Más grave que subir 4 °C: la ciencia revela por qué el calor extremo golpea el doble a los mayores de 65 años
El calor extremo no afecta a todos por igual. Una nueva investigación revela que los adultos mayores alcanzan niveles peligrosos de estrés térmico con mucho menos calentamiento respecto a los jóvenes. Estos son los motivos según la ciencia.

Una misma temperatura no supone el mismo riesgo para todas las personas. Una nueva investigación sobre los límites fisiológicos del organismo ha revelado que los mayores de 65 años pueden entrar en una situación de estrés térmico peligroso mucho antes que los adultos jóvenes.
Hasta qué punto la edad modifica la capacidad humana para soportar temperaturas extremas se refleja en un dato especialmente llamativo: con un calentamiento global de 1,5 °C respecto a la era preindustrial, unos 290 millones de personas mayores de 60 años —alrededor del 22 % de esa población— podrían experimentar al menos 180 horas anuales de calor en condiciones en las que su organismo ya no puede mantener adecuadamente el equilibrio térmico.
Para encontrar una exposición —y un peligro— comparable entre adultos jóvenes habría que alcanzar aproximadamente los 4 °C de calentamiento global.
El cuerpo pierde capacidad para refrigerarse
El organismo dispone de varios mecanismos para evitar que la temperatura corporal aumente demasiado. Cuando hace calor, los vasos sanguíneos de la piel se dilatan para facilitar la pérdida de calor y las glándulas sudoríparas producen sudor, cuya evaporación contribuye a refrigerar el cuerpo.
ENTREVISTA El Dr. Javier Benítez, miembro del Grupo de Trabajo de Cronicidad y Dependencia, participó el martes 18 de agosto en una entrevista en el informativo de TVE de las 15:00, donde habló sobre la forma en la que afectan las olas de calor a las personas mayores. pic.twitter.com/v4FsGnSbkg
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Pero con el envejecimiento estos mecanismos pierden eficacia. Las personas mayores tienen una menor capacidad para aumentar el flujo sanguíneo hacia la piel y para producir y evaporar sudor. También pueden percibir peor el calor y la sed, lo que retrasa la respuesta ante una situación de sobrecalentamiento. El resultado es que el cuerpo puede acumular calor más rápidamente mientras dispone de menos capacidad para eliminarlo.
En el mecanismo interno de refrigeración, el corazón también desempeña un papel importante. Durante el calor intenso este órgano vital necesita trabajar más para enviar sangre hacia la superficie de la piel, mientras que la pérdida de líquidos a través del sudor puede reducir el volumen sanguíneo. Para una persona con un sistema cardiovascular envejecido o con patologías previas, esa combinación puede resultar especialmente exigente.
Cuando el cuerpo deja de poder compensar el calor
La investigación, publicada por la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, utiliza un concepto especialmente importante: estrés térmico incompensable. Se produce cuando el organismo ya no consigue disipar suficiente calor y la temperatura interna comienza a aumentar de manera sostenida.

El proyecto PSU H.E.A.T. (Human Environmental Age Thresholds) realizó 273 experimentos en cámaras ambientales con hombres y mujeres de entre 65 y 92 años, tanto en reposo como realizando actividades cotidianas. El objetivo era determinar las combinaciones de temperatura y humedad a partir de las cuales mantener el equilibrio térmico deja de ser posible.
Esto supone un cambio importante respecto a utilizar un único límite de seguridad para toda la población. Los investigadores señalan que los umbrales fisiológicos de los mayores son diferentes y que los modelos que utilizan únicamente datos de adultos jóvenes pueden subestimar considerablemente el número de personas realmente expuestas al calor peligroso.
El termómetro no es suficiente
La temperatura del aire tampoco basta para medir el peligro. La humedad es fundamental porque, cuando es elevada, el sudor se evapora con mayor dificultad. El cuerpo pierde entonces una de sus principales vías de refrigeración y una temperatura que puede resultar tolerable con aire seco se vuelve mucho más peligrosa con humedad elevada.
Las personas mayores tienen una mayor dificultad para regular su temperatura corporal, lo que las hace especialmente vulnerables ante episodios de calor extremo.
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Así, el estudio sobre adultos mayores demuestra que no hay una temperatura universal a partir de la cual el calor se convierte automáticamente en mortal: el riesgo depende de las condiciones ambientales y de las características fisiológicas de cada persona.
La conclusión de los investigadores es clara: no existe un único nivel de calor peligroso para toda la población. La edad, la humedad, la duración de la exposición, la actividad física, la aclimatación o las enfermedades previas pueden cambiar radicalmente la capacidad para soportar una ola de calor. También las condiciones de la vivienda.
El peligro también está dentro de casa
Porque otro aspecto especialmente relevante del estudio es que muchas muertes relacionadas con el calor se producen en el interior de los hogares. ¿El motivo? durante una ola de calor, paredes y tejados pueden acumular energía durante el día y mantener temperaturas elevadas durante la noche. En una vivienda mal ventilada o sin sistemas adecuados de refrigeración, el alivio nocturno puede no producirse.

Esta revisión científica recoge que, durante el episodio de calor extremo de 2021 en la Columbia Británica, el 98 % de las muertes relacionadas con el calor se produjo en espacios interiores. La mayoría de las víctimas eran personas mayores.
El problema se agrava cuando existen enfermedades cardiovasculares, respiratorias o renales. En esos casos, el calor obliga al organismo a realizar un esfuerzo adicional y puede desestabilizar patologías que ya estaban presentes.
Un problema que crecerá con el envejecimiento de la población
La amenaza tiene además una dimensión demográfica. La población mundial de 60 años o más rondaba los 1.000 millones de personas en 2020 y podría alcanzar unos 2.100 millones en 2050. Una parte importante de ese crecimiento tendrá lugar en países de ingresos bajos y medios, donde el acceso a viviendas adaptadas, refrigeración y atención sanitaria puede ser más limitado.
El problema, en definitiva, no es solamente que el planeta se caliente. Es que cada grado adicional llega a una población mundial cada vez más envejecida y, por tanto, con una proporción mayor de personas especialmente vulnerables al calor extremo.
Por eso, las futuras alertas meteorológicas y sanitarias tendrán que prestar cada vez más atención a la vulnerabilidad de grupos concretos. Una temperatura que un adulto joven y sano puede tolerar durante horas puede acercar a una persona mayor a su límite fisiológico.
Referencia de la noticia
Kenney, W. L., Cottle, R. M., Vecellio, D. J., Fisher, K. G., Leach, O. K., Kong, Q. & Wolf, S. T. (2025). Age and livability in a hotter climate. eBioMedicine, 122, 106020.