Un viaje al lugar más profundo de la Tierra: las extrañas criaturas y la presión aplastante de la Fosa de las Marianas

Descender a la Fosa de las Marianas, la más profundas de las profundidades, es asomarse a un mundo extremo y oscuro... casi de otro planeta. Un lugar donde la presión desafía la materia y la vida adopta formas sorprendentes.

Recreación del Deepsea Challenger sobre el lecho de la Fosa de las Marianas, el lugar más profundo del planeta.
Recreación del Deepsea Challenger sobre el lecho de la Fosa de las Marianas, el lugar más profundo del planeta.

En lo más profundo del océano Pacífico occidental, a unos 200 km al este de las islas Marianas, Estados Unidos, se encuentra un lugar que parece sacado de la ciencia ficción: la Fosa de las Marianas.

Esta depresión del fondo marino, con forma de media luna y unos 2.550 km de largo por 70 km de ancho, alberga el conocido como Abismo Challenger, un enclave que, con una profundidad de 11.000 metros, ostenta el récord de ser el sitio más hondo del planeta.

Por eso, explorar este abismo no solo supone un reto tecnológico colosal, sino también una ventana fascinante a los límites de la vida en la Tierra y a su increíble capacidad para adaptarse a condiciones extremas.

Sobrevivir a una presión descomunal

La Fosa de las Marianas se formó por la colisión de dos placas tectónicas, la del Pacífico y la de las Marianas. Cuando una placa se desliza bajo la otra, se crea una gigantesca hendidura en el fondo marino. El resultado es un paisaje abrupto, con paredes escarpadas, oscuridad absoluta y condiciones que serían letales para casi cualquier forma de vida.

Uno de los factores más extremos de este entorno es la presión. A casi 11 kilómetros bajo el nivel del mar, la presión supera las mil atmósferas, lo que equivale a tener más de una tonelada de peso aplastando cada centímetro cuadrado del cuerpo.

Infografía comparativa sobre la profundidad de la Fosa de las Marianas
Infografía comparativa sobre la profundidad de la Fosa de las Marianas

En estas condiciones, muchos materiales se deforman y los dispositivos convencionales simplemente colapsan. Por eso, cada misión al fondo de la fosa requiere sumergibles especialmente diseñados, capaces de resistir fuerzas inimaginables.

Vida donde parecía imposible que existiera

Durante décadas se pensó que un entorno así sería estéril para la vida. Sin embargo, las exploraciones han demostrado lo contrario. La Fosa de las Marianas es el hogar de criaturas tan extrañas como resistentes.

Entre ellas se encuentran los peces caracol (o babosos) hadales, pequeños y gelatinosos, adaptados para sobrevivir sin vejiga natatoria y con tejidos flexibles que no se aplastan bajo la presión. También abundan los anfípodos gigantes (pueden alcanzar hasta 35 cm de longitud), unos crustáceos parecidos a camarones transparentes que se alimentan de restos orgánicos que caen desde las capas superiores del océano.

Ejemplar joven de pez baboso, de la familia Liparidae, capaz de vivir a una profundidad de 8.000 metros, el triple que los peces abisales del fondo oceánico.
Ejemplar joven de pez baboso, de la familia Liparidae, capaz de vivir a una profundidad de 8.000 metros, el triple que los peces abisales del fondo oceánico.

La vida en este abismo no depende de la luz solar, inexistente a esas profundidades, sino de la llamada “nieve marina”: una lluvia constante de partículas orgánicas, restos de animales y plantas que se hunden lentamente desde la superficie.

Además, algunos microorganismos obtienen energía a partir de reacciones químicas, un proceso conocido como quimiosíntesis, que recuerda a las posibles formas de vida que podrían existir en otros planetas o lunas del sistema solar.

Pioneros en la exploración del lugar más profundo de la Tierra

Las expediciones humanas a la Fosa de las Marianas han sido tan escasas como memorables. En 1960, Jacques Piccard y Don Walsh lograron llegar al fondo a bordo del batiscafo Trieste.

El 23 de enero de 1960, el batiscafo Trieste, diseñado por el inventor suizo Auguste Piccard, fue el primer vehículo tripulado en llegar al fondo de la fosa de las Marianas.
El 23 de enero de 1960, el batiscafo Trieste, diseñado por el inventor suizo Auguste Piccard, fue el primer vehículo tripulado en llegar al fondo de la fosa de las Marianas.

Décadas después, en 2012, el cineasta y explorador James Cameron realizó un descenso en solitario que renovó el interés mundial por este abismo. Lo hizo a bordo del sumergible Deepsea Challenger, diseñado en secreto en Sidney, Australia, específicamente para la misión, y que le permitió pasar tres horas escudriñando el punto más profundo del planeta.

Más recientemente, vehículos no tripulados han permitido ampliar el conocimiento científico sin poner en riesgo vidas humanas.

Estas investigaciones han revelado otro aspecto inquietante: incluso el lugar más profundo del planeta no está libre de la huella humana. Se han encontrado microplásticos y contaminantes químicos en organismos de la fosa, lo que demuestra que la actividad humana alcanza rincones que parecían intocables. Un hallazgo que ha generado preocupación entre los científicos y refuerza la urgencia de proteger los océanos.

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