Pensábamos que Venus era un paraíso tropical: la realidad de su atmósfera resultó ser infernal

El planeta Venus tiene un tamaño parecido a la Tierra, pero su atmósfera es mucho más densa. En ella abunda el CO2, lo que genera un potente efecto invernadero que convierte al planeta en un mundo inhóspito.

Izquierda. Imagen procesada de Venus tomada por la sonda Mariner 10 en febrero de 1974. Crédito: ©Nasa/JPL-Caltech. Derecha: Vista de Venus a partir de datos de radar tomados por la sonda Magellan entre 1990 y 1994. Crédito: ©NASA/JPL-Caltech/USGS
Izquierda. Imagen procesada de Venus tomada por la sonda Mariner 10 en febrero de 1974. Crédito: ©Nasa/JPL-Caltech. Derecha: Vista de Venus a partir de datos de radar tomados por la sonda Magellan entre 1990 y 1994. Crédito: ©NASA/JPL-Caltech/USGS

El planeta Venus tiene algunas características y parámetros similares a la Tierra, pero también presenta grandes diferencias; entre ellas su atmósfera, que lo convierten en un mundo hostil e inhabitable.

Situado a una distancia media del Sol de 108 millones de kilómetros (0,72 unidades astronómicas), tiene un radio ligeramente inferior al terrestre (6.000 km frente a 6.400 km), una masa y gravedad también menor, pero, al igual que la Tierra es un cuerpo rocoso, con una estructura interna similar, rodeado de una envoltura gaseosa.

Las similitudes se diluyen al analizar la densa capa nubosa que cubre el planeta y que impide ver su superficie. Esa envoltura hace que refleje hacia el espacio una gran cantidad de radiación solar incidente (albedo de 0,75, frente al 0,30 del terrestre), de ahí que, visto desde la Tierra, sea el tercer objeto más brillante de la bóveda celeste, por detrás del Sol y de la Luna. También ayuda a ello su relativa proximidad a nosotros, ya que está situado a 41 millones de kilómetros en promedio, lo que en términos astronómicos es nuestra vecindad en el cosmos.

Un potente efecto invernadero

La atmosfera de Venus, como apuntábamos, es muy distinta a la de la Tierra. Con anterioridad a que las primeras sondas espaciales penetraran en ella y se posaran sobre la superficie venusina –años 60 y 70–, se especulaba con la posibilidad de que bajo el opaco manto de nubes que permanentemente cubre el planeta, hubiera selvas, bosques tropicales y agua en abundancia. Esta visión cambió por completo al conocerse los primeros datos tomados por las sondas espaciales que se posaron en su superficie, en los años 70 y principios de los 80 del siglo pasado.

El efecto invernadero terrestre (izquierda) versus el efecto invernadero en Venus (derecha). Crédito: ©2011 Pearson Education, Inc.
El efecto invernadero terrestre (izquierda) versus el efecto invernadero en Venus (derecha). Crédito: ©2011 Pearson Education, Inc.

La densa y opresora atmósfera venusiana está formada en su mayor parte por CO2 (algo más del 96%), lo que provoca un potente efecto invernadero. Aparte de dióxido de carbono también encontramos en su composición nitrógeno molecular (N2) y trazas de dióxido de azufre (SO2). Las nubes que cubren en su totalidad están constituidas por agua (formando parte de sales minerales hidratadas), gotitas de ácido sulfúrico y sulfatos de hierro y magnesio.

El efecto invernadero causado por la presencia mayoritaria de CO2 en la atmósfera de Venus, provoca que en su superficie haya una temperatura, casi invariable, de unos 460 ºC –con independencia de que sea de día o de noche, estemos en los polos o en el ecuador– y una presión atmosférica superficial 90 veces mayor que la terrestre.

Es difícil concebir un lugar más infernal. A la temperatura superficial de Venus se funde el plomo (punto de fusión: 328 ºC), lo que convirtió en un reto mayúsculo lograr posar allí varias sondas espaciales hace décadas y que lograran enviar fotografías.

Lo que se esconde bajo las densas nubes venusinas

Antes de que se mandaran las primeras misiones espaciales a Venus y empezaran a obtener datos de nuestro hermano “gemelo” del Sistema Solar, la imposibilidad de saber que se escondía bajo la densa atmósfera que cubre el planeta avivó todo tipo de especulaciones sobre lo que se iba a encontrar allí abajo. Las altas temperaturas medidas en su superficie superaron todas las expectativas y tiraron por tierra las teorías que planteaban la presencia allí de océanos y abundante vegetación.

La hostilidad de aquel lugar obligó a los ingenieros que trabajaron, a partir de la década de 1960, en los programas de exploración de Venus (misiones Venera [URSS] y algunas de las Mariner [EEUU]), a diseñar unas sondas espaciales muy resistentes, con capacidad de atravesar la densa atmósfera del planeta, posarse en su ardiente y opresora superficie, ser capaces de activar sus instrumentos, entre ellos una cámara de visión panorámica ultraprotegida, y enviar la información, aunque solo fuera durante unos segundos, antes de sucumbir en aquel mundo infernal.

Imágenes en color de la atmósfera de Venus y su superficie tomadas por la sonda soviética Venera 13 el 1 de marzo de 1982. Crédito: © Venera 13/Don P. Mitchell/Archivo ESA.
Imágenes en color de la atmósfera de Venus y su superficie tomadas por la sonda soviética Venera 13 el 1 de marzo de 1982. Crédito: © Venera 13/Don P. Mitchell/Archivo ESA.

Los principales hitos en la historia de la exploración espacial de Venus son soviéticos. La antigua URSS desarrolló entre 1961 y 1983 el programa Venera (que significa “Venus” en ruso). Tras unas primeras misiones orbitales de reconocimiento, en 1975 se lanzaron las Venera 9 y 10, que aparte de un orbitador llevaba un módulo de descenso y aterrizaje. Aunque la Venera 9 se estrelló en su caída, logró la primera fotografía del terreno pedregoso y abrasivo de la superficie venusiana.

En 1978, los soviéticos lanzaron las Venera 11 y 12, de nuevo un par de sondas gemelas, en este caso dotadas de cámaras a color e instrumentos más sofisticados. Aunque lograron aterrizar, un fallo impidió que tomaran imágenes.

Este hito lo conseguirían el 1 de marzo de 1982 otro par de sondas del mismo programa espacial: las Venera 13 y 14. Ambos módulos de aterrizaje lograron estar operativos un par de horas sobre la superficie de Venus, obteniendo imágenes panorámicas como las que acompañan estas líneas, que lograron transmitir con éxito a la Tierra. Obtuvieron, además, información muy valiosa sobre ese mundo inhóspito que se esconde bajo el manto nuboso que envuelve Venus.