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Rogativas para que llueva, ¿las conoces?

Muchas diócesis invitan a hacer rogativas para que vuelvan las lluvias. Las iglesias de Burgos, Castellón y Valencia ya se han puesto manos a la obra. Te contamos qué son y la historia que esconden.

Juan José Villena Juan José Villena 21 Nov 2017 - 13:08 UTC
Tormenta
Nos encomendamos a la religión cuando se avecina una tormenta, también cuando se ausentan. Foto: Juan José Villena, Chelva.

En los últimos días las imágenes de satélite evidencian la maldición que se cierne sobre el país: la dorsal anticiclónica que ondula, y aleja, el chorro polar. Desde el suelo se ve la tierra resquebrajada y yerma, las plantas amarillentas y los ríos inmersos en un largo estiaje. Hace un puñado de siglos la sequía se habría engalanado de misticismo, y algún hacedor de lluvia estaría entonando cánticos en favor de las nubes. Los ciclos secos son endémicos de nuestro clima y embadurnan la cultura y religión.

En la historia reciente tenemos numerosos testimonios de rogativas y milagros destinados a paliar sequías. Las primeras son oraciones públicas hechas para pedir a Dios, un santo, etc. el remedio a una necesidad grave. Normalmente suelen ir acompañadas de procesiones dentro o fuera del templo con tal de rogar, a alguna imagen de devoción, por el objeto de la crisis.

Las rogativas tradicionalmente se llevaban a cabo dos veces al año: por la festividad de San Marcos y en los tres días anteriores a la Ascensión. Sin embargo, pueden convocarse de forma extraordinaria por el papa o los obispos en cualquier época. Las oraciones son enunciadas por los sacerdotes y se ofrecen a Cristo o a la imagen más representativa. Aquí, San Isidro Labrador es el principal valedor de las precipitaciones.

San Isidro Labrador, patrón de Madrid, en vida estuvo muy vinculado con las tareas de labranza, trabajando para la familia Vargas a principios del siglo XII. Antes de casarse con María Toribia, conocida más tarde como Santa María de la Cabeza, fue pocero. Por milagro, o quizás por su consabida sapiencia de profesión, cuenta un relato que en un año de sequía y temiendo por la rentabilidad de la hacienda de su patrón, Isidro con un golpe de su arada hizo salir un chorro de agua del campo. ¡Lustrosa como para abastecer toda la ciudad de Madrid!

San Isidro Labrador,
ejemplo de vida entregada al señor.
Te pedimos tu intercesión ante Dios,
para recibir la lluvia en nuestros campos
y la protección de nuestras cosechas,
para que de esta manera podamos obtener
el pan nuestro de cada día
para gloria de tu santo Nombre.

Este extracto de la plegaria a San Isidro Labrador exalta la posición privilegiada del santo en aras de salvaguardar el campo. Además de Isidro, hay otras santidades menos conocidas –a tal efecto- que también intermediaron para que brotara el agua, como San Vicente Ferrer, patrón de la ciudad de Valencia.  

El 26 de agosto de 1410 San Vicente Ferrer se desplazó a la localidad valenciana de Llíria, donde los vecinos estaban abatidos porque se les había secado su caudalosa fuente que les aportaba riqueza. El santo celebró una misa en el lugar donde salía el agua y, tras bendecir el surgimiento, ésta empezó a brotar en abundancia y hasta hoy no se ha secado –dicen-.

Procesión en Llíria a San Vicente en abril de este año. Foto de Encarna León, MiraValencia.com

En nuestras iglesias se han llegado a empapar o incluso sumergir a los santos en agua para despertar el interés de la imagen por la problemática. Hoy las prácticas ya no son tan estrambóticas, pero en los templos aún se hacen rogativas por la lluvia. Las últimas han sido convocadas por el Cardenal Antonio Cañizares, Arzobispo de Valencia. Cañizares ante la grave sequía ha invitado a los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos de su diócesis a orar a Dios por el “Don de la lluvia”.

En octubre hizo lo mismo Casimiro López, Obispo de la Diócesis de Segorbe-Castellón, y en abril Fidel Herráez Vergas, arzobispo de Burgos. López recordó en su misiva la oración colecta del Misal Romano “para pedir la lluvia” (Ad petendam pluviam) que reza así:

“Oh Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos: concédenos la lluvia oportuna para que, ayudados con los bienes del presente, apetezcamos confiadamente los eternos. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén”.

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