El pueblo mallorquín entre terrazas y acantilados que está habitado desde hace más de mil años
Parece imposible, pero lleva más de mil años ahí: un pueblo que se descuelga por un acantilado, vive en vertical y mira al Mediterráneo desde el límite de la tierra.

En la costa oeste de Mallorca, entre la sierra de Tramuntana y el Mediterráneo, se encuentra Banyalbufar, un pequeño pueblo que parece desafiar las leyes de la geografía. Sus casas se disponen en terrazas escalonadas sobre un acantilado abrupto, mirando de frente a un mar que, en días de calma, adquiere tonos turquesa casi irreales. Este núcleo lleva más de mil años adaptándose a un terreno tan bello como hostil.
Once siglos de historia
El origen del pueblo se remonta a hace más de mil años. Su gran rasgo diferencial no es únicamente la postal desde la distancia, sino la forma en la que se construyó la vida en una ladera casi imposible.
Banyalbufar, ahir.
— RAFEL PERELLÓ (@rperellob) February 20, 2023
Les parets de contenció i aprofitament del terreny es diuen marges, marjades o parats. pic.twitter.com/MrOektoN8Y
La clave estuvo en la agricultura en bancales y en un aprovechamiento del agua muy sofisticado para el contexto histórico. Se trata de las terrazas, muros de piedra seca y conducciones que permitieron cultivar allí donde, en apariencia, no había espacio.
Urbanismo vertical
La topografía manda y se nota en cada paso. Las calles son estrechas y empinadas, con tramos que serpentean para salvar la pendiente. Las casas se distribuyen siguiendo la curva del terreno, creando una cascada de fachadas y tejados que parecen surgir de la roca. No es un pueblo para recorrer con prisa: el ritmo lo marcan las cuestas, los miradores espontáneos y la necesidad de pararse para mirar.

Desde los puntos altos, el mar se abre como un anfiteatro. Cuando el sol incide de forma favorable y el agua está tranquila, aparecen esos tonos claros que recuerdan a calas de postal, turquesas, verdes azulados y transparencias cerca de la costa. Abajo, pequeñas zonas de baño y rincones rocosos permiten acercarse al agua y entender la escala del acantilado desde el nivel del mar.
Miradores con historia y un paisaje que impone
En el entorno hay miradores que, además de ofrecer atardeceres memorables, conectan con el pasado defensivo del litoral. No es difícil imaginar por qué, ya que desde allí se domina la costa y se detecta cualquier embarcación a distancia. Esa mezcla de belleza y vigilancia forma parte del carácter de este rincón de la Tramuntana.
El paisaje no es solo piedra y mar. Entre terrazas aparecen cultivos tradicionales y, especialmente, viñedos ligados a una uva muy asociada a la zona: la malvasía. El vino local y la gastronomía mallorquina completan la experiencia con una capa cultural que va más allá del mirador y la foto. Aquí el territorio se bebe y se come: tiene textura, tradición y memoria.
Hay pueblos bonitos y luego están los que parecen imposibles. Este pertenece al segundo grupo. Se trata de un asentamiento que se agarra a la ladera, que vive mirando al mar y que conserva en su arquitectura la respuesta a una pregunta antigua: cómo habitar un borde. La sensación final es esa rara mezcla de vértigo y calma, como si el paisaje te obligara a bajar el volumen del mundo durante unas horas.
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