Ésta es una de las fronteras más extrañas de Europa: una franja de 3 kilómetros de largo y sólo 50 metros de ancho

Una anomalía geográfica de tres kilómetros de largo y apenas unos pasos de ancho desafía los mapas en una remota zona montañosa, convirtiéndose en la frontera más rara de Europa.

Una curiosa franja de apenas 50 metros de ancho dibuja un límite territorial único en el corazón de los Alpes Dináricos. Esta lengua de tierra de tres kilómetros de largo es hoy una de las fronteras más inusuales del continente europeo.
Una curiosa franja de apenas 50 metros de ancho dibuja un límite territorial único en el corazón de los Alpes Dináricos. Esta lengua de tierra de tres kilómetros de largo es hoy una de las fronteras más inusuales del continente europeo.

La historia nos ha enseñado que la geografía manda a la hora de pintar el mapa político, aprovechando las barreras físicas para decretar dónde termina la soberanía de un estado y comienza la del siguiente. Sin embargo, existen rincones olvidados donde esa lógica se rompe por completo y deja paso a trazos administrativos que parecen una auténtica broma.

En el corazón de la península balcánica, lejos de las rutas turísticas habituales, sobrevive una de estas rarezas que obligan a mirar dos veces el navegador para creer lo que ves. Hablamos de una división entre Croacia y Bosnia y Herzegovina que carece de sentido aparente. Se trata de una franja de terreno ridículamente estrecha pero muy alargada, incrustada en una zona salvaje que representa, sin duda, una de las delimitaciones más singulares y desconocidas de toda la geografía europea.

El misterio del “dedo” de Donji Tiškovac

Si buscamos la ubicación exacta de esta curiosa delimitación, debemos situarnos en la frontera suroeste de Bosnia, perdidos en la inmensidad de los Alpes Dináricos. Todo ocurre aproximadamente a un kilómetro de la pequeña aldea de Donji Tiškovac. Allí, el territorio bosnio decide estirarse de forma antinatural, penetrando en suelo croata como si fuera una aguja fina o un dedo que señala hacia el mar, creando una morfología que no se corresponde con ningún patrón habitual en la topografía de esta zona de Europa.

Las dimensiones de este corredor son las que convierten el lugar en un caso de estudio fascinante y único. Esta lengua de tierra se extiende durante más de tres kilómetros de longitud, pero su anchura es cómica: apenas 200 metros en su zona más amplia. Lo más sorprendente es su base, un tramo largo y angosto que oscila entre los 40 y los 70 metros, un pasillo por el que casi se podría cruzar aguantando la respiración.

Resulta difícil imaginar cómo se gestiona el terreno en un espacio tan comprimido y aislado. Al no existir una barrera de agua o piedra que justifique esta separación, la línea es puramente imaginaria sobre el suelo rocoso. Es un trazo invisible que mantiene separadas a dos naciones en un espacio donde la convivencia física es casi íntima, desafiando la norma de que las fronteras deben ser lugares anchos, claros y defendibles por la propia orografía del terreno.

Un quebradero de cabeza para el espacio Schengen

Más allá de la anécdota visual que supone ver esto en un mapa satelital, este apéndice territorial ha ganado una importancia capital reciente. Lo que antaño era una simple línea interna en la antigua Yugoslavia, hoy representa un desafío mayúsculo. Tras la entrada de Croacia en la Unión Europea y su posterior integración en el área de libre circulación en 2023, este estrecho pasillo de montaña se ha transformado en una de las fronteras exteriores más delicadas y extrañas de vigilar de todo el club comunitario.

Una sencilla línea separa las ciudades de Derby Line, en Vermont (Estados Unidos), de Stanstead, en Quebec (Canadá).
Una sencilla línea separa las ciudades de Derby Line, en Vermont (Estados Unidos), de Stanstead, en Quebec (Canadá).

La seguridad en un perímetro tan irregular supone un reto logístico difícil de resolver para las autoridades fronterizas. Convertir una franja de tierra de menos de 50 metros, rodeada de montañas y vegetación, en un muro efectivo del espacio Schengen (un área de libre circulación en Europa que elimina los controles fronterizos internos entre sus países miembros), requiere recursos y atención constante. Cualquier paso en falso en esta delgada lengua de suelo implica entrar o salir ilegalmente de la Unión Europea, otorgando a este rincón olvidado una gravedad legal que contrasta con su apariencia casi inofensiva.

No existe ningún accidente geográfico, como un río o un valle profundo, que ayude a marcar la separación de forma natural entre ambos países. Esto deja a la vigilancia humana y tecnológica toda la responsabilidad de controlar quién pisa dentro y quién fuera. Es la paradoja perfecta: un lugar que parece dibujado por un niño se ha convertido en una pieza esencial de la geopolítica moderna, demostrando que los mapas todavía guardan secretos capaces de complicar la vida a la burocracia más sofisticada.

De Baarle al Hotel Arbez: otras extrañas fronteras del mundo

El caso de los Balcanes no es el único que nos deja con la boca abierta en el viejo continente. Existen otros lugares donde la política ha ignorado la funcionalidad urbana, como ocurre en Baarle, un municipio que es un auténtico laberinto repartido entre Bélgica y los Países Bajos. Allí no hay montañas, sino un caos de 22 enclaves belgas y 7 neerlandeses entrelazados de tal forma que las fronteras atraviesan salones y tiendas, obligando a marcar el suelo con baldosas especiales para que los vecinos sepan en qué país duermen.

Esta tendencia al absurdo administrativo tiene réplicas igual de fascinantes en otros rincones. El Hotel Arbez, situado sobre la línea que divide Francia y Suiza cerca de Ginebra, es hijo de la picaresca de un empresario que levantó el edificio antes de la firma de un tratado. Hoy es posible comer en un restaurante binacional o dormir con la cabeza en un estado y los pies en otro. Algo similar pasaba en Cooch-Behar, entre India y Bangladesh, un delirio de enclaves dentro de enclaves que afortunadamente se simplificó hace una década.

Estos lugares nos recuerdan que las fronteras son construcciones humanas sujetas a los avatares de la historia. Desde la biblioteca Haskell, que cuenta con una ópera que está en Canadá, aunque la entrada se halla en Estados Unidos, hasta la villa española de Llivia rodeada totalmente por Francia, estas anomalías demuestran que la realidad supera a la ficción.

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