Golpe de calor: el peligro no termina al enfriar el cuerpo y puede causar daños graves días después de superar los 40 °C

El golpe de calor puede causar daños graves aunque la temperatura corporal se normalice, porque la respuesta inmunitaria puede continuar activa durante días: aquí te contamos los detalles.

El golpe de calor puede seguir causando daños internos aunque la temperatura corporal haya vuelto a la normalidad.
El golpe de calor puede seguir causando daños internos aunque la temperatura corporal haya vuelto a la normalidad.

Europa afronta una ola de calor tras otras este verano con consecuencias mortales. Sólo en la segunda mitad de junio de 2026 se contabilizaron más de 10.000 muertes adicionales asociadas a las altas temperaturas. La cifra todavía puede aumentar y pone de relieve los efectos de una exposición térmica extrema. Y el golpe de calor representa una de las emergencias médicas más graves relacionadas con el calor. La temperatura interna puede superar los 40 °C y alterar rápidamente el funcionamiento del organismo.

El golpe de calor es una urgencia médica que aparece cuando el organismo supera los 40 °C y pierde su capacidad para regular la temperatura. Puede ocurrir por calor extremo, exposición prolongada al sol o ejercicio intenso.

Lo peor de todo es que el problema no termina necesariamente cuando el paciente recupera una temperatura corporal normal. Durante el episodio, el calor puede lesionar tejidos, alterar el funcionamiento cerebral y provocar la liberación de sustancias procedentes de células dañadas. A esto se suma una reacción del sistema inmunitario que puede mantenerse cuando el cuerpo ya se ha enfriado. Esa respuesta puede afectar a los vasos sanguíneos y favorecer alteraciones en órganos vitales. Por este motivo, algunas complicaciones aparecen horas o incluso días después del episodio inicial.

Golpe de calor y respuesta inmunitaria: una reacción que puede continuar

Cuando la temperatura corporal rebasa los 40 °C, el cerebro puede verse afectado y aparecer confusión, convulsiones u otras alteraciones neurológicas. El calor también puede destruir tejido muscular y liberar sustancias que el organismo identifica como señales de alarma. Paralelamente, el sistema inmunitario recibe estímulos procedentes de diferentes zonas del cuerpo.

Una parte importante de esta cadena podría tener su origen en el intestino. Para eliminar calor, el organismo aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel, lo que reduce la cantidad de sangre disponible para otros órganos. El intestino puede sufrir especialmente esa reducción y perder parte de la protección de su barrera interna. Si esta estructura se deteriora, sustancias procedentes de las bacterias intestinales pueden alcanzar la circulación sanguínea. El sistema inmunitario detecta entonces esos componentes y responde con inflamación.

A esa señal se suman las sustancias liberadas por las células dañadas directamente por las altas temperaturas. El resultado es una respuesta inflamatoria que puede afectar a diferentes partes del organismo al mismo tiempo. El problema reside en que la inflamación puede mantenerse cuando la temperatura ya ha descendido. Así se explica, al menos en parte, por qué el peligro del golpe de calor puede prolongarse más allá del momento en que se consigue enfriar al paciente.

Golpe de calor: neutrófilos, coágulos y órganos afectados

Los neutrófilos son un tipo de glóbulo blanco que participa entre las primeras defensas del organismo. Su función habitual incluye combatir bacterias y colaborar en la reparación de los tejidos. Durante un golpe de calor, sin embargo, la inflamación generalizada puede hacer que estas células permanezcan excesivamente activas. Los neutrófilos liberan enzimas capaces de alterar estructuras de los vasos sanguíneos. Esa actividad puede contribuir al daño de distintos órganos.

Cuando la temperatura corporal supera los 40 °C, el golpe de calor puede alterar el cerebro y causar daños graves en órganos como los riñones y el corazón.
Cuando la temperatura corporal supera los 40 °C, el golpe de calor puede alterar el cerebro y causar daños graves en órganos como los riñones y el corazón.

La respuesta inmunitaria también puede interferir con la coagulación. Algunas de las enzimas liberadas por los neutrófilos favorecen la aparición de pequeños coágulos dentro de los capilares, los vasos sanguíneos de menor tamaño. Estos microcoágulos pueden dificultar la llegada de sangre a zonas esenciales del organismo. Entre los órganos que pueden resultar afectados figuran los riñones, el hígado y el cerebro. Los estudios con animales indican que impedir esa formación de coágulos mejora las posibilidades de supervivencia.

Los neutrófilos pueden continuar activos durante varios días después de que la temperatura corporal haya vuelto a la normalidad. Por eso, enfriar al paciente sigue siendo una medida fundamental, pero puede no resolver por sí solo todas las consecuencias del episodio. Actualmente, los investigadores buscan vías para reducir la actividad excesiva de estas células y limitar los efectos de la inflamación. También se estudia cómo proteger la barrera intestinal antes de que permita el paso de sustancias bacterianas a la sangre.

La segunda fase del golpe de calor puede llegar después

La recuperación de la temperatura corporal no significa necesariamente que haya desaparecido el riesgo. Cuando comienza el enfriamiento, la reacción inmunitaria puede haber adquirido ya una dinámica propia y continuar aunque haya desaparecido el exceso de calor. Algunos pacientes pueden sufrir posteriormente insuficiencia renal o lesiones cerebrales. Estas complicaciones pueden aparecer varios días después del episodio. El seguimiento médico resulta por ello especialmente importante tras un golpe de calor grave.

Tras un golpe de calor grave pueden aparecer daños renales o cerebrales incluso varios días después. El control médico sigue siendo importante durante los días posteriores al episodio.
Tras un golpe de calor grave pueden aparecer daños renales o cerebrales incluso varios días después. El control médico sigue siendo importante durante los días posteriores al episodio.

La vulnerabilidad tampoco es igual en toda la población. Los adultos mayores y los bebés tienen más dificultades para controlar la temperatura corporal. También presentan mayor riesgo las personas con enfermedades cardíacas, diabetes u obesidad y quienes utilizan determinados medicamentos, entre ellos algunos diuréticos, antidepresivos y tratamientos para la presión arterial. La deshidratación y el consumo de alcohol pueden aumentar el peligro. El aislamiento social también figura entre los factores asociados a una mayor exposición al calor extremo.

En deportistas y trabajadores al aire libre, el esfuerzo físico intenso puede añadir una carga térmica importante al organismo. La prioridad ante un golpe de calor sigue siendo reducir la temperatura corporal con la mayor rapidez posible, ya que el enfriamiento precoz puede salvar vidas. Pero el regreso a una temperatura normal no garantiza que haya terminado el proceso inflamatorio. El riesgo, por tanto, puede continuar cuando el termómetro ya ha dejado atrás los 40 °C y vuelve a registrar valores normales.