Ni búnkeres ni refugios subterráneos: la ciencia revela el refugio natural más seguro de la Tierra
Ante una catástrofe global, la solución no estaría necesariamente refugiarse bajo tierra. Un estudio científico señala qué regiones podrían resistir mejor una guerra nuclear, una pandemia, un apagón global o una gran erupción... y una destaca como la más segura.

Cuando imaginamos un refugio frente a una catástrofe mundial, la primera imagen suele ser la de un búnker subterráneo equipado para resistir durante meses o incluso años. Sin embargo, un análisis científico plantea ahora una respuesta muy diferente. El lugar con mejores condiciones para afrontar algunos de los escenarios más extremos no está bajo tierra, sino en una enorme isla del hemisferio sur: Australia.
Es la conclusión de un estudio publicado en Global Challenges que ha revisado la literatura científica existente sobre la capacidad de diferentes regiones del planeta para resistir y recuperarse de grandes catástrofes. Los investigadores, dirigidos por el doctor en Ciencias Ambiantales Florian Ulrich Jehn, analizaron unos 3.200 documentos antes de seleccionar y evaluar los trabajos más relevantes.
Y aunque no existe ningún territorio de la Tierra capaz de quedar completamente protegido frente a todos los riesgos catastróficos globales —de hecho, esa es una de las principales conclusiones del trabajo— nuestras antípodas ofrecen mayores garantías que ningún otro lugar del planeta.
¿Por qué Australia aparece como la mejor opción?
Los investigadores estudiaron diferentes escenarios capaces de provocar alteraciones planetarias de enorme magnitud. Entre ellos figuran una reducción repentina de la luz solar —como podría ocurrir después de una guerra nuclear, una gran erupción volcánica o el impacto de un asteroide—, el colapso de infraestructuras esenciales o pandemias de extrema gravedad.

Así, Australia aparece con especial frecuencia entre los territorios con mejores condiciones de resiliencia ante una catástrofe global. Su primera ventaja es precisamente su aislamiento geográfico: se encuentra lejos de los principales focos de tensión nuclear del hemisferio norte y cuenta con una enorme superficie, diferentes zonas climáticas y una considerable capacidad de producción de alimentos.
En un escenario de invierno nuclear o de reducción drástica de la radiación solar, estas características podrían resultar especialmente importantes. El descenso de las temperaturas y de la luz afectaría a las cosechas de todo el mundo, pero algunas regiones del hemisferio sur podrían encontrarse en una posición relativamente favorable dependiendo de dónde se produjera el acontecimiento desencadenante.
Australia dispone, además, de recursos energéticos, producción agrícola, capacidad industrial y una notable diversidad territorial. Dentro del propio país, Tasmania aparece como un caso particularmente interesante: combina el aislamiento de una isla con un clima templado y una importante actividad agrícola.
Nueva Zelanda, Brasil y Argentina también entre las candidatas
Australia no es la única región que aparece repetidamente en el estudio. Nueva Zelanda, Brasil y Argentina figuran entre los territorios con características favorables, mientras que también se identifican ventajas en países como Suiza, Japón, Canadá y algunos estados escandinavos, aunque dependiendo del tipo concreto de catástrofe.

La condición insular vuelve a desempeñar un papel importante. En determinadas pandemias, por ejemplo, la capacidad para controlar las fronteras puede facilitar la protección inicial de la población. Pero la resiliencia depende también de disponer de un sistema sanitario sólido, instituciones eficaces, cadenas de suministro seguras y capacidad para mantener servicios esenciales.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas del estudio: el aislamiento protege, pero también puede convertirse en una debilidad.
El problema de depender del resto del mundo
Australia produce grandes cantidades de alimentos y dispone de importantes recursos, pero no es completamente autosuficiente. Una interrupción prolongada del comercio internacional podría dificultar el acceso a medicamentos, combustibles, fertilizantes o determinados componentes tecnológicos.

La misma contradicción afecta a Nueva Zelanda. Estar lejos de los grandes centros de población puede reducir determinadas amenazas, pero también significa que una interrupción de las comunicaciones marítimas o aéreas podría dejar al país sin productos esenciales.
Por eso, el estudio no propone buscar una especie de refugio natural perfecto. Su conclusión es bastante más compleja: la supervivencia ante una catástrofe global dependería de una combinación de factores como el aislamiento geográfico, la producción de alimentos, la calidad de las instituciones, la capacidad energética, la infraestructura y la descentralización.
El refugio más seguro no es necesariamente un búnker
La investigación desmonta una de las ideas más extendidas sobre cómo sobrevivir a un desastre planetario. Un búnker puede ofrecer protección frente a determinados peligros, pero no resuelve problemas como la falta de alimentos, medicamentos, energía o agua a largo plazo.
En realidad, la mayor ventaja podría estar en vivir en una sociedad capaz de resistir y adaptarse. Una comunidad que pueda producir alimentos, mantener hospitales, generar energía, reparar infraestructuras y conservar cierta capacidad industrial tendría más posibilidades de recuperarse que otra que dependa completamente de cadenas de suministro externas.
Así que la conclusión resulta menos espectacular que un búnker secreto, pero probablemente sea más útil: ante una catástrofe mundial, el refugio más seguro no sería necesariamente una construcción aislada, sino un territorio con capacidad para seguir funcionando cuando el resto del mundo deje de hacerlo.
Referencia de la noticia
Ulrich Jehn, F. et al. (2026). No Place to Hide? Regional Resilience and Vulnerability to Global Catastrophic Risk.