"Tu biblioteca podría convertirse en un atlas de lugares desaparecidos": el cambio climático también cambia los libros
Los paisajes que describen los libros no permanecen intactos para siempre. El calentamiento global transforma costas, bosques, glaciares y especies, y también modifica el significado de las historias que transcurren en esos lugares, convirtiendo la literatura en memoria ambiental colectiva.

Leer siempre ha sido un maravilloso modo de viajar sin moverse del sofá. Basta sumergirse en las páginas de una novela para recorrer un bosque, escuchar el rumor de un río o imaginar una playa que parece ajena al paso del tiempo. Pero, ¿qué ocurre cuando esos paisajes dejan de existir tal y como los conocíamos? El cambio climático no solo altera el mundo físico: también cambia la manera de leer, interpretar y recordar los lugares que aparecen en la literatura.
Una biblioteca puede convertirse, así, en una especie de atlas de paisajes amenazados. Entre sus páginas están impresas descripciones de glaciares que retroceden, costas que pierden terreno frente al mar, campos sometidos a sequías prolongadas y especies cuya presencia ya no está garantizada.
Los libros no sustituyen a los registros científicos, pero conservan algo que los mapas y las estadísticas no siempre consiguen transmitir: la experiencia humana de habitar un territorio y, ahora, el miedo a que desaparezca tal y como lo recordamos.
Paisajes literarios desaparecidos o en peligro
El cambio climático suele explicarse mediante cifras: grados de temperatura, milímetros de precipitación, hectáreas quemadas o centímetros de subida del nivel del mar. La literatura ofrece otra perspectiva. A través de personajes, recuerdos y escenarios, nos permite comprender qué significa que un entorno cambie y cómo esa transformación afecta a quienes dependen de él.
Glaciares en retroceso
Un ejemplo especialmente revelador es el de las novelas ambientadas en glaciares y regiones polares. En Frankenstein (1818), Mary Shelley llevó a Víctor Frankenstein y a su criatura hasta los paisajes helados del Ártico, un territorio de hielo, silencio y horizontes aparentemente infinitos.

Aunque esos escenarios siguen existiendo, el mundo glaciar que inspiró durante siglos la imaginación literaria está cambiando a gran velocidad: el retroceso de los glaciares y la pérdida de hielo marino modifican la geografía y los ecosistemas de las regiones polares.
Un mar de Aral desecado
Otro ejemplo es el del mar de Aral, en Asia Central, cuyo paisaje aparece en novelas como El día dura más de cien años, del escritor kirguís Chinguiz Aitmátov. Allí, el territorio y las comunidades vinculadas al agua forman parte del trasfondo de una región cuya identidad ha quedado profundamente marcada por la transformación ambiental.

Desde la década de 1960, el desvío de los ríos para el regadío provocó la desecación de gran parte del lago: antiguos puertos pesqueros quedaron a kilómetros de la orilla y los barcos terminaron varados en el desierto. Aunque esta catástrofe se debe principalmente a la intervención humana y no al cambio climático por sí solo, el calentamiento global agrava la escasez de agua y sus consecuencias. Es un duro ejemplo extremo de cómo un paisaje que forma parte de la memoria literaria y colectiva puede convertirse en algo irreconocible.
Lagos, humedales, costas e islas, especialmente vulnerables
En especial peligro están las masas de agua dulce. Alrededor del 85% de los humedales que existían en todo el mundo en 1700 se habían perdido para el año 2000, afectados por la sobreexplotación, el drenaje y la crisis climática.

La erosión de las costas es otra gran amenaza para el paisaje y algunas comunidades. Es el caso de Shishmaref (Alaska), donde esta aldea inuit se desmorona debido al derretimiento del permafrost y la fuerte erosión costera.
Otro caso es el de Isla Carteret (Papúa Nueva Guinea), que ha quedado prácticamente inhabitable por la subida del nivel del mar, lo que ha obligado a sus habitantes a evacuarla. Incluso hay naciones insulares en riesgo, como Tuvalu, que se enfrenta al riesgo de quedar sumergida bajo el océano Pacífico por el aumento del nivel del mar.
Leer el pasado para entender lo que podemos perder
Los libros también permiten conservar la memoria de territorios que están cambiando. En ellos sobreviven nombres de especies, costumbres rurales, formas de cultivar y descripciones de paisajes que pueden ayudar a comprender la magnitud de las transformaciones actuales.

El valor de esa memoria resulta especialmente visible en las historias vinculadas a comunidades costeras, rurales o indígenas, cuyas formas de vida dependen estrechamente de las condiciones ambientales. Cuando cambia el territorio, no solo se pierden recursos naturales: también pueden desaparecer referencias culturales, conocimientos transmitidos entre generaciones y vínculos afectivos con determinados lugares.
La literatura permite imaginar esa pérdida antes de que se vuelva irreversible, pero también mirar de otra manera lo que todavía permanece. Un paisaje descrito en una novela puede dejar de ser un simple decorado y convertirse en algo que merece atención, protección y memoria.
Referencias de la noticia
Domínguez Prieto, C.S. (2026). La huella literaria del cambio climático: cuando el mundo se transforma, los libros también.
Bolze, H.. (2026). Charged Readings and Momentous Expectations: The Curious Case of Climate Change Fiction.