El escudo invisible de la Tierra se está debilitando: qué pasaría con el Sol si el campo magnético colapsara

El campo magnético de la Tierra atraviesa uno de sus momentos más débiles en siglos. Y surgen dudas comprensibles: ¿qué significa todo esto? ¿Corremos algún riesgo? ¿De verdad podría “colapsar” nuestro escudo natural?

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A lo largo del año, la actividad solar sube y baja siguiendo un ciclo de 11 años.

Aceptémoslo. El tema "escudos" la cultura pop lo tiene dominado. Desde escudos de energía en Star Wars, el nen en el anime, el Honmoon de las guerreras K-Pop, el escudo de Wakanda, hasta el domo de Springfield en Los Simpson. Mil versiones… y solo un puñado de ellas que, científicamente, sí están haciendo el trabajo.

Podríamos citar a la capa de ozono —en su lucha activa contra lo ultravioleta— y al campo magnético, que no, no solo sirve para orientar brújulas. Hablemos del escudo invisible que envuelve a la Tierra, una especie de escudo de fuerza, que nos protege.

El campo magnético es un campo de fuerza invisible que se extiende miles de kilómetros al espacio y forma la magnetosfera, una especie de “escudo natural” que desvía la mayor parte del viento solar, protege la atmósfera, reduce la llegada de radiación energética y por el que ocurren fenómenos como las auroras.

Este campo ni es fijo, ni eterno, y ahora mismo está en uno de sus momentos más bajos. La idea suena inquietante, ¿verdad? Porque, ¿qué pasaría si ese escudo colapsara? ¿Se desatarían tormentas solares imparables? ¿El Sol se “acercaría” más a la Tierra? ¿Nos quedaríamos desprotegidos ante la radiación? O peor, ¿sin internet?

Vamos por partes. La respuesta real es más interesante que cualquier guión apocalíptico, y sobre todo, mucho más compleja. Porque sí, el campo magnético se está debilitando, pero aquí hay importantes matices a tomar en cuenta.

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Aunque el Sol lanza viento solar constantemente, el campo magnético de la Tierra desvía casi el 99 % de ese flujo.

Y para entenderlo hay que viajar, muy a lo Julio Verne, hacia el centro de la Tierra. Donde el hierro líquido gira, sube y baja. Allí, a más de 3,000 °C, se encuentra el origen del campo magnético terrestre y las respuestas que buscamos.

Corazón de hierro

El campo magnético terrestre es producto de un mecanismo conocido como geodinamo. El núcleo externo del planeta, formado por hierro y níquel en estado líquido, está a unos 3000 - 4000 °C, y pierde calor hacia el manto terrestre. Esta diferencia de temperatura provoca que el metal líquido se mueva por convección (es decir, sube cuando está más caliente y baja cuando se enfría).

Cuando un metal conductor se mueve, genera corrientes eléctricas, y estas, a su vez, producen un campo magnético.

A esto se suma la rotación terrestre, que hace que estos flujos se mueven en columnas helicoidales (como remolinos alargados que giran en espiral). Este movimiento es especialmente importante porque los metales en movimiento conducen electricidad. Y cuando un metal conductor se mueve, genera corrientes eléctricas, y estas, a su vez, producen un campo magnético.

Así surge el campo magnético terrestre, que tiene dos puntos clave: el polo norte y el sur magnéticos; que no coinciden exactamente con los polos geográficos y que, además, se mueven. Y de cómo se orientan estos polos respecto al Sol, depende la forma de la magnetosfera (el escudo).

Este campo desvía la mayor parte del viento solar, un flujo de partículas cargadas procedentes del Sol, que si llegaran directamente a la atmósfera la erosionarían, aumentarían la radiación en superficie, alterarían sistemas eléctricos y de comunicaciones y causarían más tormentas geomagnéticas severas.

Además, muchas especies utilizan el campo magnético terrestre como referencia de navegación. Las mariposas Monarca, palomas, golondrinas, tortugas marinas, salmones y algunos tiburones tienen su propia "magnetosensibilidad", que les permite orientarse para cruzar continentes o navegar en mar abierto.

Pero este no es un mecanismo estable. El geodinamo es caótico. Puede fortalecerse, debilitarse, e incluso invertir su polaridad (cuando los polos magnéticos se intercambian). Sin embargo, son procesos que tardan miles de años.

Un escudo con grietas: la Anomalía del Atlántico Sur

Lo que sí es real es el debilitamiento actual del campo magnético. Gracias a misiones como Swarm de la Agencia Espacial Europea, hoy sabemos que la intensidad magnética global ha disminuido cerca de un 10% en los últimos 180 años.

Y el foco de atención está en la Anomalía del Atlántico Sur (AAS), un área que abarca Brasil, Paraguay, Uruguay, el norte de Argentina y parte del Atlántico, donde el campo es hasta un 30 % más débil que en sus alrededores. Sobre ella, estudios recientes han añadido dos puntos clave.

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Intensidad del campo magnético terrestre en 2025, en unidades nanoTesla (nT). En azul oscuro se representa la AAS. Imagen tomada de Finlay et al (2025).

Primero, un análisis publicado en 2024, muestra que la AAS es una característica persistente del campo magnético que ha aparecido una y otra vez a lo largo de millones de años. O sea, este “punto débil” no es nuevo, es parte de la propia arquitectura y evolución del geodinamo.

Y segundo, un estudio con once años de observaciones de Swarm, publicado en 2025, ha confirmado que la anomalía no solo crece, sino que presenta dos núcleos de mínima intensidad. El núcleo terrestre está reacomodándose.

Ahora, —y esto es esencial para no caer en alarmismo— una anomalía regional no significa que el campo vaya a colapsar, ni que estemos ante una inversión inminente. Pero, ¿y si el campo colapsara?

Si el campo colapsara...

Primero lo primero: el campo magnético no desaparece de golpe. Incluso en las inversiones del pasado, nunca llegó a cero. El debilitamiento toma miles de años, y la Tierra jamás se ha quedado sin campo.

Superado el microinfarto inicial, si se debilitara a niveles muy bajos, estos serían los efectos reales.

  1. Mayor vulnerabilidad tecnológica: la llegada de partículas cargadas aumentaría los fallos en satélites, problemas en GPS y comunicaciones, interferencias en aviación de alta latitud y daños en sensores, paneles y electrónica espacial.
  2. Auroras lejos del Ártico: con un campo débil, las auroras se desplazarían hacia latitudes medias y México, el Caribe, España o hasta el norte de Argentina podrían verlas con relativa frecuencia.
  3. No habría consecuencias catastróficas para la vida: la atmósfera seguiría siendo la principal barrera contra la radiación dañina (¡3 hurras por la capa de Ozono!)
  4. Y el Sol… seguiría igual: el campo magnético no afecta la dinámica solar, lo que cambiaría es cómo nos afectan a nosotros los eventos solares.

Y lo más importante. El campo magnético es un organismo dinámico. Sus cambios son naturales, internos del planeta, lentos. No podemos modificarlos ni "arreglarlos". Ni las emisiones, ni el cambio climático, ni ninguna actividad en superficie afecta al núcleo externo donde se genera el campo. Lo que toca es más vigilancia científica y prepararnos para convivir con sus cambios.

Referencias de la noticia

Long-term persistency of a strong non-dipole field in the South Atlantic. 2024. Wellington P. de Oliveira, Gelvam A. Hartman, Filipe Terra-Nova, et al. Nature Communications 15.

Core field changes from eleven years of Swarm satellite observations. 2025. C.C. Finlay, C. Kloss y N. Gillet. Physics of the Earth and Planetary Interiors 368.

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