistas, paseantes, etc., en esta ocasión el artista sólo incluye una flotilla de barcos de pesca a vela, integrados en la escena. El mar, a pesar de estar algo picado, aparece bastante encalmado, y por encima de él tenemos una majestuosa atmósfera que brilla con luz propia.
Étretat. La aguja del acantilado de Aval.
— José Miguel Viñas (@Divulgameteo) August 23, 2026
Monet (1883, 1885)
Boudin (1890)
Viñas ([23-8]2026). pic.twitter.com/qojMmRV6PV
Las nubes que salpican el cielo son en su mayoría cúmulos con algo de desarrollo (Cu mediocris). Las pinceladas sueltas de color blanco que enmarañan las porciones de cielo azul representan nubes altas, posiblemente anunciadoras de un cambio de tiempo, algo bastante habitual a finales de septiembre en Normandía. En el cuadro hay un pequeño detalle que nos indica que la atmósfera en ese momento es más estable que inestable. Se trata de un barco a vapor que discurre por el horizonte marino, y que deja tras de sí una estela de humo paralela a la línea del horizonte que apenas se agranda.
El paso de Monet por Étretat
Los acantilados de Étretat también captaron la atención de Claude Monet (1840-1926), el padre del impresionismo. Tras una primera visita a aquel bello rincón de la costa normanda, en 1883, quedó cautivado y volvió allí varias veces más entre ese año y 1886. En la primera de 1883 se instaló en su casa de Giverny, con su famoso jardín japonés, por lo que le separaban tan solo 145 km de distancia de Étretat, que convirtió en uno de sus lugares de escapada.

Monet pintó del orden de 90 cuadros en Étretat, retratando en ellos los diferentes estados del cielo y del mar, así como de la luz, lo que era su principal motivación. La visión en conjunto de esas pinturas refleja fielmente lo cambiante que se muestra el medio natural en un paisaje tan bello como los acantilados de Étretat. Pintó al natural por la mañana y por la tarde, haciéndolo desde distintos emplazamientos.
Al pintar desde la playa situada al sur de “la aguja” rompió el efecto de perspectiva que se apuntaba con anterioridad. En cuadros como el que acompaña estas líneas se puede ver la separación que hay entre la citada aguja y el puente de piedra. Tampoco faltan obras en las que vemos una mar agitada, con un fuerte temporal marítimo; no en vano el Canal de la Mancha es un corredor por el que no pocas veces enfilan profundas borrascas.

Pero si algo le fascinaba a Monet era pintar con las primeras luces del día o las del ocaso, cuando todo el cielo y la superficie marina se tiñen de tonalidades cálidas. Los bellos atardeceres de Étretat no escaparon a la atenta vista del pintor, que haciendo uso de una gran destreza técnica la trasladó a sus lienzos. Llama particularmente la atención el intenso color del atardecer que plasmó en alguno de sus paisajes pintados en Étretat.
El cuadro Acantilados de Étretat, atardecer lo pintó en 1885 y lo que vemos en él es un cielo encendido que tiene un origen volcánico. La erupción del volcán indonesio Krakatoa, ocurrida a finales del verano de 1883, dejó su marca en los cielos de muchas regiones del mundo. Hasta varios años después de la violenta explosión, la presencia de aerosoles volcánicos en la atmósfera provocó que se vieran con recurrencia soles rojizos y cielos encendidos, muy llamativos, tanto al amanecer como al atardecer, como es el caso.