Dioses atmosféricos y megasequías: la compleja relación de los mayas con los fenómenos meteorológicos extremos
El final de la civilización maya suele relacionarse unas grandes sequías que tuvieron lugar en Mesoamérica entre los años 800 y 950, que favoreció el colapso de los mayas y su esplendor religioso-cultural.

Desde hace tiempo, se acumulan las pruebas que relacionan el colapso de la civilización maya con una serie de grandes sequías ocurridas en Mesoamérica, donde se asentaron los mayas entre el 2.000 a. C. (inicio del periodo preclásico) y el 900 de nuestra era (final del periodo clásico); momento en que se inició su declive. El debate científico confronta la idea de que las sequías acabaron con los mayas y la de que solo fueron un factor más de todos los que intervinieron.
En palabras del historiador Peter Frankopan: «…es posible que lo más relevante fuera no la falta de lluvias, sino el aumento de las temperaturas en verano y el impacto que esto tuvo en el maíz: como han demostrado investigaciones modernas. En la cultura maya esto era importante, no solo por los que implica en términos de disponibilidad de alimentos, sino también por la relación simbólica entre la legitimidad política y el maíz».
La máquina atmosférica controlada por los dioses
Los fenómenos meteorológicos formaban parte de la cosmovisión de la cultura maya, lo que queda patente por sus deidades. Para los mayas, los dioses no solo ejercían el control de la naturaleza, sino que constituían la propia naturaleza, desplegando los distintos elementos vitales y a la par atmosféricos como la lluvia o el viento. Uno de sus dioses más venerados era justamente Chaac, el dios del agua, la lluvia y las tormentas. Es fácil imaginar que cuando la sequía entraba en escena se multiplicaban las ofrendas, oraciones y sacrificios humanos para que Chaac trajera el líquido elemento.

Tampoco podemos olvidarnos de Kukulkán, el dios del viento y también del agua, que se representa por una serpiente emplumada y que aparece representado con profusión en los templos y edificios de las ciudades mayas que hay diseminadas por la península de Yucatán, como Chichén Itzá o Uxmal. Kukulkán es una de las deidades más importantes de Mesoamérica, pues a su condición de dios de las tempestades une la de ser uno de los dioses creadores del mundo y de la humanidad, según relata el Popol-Vuh (libro sagrado de los mayas).
Pero el nombre de dios maya que más nos suena es Hurakán (hun-r-akan) que, según cuenta el Popol-Vuh significa “corazón del cielo” y se representa con una deidad coja [hun (uno) y akan (pierna)], que, según la mitología maya, surgió del citado corazón del cielo para gobernar el trueno, los rayos, los vientos y las tempestades. Los conquistadores españoles adoptaron esa palabra del taíno cuando llegaron a esas tierras, convirtiéndose en el “huracán”, que es el nombre con el que se conoce comúnmente el ciclón tropical.
Grandes sequías como detonantes del colapso
Volvamos con las sequías que impactaron de lleno en la civilización maya. De nuevo Peter Frankopan en su libro “La Tierra transformada” (Crítica, 2024) nos ilustra sobre el particular: «Los niveles medios de precipitaciones se redujeron alrededor de un 50% y, en ocasiones, hasta un 70%, lo que probablemente se debiera a cambios en la actividad solar, a erupciones volcánica o a una combinación de ambos factores. Esto exacerbó los problemas causados por la veloz deforestación (…) La tala de árboles amplificó las condiciones de sequía, pues de las tierras despejadas se evapora menos agua, lo que repercute negativamente en la formación de nubes y en las precipitaciones».

En un trabajo publicado en 2012 en la revista Science, firmado por los investigadores Martín Medina-Elizalde y Eelco J. Rohling, se pudo demostrar que durante el periodo comprendido entre los años 800 y 950, en los que la civilización maya del periodo clásico floreció y colapsó, las precipitaciones anuales se redujeron entre un 25 y un 40%; una disminución lo suficientemente importante para que en el balance entre la evaporación y la precipitación ganara la primera, reduciéndose con rapidez la disponibilidad de agua dulce.
Chaac les empezó a fallar a los mayas, pero la sequía no acabó de un plumazo con los mayas. Según Frankopan: «Lo que colapsó no fue el mundo maya en su conjunto, sino el esqueleto que los sostenía: el entramado de redes que unía las distintas localidades, facilitaba el intercambio de bienes e ideas y proporcionaba el lienzo para las alianzas, las rivalidades y la competencia entre monarcas. En un contexto de sequía, cosechas insuficientes y fallo de los mecanismos de control, a los gobernantes les resultó imposible cumplir con las expectativas y mantener la autoridad».